Tolerancia y Diferencia



Emplear una de las palabras sacralizadas en la sociedad actual obliga a la precaución del matiz terminológico, no tanto para que el escritor se aclare, sino para que los lectores tomen en consideración el contenido concreto del concepto. Es costumbre que ante determinadas palabras libertad es la reina de este panteón el pensamiento se inhiba, como si perteneciesen a una categoría que supera la grandeza humana y reclamasen ciega adoración. En el ámbito de las creencias, la tolerancia es una de esas diosas a las que no cabe discutir, y su mera mención significa para el contrario haber perdido la batalla.

Sin embargo, tan alto lugar en nuestros discursos no debe hacer olvidar que la tolerancia significa ni más ni menos, de acuerdo con la Real Academia, "respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias". Por desgracia, como suele ocurrir con estas palabras cuasi-sagradas, se suelen esgrimir con bastante frecuencia, a menudo denunciando su ausencia en otros, pero se practican mucho menos de lo que se dicen. Así, acostumbra a suceder que aquel que resulta "más rápido en desenfundar" este término o su contrario, se reviste de razón, al tiempo que sume en la ignominia al adversario. El que es tachado de intolerante, suele quedar mudo de argumentos, y salvo que devuelva el adjetivo, la discusión habrá terminado, porque al vencedor le basta también con pronunciar dicha palabra, aunque esté huérfano de razones.

Como consecuencia de este deambular desalmado de la palabra tolerancia por nuestras vidas, carente de un significado de referencia porque aparentemente no lo necesita, el concepto antes definido va depauperándose e incluso sufriendo una degeneración asombrosa. Resulta que la sociedad también tiene destacada otra palabra o su idea: la igualdad. Y la convivencia de estos dos conceptos, en su dimensión más vaporosa, los ayunta y dispone en las mentes menos esforzadas, dando lugar a la concepción de que en la medida en que somos iguales, debemos ser tolerantes. No estaría mal la premisa si partiera de nuestra dignidad como personas, raíz de todos los derechos que compartimos, pero origen también de una riqueza humana que se caracteriza por... la diversidad y la diferencia. Sin darse uno cuenta ya que el intelecto interviene poco en este proceso acaba uno por pedir la igualdad de todas las personas en todos los campos, creando territorios comunes para poder dialogar, porque el diálogo otro dios más moderno sólo cabe entre iguales. Pero igual sólo será aquel que "piense" como yo, que crea lo que yo y que esté de acuerdo con esos tres o cuatro criterios descafeinados en la sociedad relativista no caben más que deben ser los primeros y últimos para mantener la convivencia. Así, la tolerancia viene a darse con relación al que es como yo, y la tolerancia será por tanto el resultado y no el inicio de ese proceso en el que ambos nos acercamos a ese núcleo de mínimos en el que estaremos de acuerdo. Se olvida por tanto la definición inicial de tolerancia: "respeto a... diferentes", y se califica de intolerantes precisamente a los que no quieren renunciar a sus ideas o creencias para dejar de ser distintos. Resulta al cabo que el hombre y su libertad deben subordinarse a aquellos instrumentos que debieran servir para protegerlos y propiciar su realización: la tolerancia y el diálogo. Se encumbran tanto dichos valores que acaba por olvidarse quién es su destinatario.

Esto, en el ámbito de los derechos fundamentales, especialmente los que amparan las libertades de convicciones y creencias, adjudica a los que no quieren ceder en sus posiciones e integrarse al rebaño común el baldón de intolerantes, y con esa ignominiosa distinción se enmascara la violación de tales derechos irrenunciables. Rafael Navarro-Valls ha detectado este fenómeno y ha escrito que "los derechos de tolerancia se van transformando más bien en derechos de igualdad, cosa que es muy distinta". El hecho de que los seres humanos seamos iguales en dignidad, verdad indiscutible, debe ser la raíz y condición única del respeto y la tolerancia. Escaso mérito será esperar a que el otro renuncie a sus creencias y a ser quien es para que empecemos a respetarlo. La función de tolerancia es integrar al otro, con sus diferencias, en nuestro sistema de comprensiones, respetos y solidaridades, con los límites que hay que recordar en el ejercicio de todos los derechos, pero sin el límite, nacido del egoísmo y de la pereza en el pensar, de que el otro no es como yo o no se me parece.

Autor: Ángel López-Sidro López
Doctor en Derecho por la Universidad de Jaén (2001).
Desde el año 1998 es Profesor Asociado del Área de Derecho Eclesiástico del Estado de la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas de esta Universidad.
Ha realizado estancias de investigación en Instituto Martín de Azpilcueta de la Universidad de Navarra y en el Institut für Kirchenrecht de la Universidad de Colonia.
Es colaborador del portal jurídico Iustel y de la Revista General de Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado.

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