¿Qué significa tener buen carácter?


Quien en nombre de la libertad

renuncia a ser el que tiene que ser,

ya se ha matado en vida.

Su existencia consistirá en una perpetua fuga

de la única realidad que podía ser.

José Ortega y Gasset



Persona de carácter

¿Qué pensamos cuando decimos de alguien que es persona de carácter? Entendemos quizá la adaptación firme de su voluntad en una dirección adecuada. O la lealtad personal hacia unos principios nobles, que no ceden a las conveniencias oportunistas del momento. O la perseverancia fiel en obedecer la voz de su conciencia bien formada. O quizá la independencia de su criterio frente al qué dirán de quienes le rodean.

Se han dado muchas definiciones sobre el carácter. Un modo de obrar siempre consecuente, cuyos móviles son principios firmes. Constancia de la voluntad en el servicio del ideal reconocido como verdadero. Perseverancia interior en plasmar un noble concepto de la vida. Y muchas más.

-—De acuerdo. Ya tenemos suficientes definiciones. Pero ¿qué puede hacer un padre o una madre para que sus hijos sean personas de carácter?

Primero —y es más importante de lo que parece— tendrás que reflexionar sobre qué principios y qué ideales quieres que tengan tus hijos: de este libro quizá saques algunas ideas.

A continuación, tendrás que procurar que vayan comprendiendo la importancia que esto tiene para sus vidas, y sobre todo que comprendan que nadie podrá hacerlo en su lugar. Y como en las ideas no cabe la imposición, conviene que lo hables de vez en cuando con tus hijos, que quizá son más razonables de lo que parece.

Y te sugiero otra cosa: cuando hables de esto con ellos, pon esfuerzo en hablarles normal.

-—¿Qué quieres decir?

A los chicos les gusta que se dirijan a ellos de modo natural, con voz suave y normal. Porque, no se sabe por qué razón, a muchos adultos les encanta hablarles de estos temas con aire paternalista, cuando no en tono subido y autoritario. Pero como los niños no suelen ser tontos ni sordos, agradecen mucho que se les hable de modo normal, como a los mayores.

Después, tendrás que determinar de qué modo vais a procurar acostumbraros a obrar según esos principios.

Porque lo más difícil no es
formular rectos principios,
que esto se consigue con relativa facilidad,
sino persistir en ellos a pesar de
las cambiantes circunstancias de la vida.

-—Eso es lo que yo digo. Porque buenos proyectos tenemos todos los padres, sobre todo los que leemos estos libros. Pero luego tenemos que llevarlos a la práctica, que ya es difícil, y luego conseguir que los hijos los lleven también a la práctica, que es más difícil todavía.

No es tan difícil. Empieza por cosas pequeñas. Siembra un pensamiento —dice Toth— y segarás un deseo, siembra un deseo y recogerás una acción, siembra una acción y cosecharás una costumbre, siembra una costumbre y segarás el carácter.

De pequeños pensamientos
y acciones
va tejiéndose
la suerte de la vida.

Podríamos decir que el éxito está en descubrir esa natural sucesión educativa:


Motivación en los valores.

Actos favorables.

Arraigar virtudes.

Consolidar el carácter.



Una educación inteligente

Hay muchos padres que centran la educación exclusivamente en los conocimientos, en los idiomas, en las habilidades musicales o deportivas, o en cosas semejantes. Atiborran a sus hijos de academias y de gimnasios, de enciclopedias, ordenadores y diplomas, y luego se olvidan de hacer de sus hijos personas de criterio, con carácter y personalidad.

Con ese esquema educativo producen criaturas de gran fortaleza física pero que son débiles interiormente, cabezas llenas de conocimientos pero sin templar, hombres y mujeres sin principios firmes. Y al final consiguen lo contrario de lo que buscaban, pues dejan a sus hijos indefensos ante el futuro.

-—No cabe duda que es mejor herencia una cabeza bien amueblada y una voluntad fuerte que un montón de títulos y de conocimientos. Pero mejor son las dos cosas.

Por supuesto, pero lo que no sería acertado es sacrificarlo todo en aras de los títulos y los conocimientos.

Es preciso lograr que
padres e hijos piensen
sobre cómo son,
sobre cómo les gustaría ser,
y sobre cómo deberían ser.

Para lograrlo son vitales esas conversaciones sosegadas con cada hijo, procurando formar a un tiempo su cabeza y su corazón, su inteligencia y su voluntad.

Hacerles razonar bien,
hacerles capaces de hacer lo que deben hacer,
y hacerles quererlo hacer libremente.

-—Creo que los padres solemos dar más importancia a educar la inteligencia que a educar la voluntad, y en eso creo que nos equivocamos.

Pienso que si se educara realmente la inteligencia no habría problema, porque cuando las cosas se entienden con claridad y a tiempo, la voluntad se dirige a ellas sin muchas dificultades. Lo que pasa es que a veces se busca sobre todo insuflar conocimientos en vez de en educar realmente la inteligencia.

A veces parece como si la inteligencia fuera el don mejor distribuido, al menos si nos atenemos al escaso número de personas que se quejan de la porción que les ha correspondido en el reparto. Pero cuando un chico es realmente inteligente, enseguida se da cuenta de que sin desarrollar su voluntad apenas hará nada en la vida, y que, si no se esfuerza, lleva camino de ser uno más de los muchos talentos malogrados por usar poco la cabeza.

Con razón se ha dicho que no hay criatura más desgraciada que una gran cabeza huérfana de voluntad, porque esa gran inteligencia, suponiendo que exista, se pierde sin remedio.



Aprender a ser feliz

Los hombres no nacemos felices o infelices, sino que aprendemos a ser lo uno o lo otro. Con la felicidad nadie se topa a la vuelta de una esquina. No es como la lotería, que llega un día de repente. No hay felicidad a bajo precio. Es algo que tiene que forjar cada uno, aprendiendo a ser feliz.

-—Pero mucha gente piensa que es la sociedad quien te hace feliz o infeliz.

Indudablemente nuestro entorno influye en nuestra felicidad, pero la felicidad no puede considerarse como algo externo al hombre, que a uno le toca o no le toca en la lotería de la vida. Verlo así sería disponerse para caer en un conformismo victimista o en una frivolidad irresponsable.

Esos planteamientos cerrados son, además de un error antropológico, la mejor forma de perder la esperanza en la lucha diaria por mejorarnos y mejorar el mundo que nos rodea. Podemos hacer mucho por tomar las riendas de nuestra vida y ser felices.

-—¿Pero se puede ser totalmente feliz?

Total y absolutamente feliz, no. Siempre hay cosas que nos llevan a sentirnos infelices, y a veces son difíciles de explicar. Toda vida humana tiene momentos de dolor, y lo habitual es que sean frecuentes y que llenen la vida de cicatrices que van curtiendo a la persona. Cualquier biografía —apunta Enrique Rojas— está surcada por cordilleras de obstáculos y frustraciones. Asomarse a la vida ajena es descubrir sus desgarros, las señales de la lucha con uno mismo y con su entorno, pero también la grandeza del esfuerzo por salir adelante, por eso que se llama vivir. La vida es un forcejeo permanente con la adversidad.

-—Pero si la vida es tan dolorosa y difícil, ¿cómo se puede ser feliz?

No debe confundirse la felicidad con algo tan utópico como querer pasar toda la vida en un estado de euforia permanente, o de continuos sentimientos agradables. Eso sería una ingenuidad. Quien pensara así, estaría casi siempre triste, se sentiría desgraciado, y su familia probablemente también.

Digo que su familia también, porque los demás notan todo eso perfectamente. Muchos padres, por ejemplo, viven con la idea romántica de que los chicos no se enteran de nada de lo que pasa en la casa, que son felices y se pasan el día riendo y jugando, disfrutando con sus cosas y ajenos a la tristeza o la alegría de la familia.

Sin embargo, detrás quizá del candor de su sonrisa, o de esa mirada preocupada, lo ven todo. Y reflexionan. Y muchos sienten una terrible soledad. Y a lo mejor no tienen con quien hablar con confianza, a quien contarle que sufren viendo el ambiente triste de sus padres y de toda su casa.

-—Pero la tristeza o la alegría es algo que depende mucho de la disposición hacia ella con que haya nacido cada uno...

Cada uno nace con una cierta disposición a la alegría, con distinto humor. De acuerdo. Pero, junto a ello, para llegar a la alegría es preciso luchar por alcanzarla e incorporarla a nuestro carácter.

-—Es fácil cuando uno no tiene preocupaciones...

Pero es necesario hacerlo para alejarlas. Y tendrás que superar esos bajones en el estado de ánimo, y quizá dejar alguna cosa que no es tan importante y sacar tiempo para sentarte un rato con el resto de la familia y charlar, aunque a lo mejor no te apetezca mucho. Y será el momento de hablar sobre esos detalles que tanto pueden mejorar el ambiente de la casa, esas gratificaciones mutuas que llenan de alegría el hogar.

Reflexiona sobre el talante con que afrontas las cosas negativas, y así, al conocer lo que te hace sentirte desgraciado, o lo que hace sentirse desgraciados a los demás, podréis combatirlo mejor.

Si te paras a pensar, a lo mejor caes en la cuenta de que estás esperando a circunstancias que probablemente nunca van a llegar. Piensas que serás feliz cuando no tengas esas preocupaciones, o cuando te vuelva la salud perdida, o cuando finalice aquella ocupación absorbente, o cuando sea, pero siempre queda como algo lejano. Y sabes bien que cuando pasen esas circunstancias llegarán otras, y corres el peligro de consumir tu vida esperando esa utopía.

Tienes que aprender
a encontrar la felicidad
en la brega normal de cada día.



Talante positivo

Hace poco leí que ante el sufrimiento y las contrariedades es donde la mayor parte de la gente muestra su verdadero rostro. En otras situaciones es más fácil aparentar, pero en la antesala del quirófano, o ante una desgracia o un contratiempo importante, la gente suele abandonar toda inhibición y mostrarse tal como es.

Entonces se distingue muy bien a la gente positiva y a la negativa. Te encuentras, por ejemplo, a unos enfermos que sonríen, que te dicen que las cosas van bien, que sus dolores son quizá fuertes, pero soportables; que han visto a otros que están mucho peor que ellos y que no pueden quejarse; que no han perdido la alegría ni las ganas de vivir; que están agradecidos por los cuidados que reciben. Son la gente positiva.

Y hay otra gente, negativa, a quienes cuesta más ir a visitar cuando están enfermos. Ellos, o quienes les rodean, o unos y otros, no paran un momento de hablar de sus enfermedades, de sus terribles dolores, de sus interminables sufrimientos, de los imperdonables fallos que tienen con ellos los médicos y enfermeras, y de no se sabe cuantas cosas más. Y se pasan horas hablando de sus padecimientos, y de lo que les queda por pasar, haciendo mil profecías de sus supuestas desgracias.

-—Pero esa gente suele ser tan negativa porque la vida le ha debido cargar de malos tragos. Probablemente no sea culpa suya.

Creo que no es ése el problema. Muchas veces resulta objetivamente más dolorosa y difícil la situación de quien menos se queja. A lo mejor esperas encontrar abrumada a una persona que ha sufrido una desgracia importante, y luego la ves muy entera. Y, por el contrario, te encuentras a otra totalmente hundida por una tontería, cuando lo tiene casi todo. ¿Por qué? Creo que es que son dos formas de afrontar la vida.

