Dar y recibir


Quien ha experimentado la felicidad que radica en el dar, siente como se le enciende el corazón cada vez que se habla de ello. Quisiera decir muchas cosas pero advierto que todas ellas pueden llegar a ser cosas muy evidentes. Pero lo evidente es precisamente lo más grande y lo más difícil en la vida. Si queremos dar algo, ha de ser algo precioso, no desechos. San Bernardo dijo: «La medida de un alma es la grandeza de su amor.» Y el valor de algo se aprecia especialmente cuando nos tenemos que desprender de ello.

¡Hay tantos que aguardan nuestros dones y frecuentemente no nos damos ni cuenta!.Padres, hermanos, todos aquellos que la vida nos acerca y particularmente muchos que se han empobrecido y que no tienen ni lo necesario para vivir. Pero es necesario saber dar. Lo más valioso del don es el modo como se da. Pero no como obligación, sino como pura generosidad.

Lo que sostiene a toda generosidad es el amor. Somos hijos de Dios y hermanos de Cristo. El Padre del Cielo nos regala en abundancia. De el proceden «toda dádiva y todo don perfecto». Nosotros recibimos de él y eso que recibimos lo transmitimos a los otros. Pedimos en la oración «el pan de cada día»; y pedimos para «nosotros», no para «mi». Es por ello que recibimos, no para acaparar ansiosos, sino para repartir entre los demás. Y no podemos estar satisfechos cuando los demás están hambrientos. Esto es verdadera generosidad, que se torna más profunda cuanto más pura es nuestra voluntad y más alegre nuestro dar.

Pero ocurre que para poder dar, el hombre no puede ser esclavo de las cosas, sino señor de ellas. Si uno depende de tal manera de un libro, que no puede luego darlo, no pertenece el libro a él sino que él al libro. Con un corazón alegre, solamente da el que es libre o señor de las cosas y no hay manera de librarse de ellas sino únicamente dando con un corazón generoso. Lo que se da con amor nunca se pierde para el que lo da, ya que dar no es perder, pues el amor conserva.

El amor del que da no es sentimiento, sino real desinterés. Amor significa conducirnos en nuestros pensamientos y en nuestras acciones con los demás como lo hacemos con nosotros mismos. El amor no solo conserva, el amor transfigura. Lo dado con amor se convierte así en gloria a Dios; y en El, el don pertenece al que lo dio y al que lo recibió y crea entre ambos una hermandad inefable.

Dar es solamente hermoso cuando se ha convertido en algo natural y ya no parece algo especial. Es la inspiración y la expiación de un ser vivo. Y quien ha dado algo no ha hecho más que pasar a otro un destello de luz. Y para quien da, no es lícito exigir agradecimiento; quien piensa de este modo facilita enormemente la tarea de recibir, que muchas veces es más difícil que la de dar.

El dar es perfecto cuando quien recibe no nota en absoluto que ha recibido. Así es la delicadeza de Dios en el dar y de ella debemos aprender. Hay que entender que uno no es importante en la tierra cuando solo interesa que el otro sea ayudado y renazca en su alma la alegría.

El dar y el recibir son una especie de puente entre los hombres. Pero todo puente descansa sobre pilares: uno es el dar y el otro el recibir; si falta uno de los dos se hunde el puente, cae. Hay que dar con gusto y arrancar de nosotros todo resto de mezquindad y egoísmo que con frecuencia nos invaden. Mantener los ojos abiertos para estar atentos a dar donde falte algo. Mostrar al obsequiado que nos brinda la ocasión de dar la alegría que nos da el que nos deje ayudarle. El recto recibir es también una acción elevada; el verdadero recibir también es amor y contribuye a levantar el puente de la santidad. Pero no solo hablo del dar y recibir «material», sino también el espiritual. Pues siempre hay que recordar que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que proviene de Dios.

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