Retiro Enero 2008


CARIDAD

La caridad al alcance de todos, según el predicador del Papa
Comentario del padre Raniero Cantalamessa OFM Cap --predicador de la Casa Pontificia— al Evangelio (Mt 22,34-40) en el que reflexiona sobre el amor al prójimo y la caridad.
En aquel tiempo, los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas».

Amarás a tu prójimo

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Añadiendo las palabras «como a ti mismo», Jesús nos ha puesto delante de un espejo al que no podemos mentir; nos ha dado una medida infalible para descubrir si amamos o no al prójimo. Sabemos muy bien, en cada circunstancia, qué significa amarnos a nosotros mismos y qué querríamos que los otros hicieran por nosotros. Jesús no dice, si se presta atención bien: «Lo que el otro te hace a ti, házselo tú a él». Esto sería aún la ley del talión: «Ojo por ojo, diente por diente». Dice: lo que tú querrías que el otro te hiciera a ti, házselo tú a él (Cf. Mt 7,12), que es bien distinto.

Jesús consideraba el amor al prójimo como «su mandamiento», aquél en el que se resume toda la Ley. «Este es mi mandamiento: que os améis los unos como yo os he amado» (Jn 15,12). Muchos identifican todo el cristianismo con el precepto del amor al prójimo, y no carecen de razón. Pero debemos intentar ir un poco más allá de la superficie de las cosas. Cuando se habla de amor al prójimo la mente va enseguida a las «obras» de caridad, a las cosas que hay que hacer por el prójimo: darle de comer, de beber, visitarle; en resumen, ayudar al prójimo. Pero esto es un efecto del amor, no es aún el amor. Antes de la beneficencia viene la benevolencia; antes que hacer el bien, viene el querer bien.

La caridad debe ser «sin fingimiento», esto es, sincera (literalmente «sin hipocresía», Rm 12,9); se debe amar «con corazón puro» (1P 1,22). Se puede de hecho hacer la caridad y la limosna por muchos motivos que nada tienen que ver con el amor: para adornarse, para pasar por benefactores, para ganarse el paraíso, hasta por remordimiento de conciencia.

Mucha caridad que hacemos a países del Tercer Mundo no está dictada por el amor, sino por remordimiento. Nos damos cuenta de la escandalosa diferencia que existe entre nosotros y ellos y nos sentimos en parte responsables de su miseria. ¡Se puede carecer de caridad incluso al «hacer caridad»! Sería un error fatal contraponer entre sí el amor del corazón y la caridad de los hechos, o refugiarse en las buenas disposiciones interiores hacia los demás para encontrar en ello una excusa a la propia falta de caridad activa y concreta.

Si encuentras a un pobre hambriento y tiritando de frío, decía Santiago, ¿de qué le sirve si le dices: «¡Pobrecillo, ve, caliéntate, come algo!», pero no le das nada de lo que necesita? «Hijos», añade San Juan, «no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad» (1 Jn 3,18). No se trata por lo tanto de devaluar las obras exteriores de caridad, sino hacer que éstas tengan el fundamento en un genuino sentimiento de amor y de benevolencia.

La caridad del corazón o interior es la caridad que todos podemos ejercitar, es universal. No es una caridad que algunos –los ricos y los sanos-- sólo pueden dar y los otros –los pobres y los enfermos-- sólo recibir. Todos pueden darla y recibirla. Además es concretísima. Se trata de comenzar a mirar
con ojos nuevos las situaciones y a las personas con las que vivimos. ¿Qué ojos? Si es sencillo: ¡los
ojos con los que querríamos que Dios nos mirara a nosotros! Ojos de disculpa, de benevolencia, de comprensión, de perdón...

Cuando esto sucede, todas las relaciones cambian. Caen, como por milagro, todos los motivos de prevención y hostilidad que impedían amar a cierta persona y ésta nos empieza a aparecer por lo que es en realidad: una pobre criatura que sufre por sus debilidades y sus limitaciones, como tú, como todos. Es como si la careta que los hombres y las cosas se han puesto se cayera y la persona se nos apareciera por los que verdaderamente es.


APOSTOLADO



Cuando alguien experimenta un gozo grande, siente el impulso de comunicarlo a las personas con las que se relaciona. Sucede con mayor motivo cuando se trata de la vida sobrenatural, que Jesús ha traído a la tierra. Es ésta una dicha que no se puede ocultar, porque la vocación cristiana lleva consigo, por su misma naturaleza, vocación apostólica. La alegría de haber sido salvados por Dios no cabe en un corazón solo. Dice San Agustín que quien logra la conversión de un alma tiene la suya predestinada. ¡Pues pensad lo que será traer al camino de Dios, a la entrega, a otras almas! ¡Algo maravilloso! (...). Porque el bien, de suyo, es difusivo. Si yo gozo de un beneficio, necesariamente tendré deseos eficaces de que otros vengan a participar de esa misma felicidad.

Sin embargo, en muchos lugares se ha consolidado la falsa idea de que no resulta conveniente hablar a otras personas de las propias convicciones religiosas. Equivale —dicen— a entrometerse en la conducta privada de los demás, atentando a la intimidad de cada uno. Debemos rechazar semejante actitud y estar siempre dispuestos a dar razón de la esperanza de nuestra vocación cristiana, con sinceros deseos de que resuene en los oídos de nuestros parientes, amigos y conocidos la buena nueva de la salvación.