Piensa en tu vida. A lo mejor estás triste y tu situación no es objetivamente tan difícil. O, aun suponiendo que lo fuera, piensa si merece la pena dejarse arrastrar por la desesperanza.

Piensa en que hay gente
que lo pasa mucho peor
y sabe sobreponerse.

Los conoces, quizá. Examina su forma de ser y de pensar. Intenta aprender de ellos.



Razones para sonreír

«¿Cómo es que usted sonríe siempre, cómo se las arregla para estar siempre contenta?», preguntaron no hace mucho a una mujer famosa bastante sensata.

Explicó que ella también tenía, como todo el mundo, sus momentos de tristeza, de cansancio, de inquietud, de malestar.

«Pero conozco el remedio, aunque no siempre sepa utilizarlo: salir de mí misma, interesarme por los demás, comprender que quienes nos rodean tienen derecho a vernos alegres.

»Pienso que cuando sonrío y me muestro alegre, al hacerlo, comunico felicidad a los demás, aunque yo a lo mejor lo esté pasando mal. Y, al darla a los demás, me sucede —como de rebote— que crece también en mi interior.

»Creo que quien renuncia a estar siempre pendiente de su propia felicidad y se dedica a procurar la de los demás, se encuentra casi sin darse cuenta con la propia.»

Por eso, las personas que se esfuerzan por sonreír aunque no tengan ganas, acaban por tener ganas de sonreír.

-—¿Y eso no son ganas de engañarse a uno mismo tontamente? Para sonreír debes encontrarte alegre. Si no lo estás, sería algo antinatural.

El buen humor es una victoria sobre el propio miedo y la propia debilidad. La gente malhumorada suele esconder su inseguridad o su angustia detrás de un talante brusco y distante, y con el tiempo eso acaba haciéndose habitual y se convierte en un rasgo de su carácter. Cuando eso sucede, se hace más difícil que el buen humor salga de modo natural, pero eso es así porque esa persona ha alterado lo que debe ser connatural al hombre. Estará sumida en un círculo vicioso del que debe procurar salir, con un poco de esfuerzo. Y eso no es antinatural, sino todo lo contrario: es lo que reclama la naturaleza.

-—Pero hablas de los efectos de miedos y debilidades, y miedos y debilidades tenemos todos los hombres...

Precisamente por eso, la diferencia entre unos y otros está en el modo de afrontarlos. Lo sensato es hacerlo con un poco de buen humor, riéndose un poco de uno mismo si es necesario.

Todo lo que se hace sonriendo siempre nos ayuda a ser más humanos, a moderar nuestras tendencias agresivas, a ser más capaces de comprender a los demás e incluso a nosotros mismos.

Es una gran suerte
tener alrededor
personas que saben sonreír.

Y la sonrisa es algo que cada uno tiene que construir pacientemente en su vida.

-—¿Construir? ¿Con qué?

Con equilibrio interior, aceptando la realidad de la vida, queriendo a los demás, saliendo de uno mismo, esforzándose en sonreír aunque no tengas muchas ganas; ya lo hemos dicho antes. Es algo que hay que practicar con constancia.

-—Pero no se puede tomar todo en la vida en plan gracioso. Hay muchas cosas que no tienen ninguna gracia...

Pero aunque no tengan ninguna gracia, siempre se puede sacar de ellas alguna enseñanza, algún bien, aunque a veces sea difícil encontrarlo, o tardemos años en comprenderlo. No me refería a tomarse las cosas siempre a broma, aunque en algunas veces sí puede ser útil desarrollar la capacidad de aplicar el buen humor para quitarle carga trágica a las contrariedades.



¿Por qué no eres más feliz?

Es curioso cómo muchas personas piensan que la felicidad es algo reservado para otros y muy difícil de darse en sus propias circunstancias.

Corremos el peligro —nosotros y los chicos— de pensar que la felicidad es como una ensoñación que no tiene que ver con el vivir ordinario y concreto. La relacionamos quizá con los grandes acontecimientos, con disponer de una gran cantidad de dinero, o tener un triunfo profesional o afectivo deslumbrante, o protagonizar hazañas extraordinarias..., y no suele lograrse con eso.

La prueba es que la gente más rica, o poderosa, o más atractiva, o mejor dotada, no coincide con la gente más feliz.

-—¿Eso no es un tópico, y ya algo antiguo? Como si para ser feliz hubiera que ser pobre, miserable y desafortunado...

De entre los pobres, miserables y desafortunados, unos son felices y otros no. Y entre los ricos y poderosos, los hay también felices e infelices; para verlo, basta con echar una ojeada a las revistas del corazón.

Eso demuestra precisamente que la felicidad y la infelicidad provienen de otras cosas, de cosas que están más en el interior de la persona. Conviene pensarlo, y hacérselo pensar a los chicos, ahora que están trazando sus planes de futuro.

Chejov decía que la tranquilidad y la satisfacción del hombre están dentro de él mismo, y no fuera. Que el hombre vulgar espera lo bueno o lo malo del exterior, mientras que el hombre que piensa lo espera de sí mismo.

Muchas veces sufrimos, o nos embarga un sentimiento de desánimo, o de agobio, o de fatiga interior, y no hay a primera vista una explicación externa clara, porque no hemos tenido ningún contratiempo serio, ni tenemos hambre, ni sed, ni sueño, ni nos falta la salud ni las comodidades que son razonables.

Son dolores íntimos, y si investigamos llegamos a descubrir que están causados por nosotros mismos. Y muchas de las quejas que tenemos contra la vida, si nos examinamos con sinceridad y valentía, nos damos cuenta de que provienen de nuestro estado interior, de cosas muy secundarias, del egoísmo.

Muchas veces pasamos penas grandes por contratiempos mínimos. Cuántas veces, por ejemplo, una persona puede estar decaída y desalentada, con una tristeza que le dura, a lo mejor, varias horas, o varios días, simplemente porque su equipo, al que sigue con tanta pasión, ha perdido tontamente un partido de fútbol. O por pequeños y tontos contratiempos del lugar de trabajo, o de la clase. O por esos disgustos familiares que también empiezan por una tontería. Todo son tonterías que, por separado, se ve que no son cosas que tengan gravedad para producir tanto disgusto.

Piensa en las causas. Piensa si esa infelicidad puede provenir de acostumbrarse a ver con tanto dramatismo las pequeñas derrotas personales. Derrotas, además, que con el paso del tiempo y vistas en el conjunto de la vida pueden resultar victorias

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"La elegancia, algo más que buenas maneras"


Me imagino que el lector esta dispuesto a admitir que la dignidad humana es para nosotros una cuestión importante, pues hoy ocupa páginas y conversaciones innumerables. Casi siempre se habla de ella como un tema político, el del reconocimiento de todos, el de los derechos humanos como fundamento del ordenamiento jurídico, o como una exigencia moral básica e inalienable que debe ser enérgicamente defendida para que la sociedad no se deshumanice.

Sin embargo, pocas veces se habla de la dignidad desde un planteamiento intimista y estético. Pero es muy instructivo hacerlo. El paciente y sufrido lector que esté dispuesto a acompañarme podrá ver, espero, cómo la dignidad humana envuelve también a aquellos asuntos que ennoblecen o degradan a la persona ante sí misma, y en consecuencia ante los demás, por ejemplo la autoestima que uno tenga de sí y la consideración que los demás le otorguen. Comportarse dignamente es algo que se aprende y que tiene que ver con un hecho escueto y principal: lo feo es indigno y vergonzoso, y debe ser ocultado o sustituido por lo bello y elegante. La presencia de lo bello y de lo feo en nosotros mismos es una parte decisiva de nuestra dignidad.

Esta cuestión nos preocupa más de lo que en principio estaríamos dispuestos a reconocer. ¿Qué piensan de mí? ¿Qué tal aspecto tengo? ¿No estoy realmente horrible? ¿Pensarán que soy tonto, o viejo, o palurdo? ¿Alguien se habrá dado cuenta de que la culpa fue mía? ¿Qué dirá mi jefe? ¿Quedaré como un imbécil?

La familia de actitudes humanas que se ponen en juego para preservar nuestra dignidad es sumamente rica. Quizá las más importantes son la vergüenza, el pudor y la elegancia. Otras muchas tienen con ellas una íntima y natural conexión, y por eso nuestro comportamiento las envuelve en expresiones y reacciones que muestran toda la inagotable riqueza de lo humano. Sin embargo, las tres mencionadas son las encargadas de efectuar el recorrido desde lo más bajo -la fealdad- hasta lo más alto -la belleza-, a través de todos sus intermedios. Son actitudes inseparables y entremezcladas, que aquí no tenemos más remedio que diferenciar para lograr así una cierta comprensión de ellas.

La vergüenza

"Tener vergüenza es sentirse intrínsecamente malo, fundamentalmente feo como persona" (G. Kaufman). La vergüenza es un sentimiento espontáneo que la persona tiene ante sí misma o ante los demás cuando algo en ella, y por tanto ella misma, aparecen como feos, y por tanto indignos y vituperables.

El sentimiento de vergüenza afecta así a lo más íntimo del hombre. Por eso es tan importante, porque el afectado es él mismo, como tal hombre. Por ejemplo, la vergüenza juega un papel decisivo en la formación de una recta conciencia moral, que nos hace sentirnos buenos o malos, inocentes o culpables. También es decisiva a lo largo del proceso psicológico y social en el que tomamos pacífica posesión de nuestra identidad y somos reconocidos y aceptados por los demás. Pero además, la vergüenza es un factor central en los desarreglos del funcionamiento del yo. Por eso, como todo sentimiento, necesita ser bien educada, pues, como añade Kaufman, es "la fuente de la insuficiente autoestima, del pobre concepto de uno mismo o de la mala imagen corporal, de la duda de sí y de la inseguridad y de la disminución de la autoconfianza". Por eso "es la fuente de los sentimientos de inferioridad. La experiencia interior de la vergüenza es como una enfermedad dentro del yo, una dolencia del alma", un tormento interior o una herida que nos separa de nosotros mismos y de los demás, aislándonos en nuestro sonrojo.

La presencia de lo feo y vergonzoso en nosotros arruina la estimación ajena: "caérsele a uno la cara de vergüenza es perder el honor", añade el mismo autor. Si lo vergonzoso es lo feo presente en la persona, se entiende que los clásicos griegos dijeran que lo contrario de lo bello (kalón) era precisamente lo vergonzoso o torpe (aischrón). Cuando vemos en los demás, o incluso en nosotros mismos, acciones, gestos o palabras ofensivos para su dignidad o la nuestra decimos que eso es vergonzoso. Lo indigno es siempre vergonzoso, e incluso ofensivo, en lo que tiene de irrespetuoso hacia alguien o hacia uno mismo. Por eso quien comete acciones feas e indecentes no merece nuestra estimación. La vergüenza se relaciona así con los sentimientos de inferioridad y con la pérdida de la estimación.

El pudor

Las pocas reflexiones que anteceden bastan para confirmar que la vergüenza se suscita por la presencia en nosotros de algo que consideramos indecoroso, y en definitiva malo. Sin embargo, aparece ya en este sentimiento un elemento más positivo: "sentir vergüenza es sentirse visto de un modo dolorosamente disminuido. La vergüenza revela el yo interior, y lo expone a la vista". Este "sentirse visto" produce una reacción espontánea por "la elevada visibilidad del yo": la "urgencia de esconderse, de desaparecer". "La experiencia de parecer transparente se crea precisamente por la sensación de estar expuesto que es inherente a la vergüenza", continúa Kaufman.

Cuando uno se siente desposeído sin su permiso de algo íntimo que pasa a ser públicamente enseñado, siente vergüenza, e incluso rabia. Sin embargo, en el sentirnos sin quererlo indebidamente "transparentes" ante los demás está operando ya ese segundo sentimiento que insinuábamos: el pudor, la inclinación a poner la intimidad a cubierto de miradas extrañas. El pudor es el gesto y la reacción espontánea de protección de lo íntimo que precede a la vergüenza y le da a ésta un sentido positivo de preservación. Tiene por eso una fuerte relación con la dignidad, pues acentúa la reserva de la intimidad, nos hace poseerla más intensamente, ser más dueños de nosotros mismos. E1 pudor es una manifestación de la libertad humana aplicada al propio cuerpo. Autodominio significa dignidad porque implica libertad, y ésta significa ante todo ser dueño de uno mismo. El pudor es algo así como la expresión corporal espontánea del conocido derecho jurídico a la intimidad y a la propia dignidad.

Por todo ello, la manera quizá más grave de desposeer a las personas de su dignidad intrínseca es violar su intimidad, es decir, horadarla y forzarles a manifestarla contra su voluntad, aún por medio de la coacción física o psicológica: exponerlas a la vergüenza pública y privarlas de seguir siendo dueñas y señoras de aquello que es sólo suyo: lo íntimo. Una persona violada queda reducida a la esclavitud y a una gravísima vergüenza ante sí misma: tiene dentro de sí la presencia invasora y violenta de lo extraño.

E1 pudor, al proteger y mantener latente nuestra intimidad (éste es su objeto), aumenta el carácter libre de la manifestación hacia fuera de lo que somos y tenemos. Lo íntimo es libremente donado porque es previamente poseído. El pudoroso es más dueño de sí, valora más el don posible de su interioridad. Incluso más la cela cuanto más rica es. El pudor es entonces el amor a la propia intimidad, la inclinación a mantener latente lo que no debe ser mostrado, a callar lo que no debe ser dicho, a reservar a su verdadero dueño el don y el secreto que no deben ser comunicados más que a aquel a quien uno ama. Amar, no se olvide, es donar la propia intimidad. Por eso ante el amado somos, deberíamos ser, transparentes y auténticos siempre.

Es bien sabido que la intimidad define radicalmente a la persona y que ésta es una peculiarísima y fascinante dualidad de habla y silencio, de opacidad y transparencia, de interioridad y exterioridad. La transparencia pública y total significaría, en este caso, perder toda interioridad. Esto no sólo es ofensivo para la persona, sino también imposible. La interioridad es tal porque en ella algo queda latente y silenciado para la exterioridad. El ser íntimo e irrepetible de la persona puede iluminar con su presencia unos ojos o un rostro que se vuelven transparentes y dejan ver ese fondo interior y único que a ellos se asoma. Pero ese ser siempre queda más allá, nunca es del todo exteriorizable, siempre se reserva a sí mismo para seguir iluminando ese rostro, para seguir amando a través de la mirada. El pudor es el cerrojo que abre y cierra desde dentro el umbral por el que accedemos a la persona: no somos dueños del abrir y del cerrar del otro. Es algo que se nos da, si está justificado que se nos dé, y no podemos forzarlo; si lo hacemos estamos horadando un territorio que no nos pertenece. Si él nos invita desde el umbral, hemos de suponer que es una llamada verdadera, y que su salir pudoroso a buscarnos franquea verdaderamente la entrada a esa intimidad en la que somos invitados a habitar por vez primera.

Sin embargo, cabe preguntar: ¿hasta dónde llegan las puertas de lo íntimo? El pudor se extiende tanto como se extienden éstas. Apenas es preciso decir que el pudor incluye no sólo la interioridad espiritual o psíquica, sino también el cuerpo, pues él y cuanto a él se refiere forma parte de nuestra intimidad: el vestido, las acciones, los gestos y movimientos corporales (comer, limpiarse, etcétera). El pudor se extiende también a la casa y en general al lenguaje manifestativo, pues ambos son ámbitos de expresión de lo íntimo, siendo éste el lugar donde la persona habita consigo misma.

Por ser el cuerpo parte de la intimidad, el pudor se muestra entonces como resistencia a la desnudez, como una invitación a buscar a la persona más allá de su cuerpo (Campanini). Mediante el acto y el gesto pudoroso, tan cercano aquí a la vergüenza, la persona expresa una negativa a que su cuerpo sea tomado, por así decir, sin la persona que lo posee, como una simple cosa, como un instrumento u objeto de deseo para el que mira impúdica o curiosamente. El acto de pudor es, en el fondo, una petición de reconocimiento, como si quien es así mirado o deseado dijera: "No me tomes por lo que de mí ves descubierto; tómame a mí, como persona".

La desnudez anónima

El pudor se nos aparece entonces como el acto por el cual la persona se hace presente en su cuerpo desnudo. Una desnudez es impúdica cuando, por decirlo así, no es de nadie y al mismo tiempo es de todos: es anónima, disponible para quien la quiera. Si a la persona le es indiferente desvestirse y mostrar su desnudez, ella no está en su cuerpo, y éste se convierte en una mera imagen de sí mismo, que no remite a nadie. El cuerpo está entonces sin dueño, abandonado o incluso ofrecido, es objeto decorativo o producto en venta. Cuando la persona desaparece de su cuerpo, éste se prostituye, se vende a bajo precio, se convierte en mercancía. El pudor permite ver a la persona con perspectiva, más allá de la pura epidermis en que parecen convertirse quienes se instalan en un escueto atavío, sin recatarse por la transparencia de sus telas o la firme adherencia de las prendas.

Desnudarse obedece casi siempre a razones térmicas, de comodidad. Sin embargo, el carácter sexuado del cuerpo da a la desnudez, de modo natural, cierto carácter erótico, variable según las circunstancias. Querer ignorar esta realidad natural supone reducir la sexualidad a mecanismo, a función fisiológica susceptible de "técnicas". En las relaciones humanas el carácter sexuado del cuerpo juega un papel que no es necesario explicar aquí, y que despierta la atracción entre el varón y la mujer, dando origen a tipos de conducta, entre ellas la seducción, que miran hacia el otro en tanto es varón o mujer. E1 modo de mostrar el carácter sexuado del cuerpo, y también estas pautas de comportamiento, están reguladas por una clase especial de pudor: el sexual.

El lector se preguntará entonces conmigo: ¿por qué los órganos sexuales son objeto de especial pudor? La pregunta es completamente pertinente, pero completamente imposible de responder aquí de modo cabal. Lo único que me atrevo a decir es que eso es así por una razón muy honda, y muy mal comprendida hoy en día: la sexualidad es algo especialmente íntimo. El lector me excusará de explicar qué quiero decir con ese "especialmente", pero si me otorga la confianza de aceptarlo, entonces la cuestión se simplifica: si la sexualidad es algo tan íntimo, debe tener muy estrechamente que ver con el don de la intimidad llamado amor. En tanto el amor y la sexualidad están unidos, lo sexual es profundamente íntimo y objeto de ese pudor especial recién mencionado. Parece una afirmación inocente, pero no lo es tanto, pues contiene muchos implícitos resumibles en esta idea intuitiva: el varón y la mujer se relacionan sexualmente entre sí de modo amoroso y donal, y no apareándose.

Así pues, el pudor es la regla que preside la manifestación propia o impropia de la interioridad. En cierto sentido cabe afirmar sin dificultad que es una virtud. El impúdico suele ser un sinvergüenza, pues no conoce el límite entre lo decente y lo indecente, entre lo que es oportuno y conveniente mostrar y lo que no. Para entendernos: lo indecente es intolerable, e incluso ofensivo. La idea de que la decencia es un valor antiguo, hoy ya por fortuna desaparecido, no se corresponde con la vigencia real de lo intolerable que por todas partes se detecta en nuevas costumbres y reglamentaciones. Lo que ocurre es que éstas versan sobre asuntos y valores distintos, quizá, desde luego, más triviales y exteriores que los antiguos.

La pérdida del sentido de la decencia, la incapacidad de percibir el límite de lo vergonzoso como algo que protege los valores comunes de nuestra sociedad, y que por eso debe ser a su vez protegido, no puede responder más que a una debilitación de la interioridad, a una pérdida del valor de lo íntimo, y por tanto, a un aumento de lo superficial, de lo exterior. Estrictamente esto significa pobreza, y por tanto aburrimiento. Quien no siente necesidad de ser pudoroso carece de intimidad, y así vive en la superficie y para la superficie, esperando a los demás en la epidermis, sin posibilidad de descender hacia sí mismo. Los frívolos no necesitan del pudor porque no tienen nada que reservarse. Por eso son tan chismosos; hablan mucho, pero no dicen nada. Viven hacia fuera. Están desnudos.

La regla que enseña a ocultar y desocultar lo íntimo embellece a la persona, porque la hace dueña de sí, la muestra a los demás reservada para ella misma, orientada hacia su "dentro", y por tanto digna. El pudor manifestado en la actitudes, vestimentas y palabras permite vislumbrar lo que aún queda oculto y silenciado: la persona misma. Por eso el pudor está en el umbral: porque desde él se llama al otro, se le muestra lo que pueda atraerle y admirarle, lo que aún podría avergonzar, lo que nunca se ha dicho todavía. El pudoroso no se ofrece todo entero, sino que invita a un después donde acontece un desvelamiento, donde puede darse un diálogo de miradas y palabras que abra una intimidad compartida. En tanto somos personas con interioridad el pudor regula necesariamente nuestras relaciones.

La compostura

Una vez que el pudor y la vergüenza han enseñado el límite entre lo decente y lo indecente, podemos preguntarnos de qué modo acontece la presencia de lo bello en la persona. La respuesta es la que da título a estas páginas: compostura y elegancia. Ya se dijo que el objeto de la elegancia es la presencia de lo bello en la figura, en los actos y movimientos, o mejor dicho, el mantenimiento activo de esa presencia, aquella obra de arreglo y compostura que hace a la persona, no sólo digna y decente, sino bella y hermosa ante sí y ante los demás.

Para explicar esta idea voy a proponer al lector una cierta novedad, para la que solicito su aprobación. Consiste en introducir una distinción entre dos "elegancias": una tiene un sentido más bien negativo, como para sólo preservar de lo vergonzoso. Es la que llamaré compostura. La otra es la elegancia "de verdad", plena de sentido positivo, que incluso podría definirse como la belleza personal.

La compostura es el sentido negativo de la elegancia en cuanto designa ausencia de fealdad en la figura y conducta personales. En realidad esta actitud humana fue considerada por los clásicos como una virtud, para ellos algo menor, que denominaron "modestia". El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua dice que modestia es "cualidad de humilde, falta de engreimiento; pobreza, escasez de medios", y este es ciertamente el sentido actual de esa palabra en el lenguaje ordinario.