No hay que conformarse con el testimonio del ejemplo, porque el ejemplo solo —siendo indispensable— no basta. Recordemos el reproche del Señor a quienes no advertían al pueblo de los peligros de la idolatría: son perros mudos, incapaces de ladrar, somnolientos, tumbados, amigos de dormitar.

Hijas e hijos míos, permanezcamos vigilantes para no hacernos acreedores a esa censura del Señor; dejaríamos de ser sal de la tierra y luz del mundo. Y eso no debe suceder. ¿Alimentas tu afán apostólico como si fuera un instinto sobrenatural? ¿Cómo pides al Señor que ponga en tus labios la palabra oportuna en tus conversaciones diarias, también en las de carácter profesional y en los ratos de descanso? Hay que hablar a los hombres y mujeres de la divina condescendencia que se ha manifestado con la venida del Hijo de Dios al mundo, y de cómo el Señor espera nuestra colaboración en el anuncio de su mensaje de amor, de vida y de paz.

Hace pocas semanas, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, que Benedicto XVI recomienda meditar a todos los fieles. Entre otros puntos, ese documento recuerda que «estimular honestamente la inteligencia y la libertad de una persona hacia el encuentro con Cristo y su Evangelio no es una intromisión indebida, sino un ofrecimiento legítimo y un servicio que puede hacer más fecunda la relación entre los hombres». Más aún: «La actividad por medio de la cual el hombre comunica a otros eventos y verdades significativas desde el punto de vista religioso, favoreciendo su recepción, no solamente está en profunda sintonía con la naturaleza del proceso humano de diálogo, de anuncio y aprendizaje, sino que también responde a otra importante realidad antropológica: es propio del hombre el deseo de hacer que los demás participen de los propios bienes».

(Fragmento de la Carta del Prelado, Mons. Javier Echevarría enero 2008)

SINCERIDAD. EXAMEN. DIRECCIÓN ESPIRITUAL



¿Qué es y para que es el Examen de Conciencia?
Padre Jordi Rivero
Se trata de examinar nuestra conciencia en oración ante Dios, a la luz de las enseñanzas de la Iglesia, a partir de nuestra última confesión. Es paso necesario antes de hacer una buena confesión. Además es aconsejable hacer un examen del día antes de dormir.
El fin del examen no es angustiarse con las culpas sino reconocerlas con seriedad y confianza en Dios para confesarlas sabiendo que seremos perdonados. Todo el proceso se mueve en la misericordia infinita de Dios manifestada en Jesucristo.

Vemos nuestras faltas en relación con:
- Los Diez Mandamientos.
- Los Siete Pecados Capitales.
- Los defectos de carácter.
- Los dones que Dios nos ha dado para servirle
- Las responsabilidades de nuestra vocación.
Precisamente por ser pecadores, nos cegamos ante nuestros pecados. Satanás quiere hacernos ver que no hay mal en lo que hacemos. Entonces el corazón se endurece, se hace insensible a las exigencias del amor. Por eso es tan importante la conversión del corazón.
"Por eso, como dice el Espíritu Santo: "Si escucháis hoy mi voz, no endurezcáis el corazón... ¡Atención hermanos! Que ninguno de ustedes tenga un corazón malo e incrédulo..." Hb 3.
Dios es un Padre amoroso que nos hace ver el pecado para darnos la gracia del arrepentimiento y perdonarnos. El nos quiere libres. El demonio no quiere que veamos nuestro pecado. Pero si buscamos el camino de Dios tratará de acusarnos con nuestros pecados para que nos desanimemos y volvamos atrás. Podemos discernir entonces la diferencia. Dios enseña el pecado para liberar y perdonar; el demonio lo esconde pero cuando lo enseña es para que desesperemos. Debemos rechazar enérgicamente estos pensamientos e ir a la confesión con toda confianza en el perdón de Dios. Dios SIEMPRE perdona cuando hay arrepentimiento.
Es muy provechoso hacer examen de conciencia diario y también, con toda humildad, abrirnos a que personas cerca de nosotros nos corrijan. "Si nos examináramos a nosotros mismos, no seríamos condenados." (1 Cor. 11, 31)
El examen se hace ante Dios, escuchando su voz en la conciencia.

1 comentario:

Carlos dijo...

Hola, ante todo, enhorabuena por este magnífico blog.
Ayer leía un artículo sobre la correción fraterna, que puede estar muy ligado al tema que se expone en este artículo; es cierto que no vivir la correción fraterna es no vivir el amor, que no podemos dejar la correción exclusivamente a Dios. Ya San Mateo nos decía, nos dice, "si tu hermano te ofende, ve y reprendelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano."
Creo que esto es Caridad, es Amar al prójimo, es Hacer Apostolado y es Sinceridad.

Había oido hablar de este blog y hoy, que tengo tiempo me lo he releido prácticamente en su totalidad. Aunque va dirigido a madres y mujeres, tambien los padres os decimos: ánimo y adelante.

No puedo terminar sin hacer mención a un artículo publicado el pasado 26 de diciembre sobre "La Navidad y los hijos", sencillamente genial. Tambien podemos, si seguimos esas pautas, hacer Caridad, Amar al prójimo, Apostolado y Sinceridad.