Pero ese mismo Diccionario antepone otra acepción distinta, tomada directamente de la filosofía clásica, que dice así: Virtud que modera, templa y regla las acciones externas, conteniendo al hombre en los límites de su estado, según lo conveniente a él". Nadie entiende hoy así la modestia. A esto hay que llamarlo más bien "compostura", y así me parece que habría de hacerse, rectificando el Diccionario si es preciso.

Para Andrónico de Rodas, primer editor de las obras de Aristóteles, la compostura era "la ciencia de lo que dice bien (lo decente) en el movimiento y las costumbres", "el buen orden que se ocupa de lo conveniente en los diversos negocios y circunstancias", "espíritu de discernimiento, es decir, de distinción, en las acciones". Su maestro Aristóteles, en cambio, decía que la compostura (por supuesto, él la llamó de otra manera: afabilidad) versa sobre lo que resulta agradable o desagradable en los dichos y hechos respecto de los hombres con quienes se convive. Esto no es otra cosa que las buenas maneras de las que hoy tanto se habla. Tomás de Aquino, por su parte, afirma que la compostura o decoro es una virtud que regula los movimientos externos del cuerpo.

Un autor de moda que escribe sobre las virtudes, el francés A. Comte-Sponville, insiste en que la cortesía no es una virtud, sino una especie de cualidad necesaria para la convivencia humana. En este caso parece obligado disentir, pues la compostura engloba algo más profundo que la simple cortesía externa, aunque ambas apuntan hacia la buena educación, los buenos modales y palabras en la vida social. Ser cortés no es sólo tratar correcta y educadamente a las personas, lo cual implica ya reconocerlas dignas de buen trato, sino todavía más: omitir decididamente todo detalle que resulte molesto o vergonzoso, e incluso buscar la compostura, la finura y el donaire en el decir y actuar, de modo que se merezca por ello la estimación, el aprecio, y aún la admiración.

La compostura incluye en primer lugar limpieza, ausencia de lo sucio y manchado que podrían afear a la persona. En segundo lugar contiene pulcritud, que es un aseo cuidadoso, el cuidado de la propia presencia, un estar la persona "compuesta" y preparada, en disposición de aparecer públicamente ante quien en cada caso corresponda. En tercer lugar compostura es orden, un saber estar que no se refiere sólo a la disposición material de objetos y vestidos, sino al moverse del modo conveniente, en el momento adecuado y, sobre todo, con los gestos adecuados. Esto es el decoro, algo así como el orden de los gestos y de las palabras, su oportunidad y mesura, su adecuación con lo que quieren expresar y con el destinatario de esa expresión: decoro son, por lo tanto, las buenas maneras.

La educación en la elegancia comienza por la enseñanza de estos aspectos básicos incluidos en la compostura. Los niños difícilmente valoran su importancia, pero sin ella no se hacen aptos para ingresar en la vida social. Es un error corriente, que se pone de moda en épocas y personas románticas, juzgar que todo esto es convención y artificio hipócrita, cuando en realidad constituye algo así como la civilización del instinto y de la espontaneidad por medio del rito y la costumbre, algo que constituye la base de toda educación y aprendizaje humanos. E1 "naturalismo", en forma nudista, robinsoniana o "hippie", suele terminar en lo cutre, ese "Teísmo" sin elegancia que no es consciente de su vulgaridad. Las buenas maneras son, en palabras de Kant, lo que "transforma la animalidad en humanidad".

Mantener la compostura exige cuidado, tiempo, arreglo en definitiva. Esto obliga a dedicarse atención, a ocuparse de uno mismo y de la propia apariencia. Si uno no quiere mostrarse desaliñado debe cuidar su exterioridad, cortarse las uñas, cambiarse de ropa, prestar atención, evitar las manchas y los malos olores. Perder la compostura es una forma de perder la dignidad: ¿quién no se ha visto en la disyuntiva de tener que elegir entre correr para subir al autobús o no quedarse sin ellas? La persona descompuesta y descuidada se desperdiga, tiene un déficit del recto amor a sí misma que precisa para remediar los defectos y deterioros de su condición corpórea y temporal, que irremediablemente se van introduciendo en ella en forma de desgaste y estropicio. Por el contrario, la persona compuesta tiene un centro que reúne lo disperso, una regla que mide y ordena, un sosiego nacido del estar dueña de sí.

La elegancia

La compostura, sin embargo, se limita más bien a "no desentonar". Aunque sin compostura no es posible la elegancia (esto conviene no olvidarlo), para alcanzar esta última se requiere algo más: ser atractivos, o al menos estarlo, desarrollar el gusto y el estilo, alcanzar la distinción.

Con el fin de comprender un poco qué significa ser elegantes, lo más práctico es analizar los requisitos o contenidos de esta rara cualidad que a todos nos gustaría tener. Lo más inmediato y obvio es que ser elegante significa tener buen gesto. Pero ¿qué es el buen gusto? Ante todo, como nos enseñan Baltasar Gracián y H. Gadamer, es una capacidad de discernimiento espiritual que nos

lleva no sólo a "reconocer como bella tal o cual cosa que es efectivamente bella, sino también a tener puesta la mirada en un todo con el que debe concordar cuanto sea bello". Se trata por tanto de una capacidad que permite afirmar las realidades "gustadas" como "bonitas" o "feas". Pero decir "esto es bonito" o "esto es feo" sólo puede hacerse si "esto", particular y concreto (un vestido, un peinado o un jardín) se refiere a un todo frente al cual el objeto juzgado queda "iluminado" y descubierto como "adecuado" o "inadecuado". El buen gusto es pues "un modo de conocer", un cierto sentido de la belleza o fealdad de las cosas. No se aplica sólo a la naturaleza o al arte, sino a todo el ámbito de las costumbres, conveniencias, conductas y obras humanas, e incluso a las personas mismas. Y desde luego no es algo innato, sino que depende del cultivo espiritual de la educación y la sensibilidad que cada uno haya adquirido. Las cosas de "mal gusto" no pueden ser de ninguna manera elegantes, sino más bien torpes y vergonzosas.

Lógica y afortunadamente, no existe una regla fija que determine qué es de buen y mal gusto. Lo que sabemos es que el buen gusto mantiene la mesura, el orden, incluso dentro de la moda, a la que lleva a su mejor excelencia, sin seguir a ciegas sus exigencias cambiantes, sino más bien encontrando en ella la manera de mantener el estilo personal.

La idea del buen gusto nos lleva a la segunda nota de la elegancia: la distinción. Lo distinguido se opone a lo vulgar, a lo zafio, que tiene ya connotaciones de cierto desaliño y suciedad. Distinguido es lo que sobresale, lo elevado, lo señorial. La persona humana tiende de por sí a moverse hacia lo alto: le gusta volar, soñar, subir, despegarse del peso de la materia y sentirse ingrávida y espiritual, despegada, libre en definitiva. La distinción es aquello que sitúa a la persona humana por encima de la vulgaridad y dentro del señorío. En el caso de la elegancia, la distinción proviene del buen gusto, puesto que éste permite hacer presente la belleza en aquello que el mantenimiento de la compostura nos obliga a realizar.

Cuando la persona dispone su apariencia exterior con arreglo al buen gusto, entonces está bella: guapa, se dice en castellano. Y es esencial entender, como decisiva nota de la elegancia, la presencia de la belleza en la persona. Es ésta la que le da ese aire distinguido y espiritual que, por decirlo así, la desmaterializa y eleva. Claro está que algunas personas tienen una belleza natural, física, que apenas necesita aliños para ser elegante: su porte, su andar, tienen ya una forma naturalmente distinguida y bien proporcionada, hermosa. Estas personas, si tienen buen gusto y son elegantes, pueden llegar a enriquecer su ya natural belleza hasta un esplendor que a las demás les suele estar vedado por su inferior disposición natural.

Es esencial recordar que la belleza significa en primer lugar armonía y proporción de las partes dentro del todo, sean las partes del cuerpo, de los vestidos, del lenguaje o de la conducta. Pero además, como dice Aristóteles, "a las obras bien hechas no se les puede quitar ni añadir, porque tanto el exceso como el defecto destruyen la perfección". "La fealdad -dice Tomás de Aquino comentando este pasaje- es el defecto de la forma corporal, y acaece cuando un miembro se muestra con una forma inadecuada (indecente). Pues la belleza (la elegancia) no se consigue si todos los miembros no están bien proporcionados y adornados". Esto quiere decir que un sólo defecto estropea el conjunto, pues para que la belleza se haga presente en el aspecto exterior de la persona todo en él debe ser íntegro, acabado y bien proporcionado.

Lo íntegro

Lo íntegro es precisamente lo bien hecho, aquello a lo que no le sobra ni le falta nada, lo que está completo y perfecto dentro de sus límites. A los griegos siempre les fascinó esta idea de perfección: lo íntegro es perfecto porque, circunscrito y limitado, dentro de sí tiene su télos, su finalidad, aquello que le da la plenitud. La elegancia envuelve todo el ser de la persona en cuanto ésta es íntegra, poseedora de su plenitud. Por eso, si ser elegante significa ser íntegramente bello, esto no puede limitarse sólo al aspecto del vestido o al arreglo externo. Por fuerza ha de incluir lo que la persona misma es y lo que de ella se manifiesta.

Esta es la idea griega, hoy tan perdida, de que las acciones hermosas, elegantes, son aquellas que uno realiza abandonando su propio interés para emprender la búsqueda de lo en sí mismo valioso, aquello que merece la pena por sí mismo, lo que tiene carácter de fin, lo que una vez alcanzado da la felicidad y la perfección. Este tipo de bienes no son ya los propios del bien decir, o del bien parecer, el arte o la belleza corporal, sino los bienes auténticos, los que realmente nos importan porque no sólo nos hacen felices, sino también buenos. Para los clásicos lo bello, pulchrum, es lo bueno, aquello que conviene al hombre y le perfecciona. Por eso, quien vive en armonía consigo mismo, quien se autodomina, quien emprende esa búsqueda del bien más alto y arduo, ese bien que constituye un ideal de vida, de esa persona se dice no sólo que es buena, sino que tiene kalokagathía, una bondad bella, o una belleza buena, una conducta íntegramente poseída desde sí: ésta es la verdadera elegancia, la que radica en el alma y la embellece porque pone en ella el amor, la virtud y el saber verdaderos.

La elegancia muestra así su dimensión moral, algo que constituye el fondo y sustrato de la otra dimensión, corporal y externa: quien no vive en armonía con sus sentimientos y sus tendencias, quien no sabe lo que quiere y no obra como debe, quien vive en discordia consigo mismo y con los demás, quien no conoce la serenidad y la mesura en sus deseos y acciones, quien es desconsiderado con la realidad que le rodea, quien no reproduce dentro de sí, en su voluntad, afectos e inteligencia, el orden general del universo y del ser mismo, ése no puede ser elegante porque no es bueno, ni dueño de sí mismo. Hasta aquí se extiende la idea de que la elegancia es la presencia de lo bello en la persona.

Reproducir en uno mismo la belleza general del universo es la suprema elegancia. Y esto despierta en los demás el entusiasmo, la admiración. La actitud humana que encamina hacia lograrlo se llama respeto, benevolencia, prestar asentimiento a lo real y ayudar a que cada cosa sea del todo lo que es y lo que puede llegar a ser. Lo indecente, por el contrario, es la prepotencia, atropellar la realidad para someterla a nuestros intereses, pisotear la dignidad de los otros.

La belleza humana no es sólo física, sino también moral. Pero la belleza física, incluida desde luego en la elegancia, no es sin embargo algo simplemente natural. Estaría incompleta si el vestido, el adorno y la proporción no la completaran. El escenario principal de la elegancia, su materia por así decir, es el embellecimiento de la compostura. Y ese embellecimiento puede lograrse al cumplir la inevitable tarea de cuidar de uno mismo: la disposición del atuendo, la ornamentación corporal, los modales distinguidos, la "forma bella de expresar los pensamientos", como define la elegancia el Diccionario antes citado, el modo de moverse, la figura y expresión de cada gesto, etc. La elegancia está en la bella factura de todos ellos. Y ahí es donde se aprende y desarrolla.

Esta bella factura es el escenario donde puede mostrarse otro componente de la elegancia: el arte y el estilo personales, que son la expresión exterior de la propia personalidad y gusto. Un hombre elegante tiene "estilo" propio sabe disponer las cosas con distinción, crea a su alrededor un ámbito cuidadoso y agradable, embellecido por el adorno, pero al mismo tiempo deja traducir un buen gusto característico a través de lo que hace. Por eso el estilo personal es la singularización de la apariencia, el distintivo de la propia figura que la hace inconfundible y en cierto modo irrepetible. La "distinción" radica hoy más en este sello personal que ponemos en nuestra imagen que en el carácter aristocrático de superioridad que en otros tiempos imponía una clase social (D. Innerarity). La elegancia se convierte entonces en cauce de expresión de la personalidad y creatividad de cada uno, en un desafío a la monotonía y a la uniformidad.

Hay que añadir aquí una observación que podría llevarnos muy lejos: por qué el ornato, el adorno, y no sólo el arreglo y la compostura? Adornar es una necesidad y una costumbre humana que no responde a la manía, o a la simple conveniencia de cubrir lo desnudo o lo vacío. Tiene que ver más bien con la idea de festejar. Todo adorno tiene, en efecto, una doble función: es a la vez representativo y acompañante. Acompaña la representación festiva, y ayuda a ésta. Un traje de boda puede servir de ejemplo. Se trata de un traje extraordinario, superabundante, lujoso incluso, de color simbólico. Realiza una transformación de la novia, y la acompaña, la reviste de atmósfera solemne y festiva al tiempo que significa y realiza su condición nupcial. Se advierte aquí cómo el adorno, el aderezo externo, cumple todo él esta doble función de acompañar y significar lo que la situación exige. Cada ocasión de este tipo tiene unas exigencias y unas conveniencias que el ornato y la figura de la persona deben reflejar, preceder y acompañar. Pues bien: la elegancia preside ese "estar a la altura" que acontece en las ocasiones festivas como adorno y compostura de la persona.

Toda la inmensa capacidad humana de adornar (brazaletes, anillos, collares, pinturas, telas, trajes y utensilios de fiesta) está al servicio de la representación que hace visible y presente lo no inmediatamente presente: el júbilo, la dignidad, la veneración, la gratitud, el recuerdo y la conmemoración... La elegancia encuentra su ámbito más pleno en la fiesta y en las acciones representativas y simbólicas que en ella se dan de modo natural. Las personas en las fiestas parecen distintas, se transforman, se vuelven bellas y elegantes, se ponen a la altura del acontecimiento, y su capacidad creadora tiene entonces ocasión de brillar y de redundar en su torno. Así se transforma un ambiente en festivo.

Aquí surge el peligro de confundir elegancia con simple apariencia. Hay que advertir, como última característica, que no hay elegancia verdadera si no es con ausencia de afectación y fingimiento, con espontaneidad y autenticidad en la expresión. Esto se llama naturalidad, mostrarse tino como es, de modo que lo que aparece responda al fondo y a la interioridad verdaderas. Naturalidad no es pura espontaneidad, sino también mesura, moderación, ausencia de demasía, pues el exceso destruye la elegancia, descoyunta las cosas y los gestos. La verdadera belleza es siempre portadora de naturalidad. Actuar espontánea y moderadamente, con un gusto y estilo personales que muestran en la persona una belleza poseída desde el fondo de ella misma: esto es en resumen ser elegante.

En todo ello los demás son importantes. Mirarnos al espejo, ese dueño de nuestra estima, o sentirnos mirados, es una llamada a embellecernos, a ser elegantes y atractivos como modo de merecer la estimación y el reconocimiento propio y ajeno. Quien ama su dignidad cuida su elegancia. Y así, el cuidado de la propia apariencia añade a la persona la pizca de belleza que le hace amable y atractiva. Es una preparación para el encuentro con los otros, una búsqueda de la nobleza humana del convivir, la creación de un ámbito que está más allá de la pura utilidad: la presentación alegre y festiva de la persona. Ser elegantes consiste en saber encontrar siempre motivos para expresar la alegría por medio del adorno.

Nada se ha dicho todavía de la creación de elegancia. Suele hacerse por medio de modelos (aquí en sentido estricto) que encarnan visiblemente el canon de belleza corporal en cada momento vigente, y el estilo que se hace moda y referencia. Todo ello es socialmente necesario y hoy, como todo, se realiza de modo profesional y empresarial. La imagen del modelo o la modelo es muchas veces multiplicada en los medios de telecomunicación. Pero después, como a los actores y actrices, se le pide que hable, que muestre algo más que una cara o un vestido, que no se convierta en fetiche, que posea de verdad su propia imagen, que no sea sólo lo que parece.

Quien adora el fetiche querrá repetir en sí una elegancia mecánica e imitada, carente de respeto por lo que uno o una es de modo propio y original. Lo importante de la elegancia es que no sea sólo imitación exterior, sino expresión de un mundo auténticamente personal. Esto es lo que he querido decir, amigo lector. Si el hombre habla, no sólo con sus palabras, sino también con su expresión, con su gesto, con su figura, con su vestido y apariencia, decir las cosas bellamente se torna no sólo bueno, sino deseable, pues al ejercerse nos dignifica como personas y eleva al nivel de lo verdaderamente humano la comunidad de vida que tenemos con los demás.

Autor: Ricardo Yepes Stork,

Los padres ante el impacto de los medios en los hijos


Revelaciones de nuevos estudios

¿Ver imágenes de sexo y de violencia en televisión y en los vídeo juegos introduce a los adolescentes en las relaciones sexuales sexo y les lleva a ser más agresivos en la vida real? Dos estudios publicados por la revista de la Asociación Estadounidense de Pediatría responden afirmativamente.

Los resultados del estudio "¿Ver sexo en televisión puede predecir el embarazo adolescente?", llevado a cabo por la Rand Corporation, y "Efectos longitudinales de los vídeo juegos violentos sobre la agresión en Japón y en Estados Unidos", de Craig A. Anderson, director del Centro para el Estudio de la Violencia de la Universidad Estatal de Iowa, aparecieron en noviembre en "Pediatrics".

Ambos estudios mostraban una correlación entre los comportamientos contemplados en la televisión o en los vídeo juegos y un cambio de comportamiento en los adolescentes.

Kristen Fyfe, redactora del Culture and Media Institute, ha analizado dichos estudios y ha compartido con ZENIT algunas advertencias para los padres.

--En su informe "Sexo y Agresión: el Impacto de los Medios en los Niños", usted analiza dos estudios recientes e iluminadores que enlazan el contenido de los programas de televisión con el embarazo adolescente. ¿Por qué son tan significativos estos dos estudios?

--Fyfe: Los informes son significativos por muchas razones, sobre todo porque son longitudinales, en otras palabras los mismos grupos de chicos han sido estudiados durante un periodo de varios años. Muchos estudios, igualmente válidos, no miden los resultados durante el tiempo sino que son más bien una especie de "flashes". Estos estudios, por el contrario, se articulan en el crecimiento/desarrollo y maduración de los chicos estudiados. Además, por lo que se refiere al embarazo infantil, este es uno de los primeros estudios que plantean una relación entre los contenidos sexuales que se ven --incluyendo el contenido insinuado/poco explícito-- con el embarazo adolescente. Por otro lado, estos estudios analizan a chicas y chicos, pues las chicas que se quedan embarazadas, pero los chicos ayudan a que esto ocurra.

Con relación al estudio sobre los vídeo juegos y la violencia, el otro aspecto que lo hace especialmente significativo es el componente intercultural. Los investigadores estudiaron a niños/adolescentes en Estados Unidos y en Japón. El hecho de que la cultura japonesa es, en general, menos agresiva que la cultura norteamericana es significativo, porque en este estudio los niños japoneses tienen los mismos resultados que sus coetáneos norteamericanos.

--¿Qué necesitan saber los padres sobre el impacto de los medios en las vidas de sus hijos y familias?

--Fyfe: Los padres necesitan saber que el tipo y la cantidad medios de comunicación que consumen los chicos tiene un impacto negativo verdadero. Hay un nuevo informe, un meta análisis --un estudio de estudios-- sobre la influencia de los medios en el que se muestra de modo concluyente que hay una fuerte correlación entre una exposición mayor a los medios y los resultados adversos en la salud --incluyendo cambios en la forma en que se desarrolla el cerebro, obesidad, aumento de la agresión, aumento de la actividad sexual, consumo de drogas y alcohol o bajo resultados académicos. Sobre este estudio se puede leer el artículo del New York Times (www.nytimes.com).

--Como madre católica que es usted, ¿qué conclusión sacó usted de estos estudios?

--Fyfe: Como madre católica, estos estudios no hacen más que reforzar mi convicción de que Dios nos ha dado la responsabilidad de guiar a nuestros hijos a través de un campo minado a nivel cultural que busca socavar lo mejor de Dios para ellos. Cuando doy conferencias en las escuelas y hablamos sobre "el culto a los falsos dioses", les desafío con la idea de que cualquier cosa a la que dedican una cantidad excesiva de tiempo y energía se convierte en un ídolo --especialmente si Dios queda en segundo lugar tras dicha obsesión--. Y les pregunto: "¿pasan más tiempo pensando en Dios o escuchando su iPod, jugando a vídeo juegos, viendo la televisión?" Se sienten incómodos ante la pregunta.

Además trato de ser consciente de que la realidad en la que mis hijos van a tener que navegar es este campo de minas mediático y no puedo protegerlos de él simplemente quejándome o prohibiéndoles ver/jugar/escuchar. Les tengo que equipar para tomar decisiones correctas y reconocer los valores profanos promovidos en mucho de lo que ello ven. No creo que en la sociedad de hoy los padres hagan un favor a sus hijos blindándolos completamente de los medios. Están rodeados por ellos y necesitan dominarlos para poder moverse como adultos. Sin embargo, podemos enseñarles, fijar límites y desafiarles para que sean consumidores críticos. Y sí, podemos hacerlo incluso cuando son pequeños.

--Considerando lo que revelan estos estudios, ¿hay algunos temas en particular de los que los padres deberían ser conscientes cuando piensan regalar vídeo juegos, películas o determinadas clases de teléfonos o aparatos electrónicos?

--Fyfe: Es necesario que los padres hagan sus deberes y que no se lo crean todo. Deben estar atentos a los sistemas de calificación de los vídeo juegos. Si están calificados con "M" (maduros) hay una razón para ello. Utilice los buenos recursos que proporcionan las asociaciones de padres o familiares para investigar el contenido de los vídeo juegos, así como las buenas publicaciones. Cuando se trata de móviles y de iPods dése cuenta de que cualquier cosa que tenga acceso a Internet se convierte en un vehículo a través del que se puede visionar todo tipo de contenidos. Hoy, muchos más chicos ven la televisión a través de aparatos móviles y ordenadores que a través de los viejos aparatos de televisión. Finalmente, no compre una televisión u ordenador para la habitación de su hijo. Existen muchas investigaciones que muestras que los chicos con estos aparatos en sus habitaciones sufren en su rendimiento académico. En pocas palabras: ¡sea un padre o una madre!

--Un estudio del Barna Group publicado hace un año mostraba que, a pesar de la preocupación que los padres cristianos tienen sobre la influencia de los medios, todavía se sienten presionados a comprar vídeo juegos cuestionables u otros productos mediáticos. ¿Ha cambiado esto?

--Fyfe: No lo creo. Se vuelve otra vez a la idea de que, algunas veces, ser padres significa tomar decisiones impopulares. Cuando me enfrento al dilema suelo preguntar: ¿permitiría a sus hijos que se arrojaran a la promiscuidad sexual, al consumo de drogas, al narcisismo, a compañías violentas? Esto es exactamente lo que está haciendo cuando permite a sus hijos malas influencias. No podemos enseñar a nuestros hijos a hacer frente a las malas influencias si nosotros, como padres, no estamos dispuestos a hacer frente a la presión de comprar un producto cuestionable sólo porque es popular. En serio, ¿si se tratara de otra cosa que no fuera productos mediáticos (juegos, películas, música, libros) dudaríamos a la hora de adoptar decisiones duras?

--¿Cree que los padres están empezando a tomarse este tema más en serio antes de llegar a las tiendas?

--Fyfe: Creo que los padres cada vez están más educados y, si hay alguna bendición en esta desgraciada crisis económica, puede ser el hecho de que los padres están siendo más exigentes ante lo que compran. Pero en realidad hasta que los medios - y me refiero a los medios de noticias, en la publicidad - no hagan hincapié en el mensaje de los efectos perjudiciales (como se hace con el tabaco), los padres no van a prestar atención y no se lo tomarán en serio.

--¿Puede dar algunos consejos a los padres sobre medios positivos en el mercado actual? ¿Alguna recomendación?

--Fyfe: Cuando se trata de video juegos, es necesario ver la etiqueta que garantiza que es un juego seguro. Los productos del sistema de juegos de la Wii que logran que los chicos se levanten del sofá son también muy buenos. ¡Puedes sudar jugando al tenis en la Wii!

En cuanto a los DVDs "Narnia II: el Príncipe Caspian" está ahora en DVD, así como "The Longshots", "Fly Me to the Moon" y "Wall-E".

Realmente, si quisiera ir a comprar artículos positivos, probablemente dejaría de lado los grandes almacenes y pensaría en la tienda cristiana de mi barrio.

Por Teresa Tomeo, traducción de Justo Amado
http://www.zenit.org

Ser tolerante


Ser tolerante ya es un gran logro, sin embargo no es suficiente. Una persona puede tolerar el comportamiento de otra sin comprender el porqué del mismo.

Tolerar consiste en respetarlas ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias, pero no en comprenderlas. Así, una persona puede tolerar que las mujeres trabajen y que los extranjeros vengan a quitar el trabajo a los españoles. Está claro que esta persona es machista y xenófoba, pero también es tolerante.

Comprender consiste en encontrar justificados o naturales los actos o sentimientos de otro, es decir:

Respetar a las demás personas con sus virtudes y defectos y no juzgarla sólo por éstos últimos.

Ponerse en el lugar de la otra u otras personas, actuar con empatía.

Aceptar las críticas negativas (pero constructivas) que nos realicen otras personas.
Dejar terminar de hablar a la otra persona antes de juzgar lo que ha querido decir (saber responder).

Una persona tolerante pero no comprensiva desconoce que es dialogar, cree que consiste en convencer a la otra persona antes de ser convencido por ésta. Se las reconocen porque dicen frases como “¡digas lo que digas, no me vas a convencer!”, “no insistas, no me convencerás” o frases similares.

Por tanto no es suficiente ser tolerante, aunque ya es un logro. Hay que ser comprensivo. Y si bien es cierto que hay pocas personas tolerantes, las comprensivas escasean. ¡Fomentemos la comprensión!

"Madurar consiste en dejar de creerse víctima de las circunstancias"


"Si no eres dueño de ti mismo te conviertes en esclavo de los demás"

Invertir en la formación emocional de los directivos suele mejorar a medio plazo los resultados de las empresas. Más que nada porque "el verdadero liderazgo, que consiste en influir e inspirar constructivamente a los demás, sólo es posible cuando uno es capaz de gestionarse a sí mismo de forma consciente y equilibrada". Al menos así lo recuerdan una y otra vez los expertos en autoconocimiento y desarrollo personal, para quienes "el mayor logro y la mayor aportación de los directivos es promover valores, actitudes y medidas encaminadas a que el bienestar de los trabajadores esté realmente alineado con el afán de lucro de la organización". Entre estos, destaca los formadores de directivos Oriol Pujol, que actualmente vive en India.

Reaccionar negativamente frente a la adversidad es muy fácil; tan sólo implica dejarse llevar por la inercia y la inconsciencia"

¿Cuál es el mayor freno que se encuentra a la hora de difundir su filosofía?

La ignorancia de creer que ya se sabe todo o de negar la posibilidad de poder experimentar un cambio profundo en la manera de ser y de percibir la realidad. Algunos justifican esta actitud denominándose "escépticos", pero en el fondo tan sólo muestran una falta de conocimiento y comprensión de sí mismos. Todos tenemos un potencial por desarrollar, que no sólo está relacionado con el descubrimiento y la profesionalización de nuestras virtudes y talentos, sino con nuestra propia paz y felicidad interiores.

¿Y qué les dice a aquellas personas que sí están interesadas en su desarrollo personal?

Lo primero es darse cuenta de que la vida es un misterio: en vez de verse como un problema a resolver, puede disfrutarse como una oportunidad para aprender a mantener la serenidad y el equilibrio, sean cuales sean nuestras circunstancias externas.

Difícil lo que propone...

Ya que no podemos cambiar lo que nos pasa, pues los hechos externos no dependen de nosotros, lo que sí podemos modificar es la interpretación que hacemos de lo que nos ocurre. En eso consiste madurar, en dejar de creernos víctimas de nuestras circunstancias para empezar a hacernos responsables de lo que experimentamos en nuestro interior.

¿A qué se refiere?

Frente a un mismo hecho, como que nuestro jefe nos critique o que se nos apague de pronto el ordenador, existen dos opciones: reaccionar negativa e impulsivamente o responder consciente y proactivamente, algo que todos nosotros podemos aprender a cultivar. Así, la conciencia es el espacio que creamos entre lo que sucede y nuestra reacción o respuesta. Cuanto más conscientes somos de nosotros mismos, mayor es nuestra capacidad de tomar la actitud que más nos conviene en cada momento. Este es el reto del desarrollo personal.

¿Y cómo se consigue?

Aceptando lo que nos sucede, que es lo que permite la auténtica transformación. Reaccionar negativamente frente a la adversidad es muy fácil; tan sólo implica dejarse llevar por la inercia y la inconsciencia. Quejarse, criticar o lamentarse son síntomas de poca autoestima, confianza y seguridad personal, que reflejan el grado de amor, cariño y autovaloración que tiene consigo cada uno. Además, si no somos dueños de nosotros mismos nos convertimos en esclavos de los demás, de los acontecimientos externos. Eso sí, aceptar no implica estar de acuerdo. Tampoco quiere decir resignarse o ser tolerante.

¿Y qué quiere decir?

Aceptar es comprender que las cosas no siempre suceden como a nosotros nos gustaría. En vez de pretender que la realidad se adapte a nuestras rígidas expectativas, hemos de aprender a vivir conscientemente, dándonos cuenta de que la sabiduría consiste en fluir flexiblemente, adaptándonos y sacando lo positivo de cada situación. Para lograrlo, se debe contar con la energía suficiente para poner en práctica todos estos principios. Y gracias a los nuevos resultados obtenidos, podemos experimentar un cambio de paradigma: no cambiarás cuando cambien tus circunstancias, sino que éstas cambiarán cuando cambies tú.

Solo el amor


Debes amar la arcilla que va en tus manos.


Debes amar su arena hasta la locura.


Y si no, no la emprendas que será en vano:


sólo el amor alumbra lo que perdura,


sólo el amor convierte en milagro el barro.


Debes amar el tiempo de los intentos.


Debes amar la hora que nunca brilla.


Y si no, no pretendas tocar lo cierto:


sólo el amor engendra la maravilla,


sólo el amor consigue encender lo muerto.

¿DIOS creó el mal?



Un profesor de universidad retó a sus estudiantes con esta pregunta: "¿Acaso Dios creo todo lo que existe?.

-Un alumno respondió: "Si"

-El profesor dijo: "Si Dios creó todo, entonces Dios creó el mal y como nuestras obras nos definen, entonces Dios es malo. Ven ustedes. Una vez más les he demostrado que la fe cristiana es un mito"

-Otro alumno preguntó: "¿Profesor, cree usted que existe el frío?

-Qué pregunta es esa -respondió el profesor- por supuesto que existe el frío. ¿Acaso nunca los has sentido?

-Los otros estudiantes se reían de la pregunta. Pero el estudiante continuó: "En realidad, señor, el frío no existe. Según las leyes de la física, lo que llamamos frío es en realidad ausencia de calor. El frío no existe. Hemos creado la palabra para describir una condición en que hay poco calor.

El alumno continuó: "Profesor, existe la oscuridad"

El maestro quedó callado pero el alumno continuó: "Usted debe saber que la oscuridad tampoco existe. Llamamos oscuridad a la ausencia de luz. Podemos utilizar el prisma de Newton para descomponer el rayo de luz en muchos colores y estudiar sus diferentes hondas. Pero no se puede hacer nada semejante con la oscuridad.

El alumno concluyó: "De la misma manera ocurre con el mal. No existe en sí mismo sino que es la ausencia del bien. Igual que el frío y la oscuridad. El mal es una palabra creada para describir la ausencia de Dios, la ausencia del amor. Dios no creó el mal.

El hombre puede apartarse de Dios. Entonces su comportamiento es malo porque carece amor.

El mal es la ausencia de la presencia de Dios


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Did God create evil?

A professor challenged his students with this question: "Did God create everything that exists?"

"A student bravely replied, "Yes, he did!"

"God created everything?", the professor asked. "Yes, sir," the

student replied.

The professor answered, "If God created everything, then God created

evil, since evil exists, and according to the principal that our works

define who we are, then God is evil."

The student became quiet before such an answer. The professor, quite

pleased with himself, boasted to the students that he had proven once

more that the Christian faith was a myth. Another student raised his

hand and said, "Can I ask you a question professor?"

"Of course," replied the professor.

The student stood up and asked, "Professor does cold exist?" "What

kind of question is this? Of course it exists. Have you never been cold?"

The students snickered at the young man's question. The young man

replied, "In fact sir, cold does not exist. According to the laws of

physics, what we consider cold is in reality the absence of heat.

Every body or object is susceptible to study when it has or transmits

energy, and heat is what makes a body or matter have or transmit

energy. Absolute zero (-460 F) is the total absence of heat; all

matter becomes inert and incapable of reaction at that temperature.

Cold does not exist. We have created this word to describe how we

feel if we have no heat."

The student continued, "Professor, does darkness exist?"

The professor responded, "Of course it does."

The student replied, "Once again you are wrong sir, darkness does not

exist either. Darkness is in reality the absence of light. Light we

can study, but not darkness. In fact we can use Newton's prism to

break white light into many colors and study the various wavelengths

of each color. You cannot measure darkness. A simple ray of light

can break into a world of darkness and illuminate it. How can you

know how dark a certain space is?

You measure the amount of light present. Isn't this correct?

Darkness is a term used by man to describe what happens when there is

no light present."

Finally the young man asked the professor, "Sir, does evil exist?" Now

uncertain, the professor responded, "Of course as I have already said.

We see it every day. It is in the daily example of man's inhumanity to man.

It is in the multitude of crime and violence everywhere in the world.

These manifestations are nothing else but evil."

To this the student replied, "Evil does not exist sir, or at least it

does not exist unto itself. Evil is simply the absence of God. It is

just like darkness and cold, a word that man has created to describe

the absence of God. God did not create evil. Evil is not like faith,

or love that exist just as does light and heat. Evil is the result of

what happens when man does not have God's love present in his heart.

It's like the cold that comes when there is no heat or the darkness

that comes when there is no light."

En los ojos de la Virgen de Guadalupe hay una profecía sobre la familia


Según el periodista y escritor italiano Renzo Allegri

En los ojos de la Virgen de Guadalupe ha sido descubierta una imagen que puede considerarse como una profecía sobre la familia. Así lo sostiene el periodista y escritor italiano Renzo Allegri, especialista en crítica musical y en religión, y autor de varios trabajos relacionados con apariciones de la Virgen.

En unas declaraciones a ZENIT, Renzo Allegri explica el significado de las imágenes descubiertas por el ingeniero José Aste en las pupilas de la imagen de la Virgen milagrosamente impresa en la tilma del indio Juan Diego, y que se venera en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe.

El periodista se refiere a la conocida historia de la aparición de la Virgen al indio Juan Diego, ocurrida en el México apenas conquistado por los españoles, en el año 1531. Una joven muy bella se apareció a este labriego indio, presentándose como la Virgen María, y le pidió que se construyera un santuario en su honor.

Referido el episodio al obispo Juan de Zumárraga, y al no creerle éste, la joven le indicó que le llevara unas flores de la montaña (era el mes de diciembre). Juan Diego encontró en el lugar indicado unas rosas y las recogió en su tilma (especie de delantal de fibras vegetales usado por los indígenas).

Al presentarse de nuevo ante el obispo, Juan Diego abrió la tilma para mostrar las flores, y para sorpresa de los presentes, en ella se había impreso de forma milagrosa la imagen de la Virgen, que se venera desde entonces en la basílica de la Virgen de Guadalupe.

Pero Renzo Allegri se refiere sobre todo al hallazgo de unas misteriosas imágenes en los ojos de la Virgen, que podrían referirse a una familia compuesta por los padres, los abuelos y tres niños.

Los ojos de la Virgen

El modo en que quedó impresa la imagen de la Virgen en la tilma de Juan Diego, ya que la naturaleza del tejido hacía imposible la realización de una pintura tan delicada en sus detalles.

En 1936, el profesor Richard Kuhn, Nobel de química en 1938, demostró científicamente que no existen trazas de colorante alguno en la tilma que expliquen la formación de esta imagen por procedimientos humanos.

Pero el descubrimiento más impactante se produjo en 1979, cuando el ingeniero peruano José Aste Tonsmann, residente en Estados Unidos, mostró que en las pupilas de la imagen de la Virgen habían quedado registradas unas imágenes.

Utilizando una serie de aparatos electrónicos, Aste logró reconstruir la imagen, que debió imprimirse misteriosamente en el momento de abrir la tilma, identificadas como el indio Juan Diego, el obispo Juan de Zumárraga, el joven intérprete del obispo, Juan Gonzales, y una mujer de raza negra, probablemente la sirvienta del obispo.

Pero junto a estos personajes, explica Renzo Allegri, Aste descubrió una segunda escena, en segundo plano, compuesta por personas desconocidas, y que representa una familia azteca, compuesta por el padre, la madre, los abuelos y tres niños.

"Reflexionando sobre estos extraordinarios descubrimientos científicos, el doctor Aste ofrece, como creyente, una hipótesis sugestiva. Dice que las escenas de las pupilas podrían constituir un 'mensaje' de la Virgen", explica el periodista.

Este mensaje, añade, "estaría destinado a nuestro tiempo, ya que sólo en él podría descifrarse, gracias a la tecnología, el secreto de sus ojos".

Este mensaje "indicaría la importancia de la unión de la familia y de sus valores; la presencia en la mirada de la Virgen de personas de raza distinta podría ser un mensaje antirracista; la tilma, que para los aztecas era un auténtico instrumento de trabajo, podría ser una invitación a servirnos de la tecnología para difundir la palabra de Cristo", añade Allegri.

El periodista hace notar que las sesiones de los últimos dos días del pasado encuentro mundial de la familia, celebrado la semana pasada en Ciudad de México, tuvieron lugar en el Santuario de Guadalupe.

Este encuentro, añade, "ha registrado una participación imponente, demostrando qué vivo es, en el pueblo cristiano, el valor de la familia también en nuestro tiempo", concluye.

Por Inma Álvarez
http://www.zenit.org

Tener sensibilidad


Create buenos habitos y ellos guiarán tu vida

La sensibilidad es el valor que nos hace despertar hacia la realidad, descubriendo todo aquello que afecta en mayor o menor grado al desarrollo personal, familiar y social.


Antes de hablar de sensibilidad hay que distinguirla de la “sensiblería” que casi siempre es sinónimo de cursilería, superficialidad o debilidad. En realidad el valor de la sensibilidad es la capacidad que tenemos los seres humanos para percibir y comprender el estado de ánimo, el modo de ser y de actuar de las personas, así como la naturaleza de las circunstancias y los ambientes, para actuar correctamente en beneficio de los demás.

Para comprender la importancia de este valor, necesitamos recordar que en distintos momentos de nuestra vida hemos buscado afecto, comprensión y cuidados, sin encontrar a ese alguien que muestre interés por nuestras necesidades y particulares circunstancias. ¿Qué podríamos hacer si viviéramos aislados? La sensibilidad nos permite descubrir en los demás a ese “otro yo” que piensa, siente y requiere de nuestra ayuda.

No pensemos en esa sensibilidad emocional que se manifiesta exageradamente con risas o llanto y tal vez “sintiendo” pena o disgusto por todo. Ser sensible va más allá de un estado de ánimo, es permanecer alerta de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. ¿Acaso ser sensible es signo de debilidad? No es blando el padre de familia que se preocupa por la educación y formación que reciben sus hijos; el empresario que vela por el bienestar y seguridad de sus empleados; quien escucha, conforta y alienta a un amigo en los buenos y malos momentos. La sensibilidad es interés, preocupación, colaboración y entrega generosa hacia los demás.

La realidad es que las personas prefieren aparentar ser duras o insensibles, para no comprometerse e involucrarse en cosas que califican como fuera de su competencia. Todas las penas y padecimientos de los demás resultan incómodos y molestos, pensando que cada quien tiene ya suficiente con sus propios problemas como para preocuparse de los ajenos. La indiferencia es el peor enemigo de la sensibilidad.

Lo peor de todo es mostrar esa misma indiferencia en familia, algunos padres nunca se enteran de los conocimientos que reciben sus hijos; de los ambientes que frecuentan; las costumbres y hábitos que adquieren con los amigos; de los programas que ven en la televisión; del uso que hacen del dinero; de la información que reciben respecto a la familia, la moda, la religión, la política... todas ellas son realidades que afectan a los adultos por igual.

¿Es que todo está bien? No se puede esperar que las nuevas generaciones construyan ese futuro mejor que tanto se espera, si nos da lo mismo todo y no estamos ahí para dar criterio, para formar hábitos y hacer valer las buenas costumbres.

Puede parecer extraño, pero en cierta forma somos insensibles con nosotros mismos, pues generalmente no advertimos el rumbo que le estamos dando a nuestra vida: pensamos poco en cambiar nuestros hábitos para bien; casi nunca hacemos propósitos de mejora personal o profesional; fácilmente nos dejamos llevar por el ambiente de los amigos o del trabajo sin poner objeción alguna; trabajamos sin orden y desmedidamente; dedicamos mucho tiempo a la diversión personal. Dejarse llevar por lo más fácil y cómodo es la muestra más clara de insensibilidad hacia todo lo que afecta nuestra vida.

Reaccionar frente ante las críticas, la murmuración y el desprestigio de las personas, es una forma de salir de ese estado de pasividad e indiferencia para crear una mejor calidad de vida y de convivencia entre los seres humanos.

Muchas veces nos limitamos a conocer el nombre de las personas, incluso compañeros de trabajo o estudio, criticamos y enjuiciamos sin conocer lo que ocurre a su alrededor: el motivo de sus preocupaciones y el bajo rendimiento que en momentos tiene, si su familia pasa por una difícil etapa económica o alguien tiene graves problemas de salud. Todo sería más fácil si tuviéramos un interés verdadero por las personas y su bienestar.

En todas partes se habla de los problemas sociales, corrupción, inseguridad, vicios, etc. y es algo tan cotidiano que ya forma parte de nuestra vida, dejamos que sean otros quienes piensen, tomen decisiones y actúen para solucionarnos hasta que nos vemos afectados. La sensibilidad nos hace ser más previsores y participativos, pues no es correcto contemplar el mal creyendo que somos inmunes.

Podemos afirmar que la sensibilidad nos hace despertar hacia la realidad, descubriendo todo aquello que afecta en mayor o menor grado al desarrollo personal, familiar y social. Con sentido común y un criterio bien formado, podemos hacer frente a todo tipo de inconvenientes, con la seguridad de hacer el bien poniendo todas nuestras capacidades al servicio de los demás.

Se busca un Santo


Perdóname, Señor, que venga a molestarte, pero se me acaba de ocurrir una idea:

Dicen que tienes necesidad de un Santo y pienso que tal vez podría servirte yo...

Vengo, pues, a ofrecerme para tal empleo; creo que podría cumplir bien esa ocupación.

A pesar de lo que digan, el mundo está lleno de personas perfectas.

Hay muchos que te ofrecen tantos sacrificios que, para que no te equivoques al contarlos, los marcan con pequeñas cruces en un cuadernillo. A mí, la verdad, no me gustan los sacrificios, me fastidian enormemente...

Lo que te he dado, Señor, tú sabes bien que lo has cogido tú mismo sin pedirme permiso y, lo más que yo he hecho, ha sido no protestar...

Hay también otros que se corrigen de un defecto por semana y ¡claro! serán forzosamente perfectos al cabo de un trimestre.

Pero yo no tengo suficiente confianza en mí para hacer eso, ¿quién sabe si perseveraré al cabo de la primera semana?
¡Soy tan impulsivo, Dios mío!

Por eso, prefiero quedarme con mis defectos, aunque usándolos lo menos posible...

Las personas perfectas tienen tantas cualidades, que no hay sitio en su alma para otra cosa y por lo tanto nunca llegaran a ser Santos.

Además, tampoco tienen ganas de serlo por miedo a faltar a la humildad.

Pero un Santo, Señor, yo creo que es ser un vaso vacío, que tú llenarás de tu gracia, con el amor que desborda tu Corazón, con la santidad de los Tres...

Mira, Señor, que yo soy eso: un vaso vacío, sin nada; sólo hay un poco de fango estancado en el fondo y no está muy limpio, ya lo sé...

Pero seguro que ahí arriba tú tienes algún detergente celestial! y además, ¿para qué serviría el Agua de tu Costado sino para lavarlo antes de usarlo?

Pero si tampoco tú quieres de mí, Señor, no insistiré...

Piensa, sin embargo, en mi propuesta, que va en serio.

Cuando vayas a tu bodega a sacar el vino de tu amor, acuérdate que, en cierto lugar de la tierra, tienes un pequeño vaso a tu disposición.

Y YO... ¿QUÉ HAGO?

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Oportunidad


Estoy cansado de trabajar y de ver a la misma gente camino a mi trabajo todos los días, de llegar a la casa y mi esposa servir lo mismo de comida para cenar, la cual no me gustó mucho que digamos y tengo que comer la comida que no me gusta. Voy a entrar al baño y mi hija de apenas año y medio no me deja por que quiere jugar conmigo, no entiende que estoy cansado y quiero entrar al baño. Después, tomo mi revista para leerla placidamente en mi sillón y mi hija nuevamente quiere jugar y que la arrulle entre mis brazos, yo quiero leer mi revista y sale mi esposa con su:

- ¿que tal me veo?, me arreglé para ti
- le digo que bien sin despegar mis ojos de mi revista.

Para variar, se enoja conmigo por que dice que no la comprendo y que nunca la escucho, no se por que se enoja si le pongo toda mi atención, es más, aún viendo la TV. Le pongo atención, bueno, siempre y cuando haya malos comerciales, a veces quisiera estar solo y no escuchar nada, yo solo quiero descansar; suficientes problemas tengo en el trabajo para escuchar los de mi casa. Mis Padres también me incomodan algunas veces y entre clientes, esposa, hija, padres, me vuelven loco, quiero paz. Lo único bueno es el sueño, al cerrar mis ojos siento un gran alivio de olvidarme de todo y de todos. Es por eso que solo deseo mi tiempo de descanso.

- Hola, vengo por ti.
- ¿Quién eres tú?, ¿Como entraste?
- Me manda Dios por ti, dice que escuchó tus quejas y tienes razón, es hora de descansar.
- Eso no es posible, para eso tendría que estar ......
- Así es, si lo estas, ya no te preocuparas por ver a la misma gente, ni por caminar, ni de aguantar a tu esposa con sus guisos, ni a tu pequeña hija que te moleste, es mas, jamás escucharás los consejos de tu Padres.
- Pero... ¿que va a pasar con todo? ¿con mi trabajo?
- No te preocupes, en tu empresa ya contrataron a otra persona para ocupar tu puesto y por cierto, está muy feliz por que no tenia trabajo.
- ¿Y mi esposa¿ ¿y mi bebé?
- A tu esposa le fue dado un buen hombre que la quiere, respeta y admira por sus cualidades que tú nunca observaste en ella y acepta con gusto todos sus guisos sin reclamarle nada, por que gracias a Dios y a ella, tiene algo que llevarse a la boca todos los días a diferencia de otras persona que no tienen nada que comer y pasan hambre hasta por meses y además, se preocupa por tu hija y la quiere como si fuera suya y por muy cansado que siempre llegue del trabajo, le dedica tiempo para jugar con ella, son muy felices.
- No, no puedo estar muerto.
- Lo siento, la decisión ya fue tomada.
- Pero... eso significa que jamás volveré a besar la mejillita de mi bebe, ni a decirle Te amo a mi esposa, ya no veré a mis amigos para decirles lo mucho que los aprecio, ni darle un brazo a mis padres, ya no volveré a vivir, ya no existiré mas, me enterraran en el
panteón y ahí se quedara mi cuerpo cubierto de tierra. Nunca más volveré a escuchar las palabras que me decían: Hey amigo, eres el mejor; Hijo mío, estoy orgulloso de ti; cuanto amo a mi esposo; hermano mío, que bueno que viniste a mi casa; papito...
- NO, NO QUIERO MORIR, QUIERO VIVIR, envejecer junto a mi esposa y los míos, NO QUIERO MORIR TODAVIA....
- Pero es lo que querías, descansar, ahora ya tienes tu descanso eterno, duerme para SIEMPRE.
- NO, NO QUIERO, NO QUIERO, POR FAVOR DIOS....!!!!
- ¿Que te pasa amor?, ¿tienes una pesadilla? dijo mi esposa despertándome.
- No, no fue una pesadilla, fue otra oportunidad para disfrutar de ti, de mi bebe, de mi familia, de todo lo que Dios me dio.

¿Sabes?, estando Muerto ya nada puedes hacer y estando vivo puedes disfrutarlo todo. Una vez cerrando tus ojos, nadie te garantiza volver a abrirlos. QUE BELLO ES VIVIR !!!! HOY LO LOGRE, MAÑANA ...
MAÑANA DIOS DIRA.

Despertar a cada día es maravilloso aun que las cosas no vayan nada bien, Dios nos da la oportunidad de despertar.

Ojala valoremos realmente nuestra vida, todo lo bueno que tenemos y ver el lado positivo de lo negativo que nos pasa.

Hay que recordar que estamos de paso y que nuestra vida no depende de nosotros sino de Dios...

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LA PERSONA EQUILIBRADA


Personalidad y persona son dos conceptos muy próximos. La personalidad es la forma de ser de un sujeto, la suma de las pautas de conducta que tienen tres raíces la herencia, el ambiente y la propia experiencia de la vida. Es el sello particular de cada uno. Una gran orquesta de donde hay distintos instrumentos de viento, de cuerda, trompas y por supuesto un piano, como se da en esos cinco grandes conciertos para piano y orquesta de Beethoven. La persona es el director de esa agrupación orquestal, que es capaz de mezclar, reunir, ensamblar esa diversidad de elementos para dar lugar a una sinfonía espléndida.
Llegar a ser una persona equilibrada es una tarea de artesanía psicológica. Alcanzar el ser cada vez mas libre (con minúscula) e independiente y con una buena armonía, es una aspiración importante. Es mas diría que el puente levadizo que conduce al castillo de la felicidad, tiene una puerta central de entrada, que se llama equilibrio personal.

La palabra equilibrio significa armonía, estabilidad, madurez, en una palabra ir consiguiendo un cierto estado de plenitud, de buena conjunción entre los distintos ingredientes que se hospedan dentro de nuestra forma ser. Todo equilibrio humano es siempre algo inestable. Se va accediendo a él a través de un crecimiento paulatino, secuencial, sucesivo. Hay grados de equilibrio. Y además, debo subrayar que es un concepto dinámico: no es algo a lo que uno llega y se instala allí y ya de por vida reside en ese espacio psicológico. No se trata de algo estático, sino que está en movimiento. Dicho de otro modo, los avatares de la vida, las mil y una cosas que nos pueden suceder en tan distintos planos, nos cambian, modifican, alteran y nos sacan de la pista.

Voy a intentar resumir que es una persona equilibrada en un decálogo, con el fin de que los lectores puedan seguir mis ideas, para analizarlas, escrutarlas y por supuesto situarse a favor o en contra de mi teoría.

l. Conocerse uno a sí mismo: en el templo de Apolo en Grecia había una inscripción en el frontispicio de la entrada que decía: conócete a ti mismo, lo que quiere decir saber como uno es, que características tiene, en una palabra, saber las aptitudes y las limitaciones que uno tiene. Esto es un avance, que evita embarcarse uno en empresas en las que sabe que no van a salir de forma adecuada. No me refiero aquí a un estudio documentado de uno mismo, sino tener apresadas las claves de uno mismo.

2. Tener un buen equilibrio entre corazón y cabeza, entre sentimientos y razones. Podríamos decir que la afectividad y la inteligencia son las dos notas mas características de nuestra persona. El siglo XVIII entronizó la razón y corresponde a la Ilustración, que culmina con el enciclopedismo y culmina con la Revolución Francesa en 1789. Por el contrario, el siglo XIX es el Romanticismo, que significó un giro copernicano, la exaltación de los sentimientos y las pasiones. Durante todo el siglo XX, ambas posturas han estado a la gresca, sin haber podido encontrar la formula filosofal que los encuadre de forma sana.

En nuestro caso, esto se traduciría de la siguiente manera: no ser ni demasiado sensible psicológicamente, ni de una frialdad cerebral gélida. Ser capaz de manejar simultáneamente la afectividad y la razón, en una buena proporción. Está claro que al ser la vida tan rica y compleja, existirán momentos en los que necesitemos ser especialmente cartesianos (la lógica y los argumentos) y otro en los que el énfasis deba ponerse en lo emotivo (en ocasiones lo efectivo es lo afectivo, jugando con las palabras).

3. Ser capaces de superar y digerir las heridas del pasado. La ecuación biográfica sana podría quedar dibujada en la siguiente formula: una persona equilibrada es aquella que vive instalada en el presente, tiene asumido el pasado con todo lo que eso significa y vive esencialmente abierta hacia el porvenir. La felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria. Pasar las páginas negativas de nuestra vida es un ejercicio de salud mental. Sino, corremos el riesgo de convertirnos en personas agrias, amargadas, resentidas, dolidas, echadas a perder...atrapadas en la tupida red del rencor. Resentimiento significa sentirse dolido y no olvidar: por esos vericuetos se convierte uno en neurótico.

4. Una persona equilibrada es aquella que tiene un proyecto de vida coherente y realista con tres grandes notas hospedándose en su seno: amor, trabajo y cultura. No es posible vivir sin un programa de vida. La improvisación y el ir tirando son malos consejeros. Cada uno de estos tres grandes temas se abre en abanico y se cuela por los entresijos de nuestro paisaje interior, poblando la ciudadela que cada uno somos, en un espacio habitable en donde amor y trabajo conjugan el verbo ser feliz. No hay felicidad sin amor y no hay amor sin renuncias. Y la cultura: la estética de la inteligencia, un saber de cinco estrellas que nos lleva a poseernos, a ser dueños y señores de nuestra parcela exterior e interior. El que no sabe lo que quiere no puede ser feliz. El que no ha sabido diseñar un esquema de futuro, vive al día, amenazado por los vientos del momento, que le traen y le llevan de acá para allá.

5. Uno de los síntomas mas nítidos de equilibrio es tener una voluntad sólida, firme, recia, compacta, consistente. Voluntad es para ponerse uno metas y retos concretos e ir a por ellos. Voluntad es determinación, apuntar a los objetivos sin detenernos ante nada, sabiendo que una persona con voluntad llega en la vida mas lejos que una persona inteligente. Habitan en su interior varias notas claves, que forman parte de esta territorialidad y que son: el orden, la constancia, la motivación y la disciplina. Las llamo las joyas de la corona. La voluntad se educa desde edad temprana, mediante la costumbre de vencerse en lo pequeño. No despreciar las pequeñas peleas de la vida ordinaria, ese es un gran campo de entrenamiento, que nos lleva a no despreciar las pequeñas escaramuzas en donde uno se vence y se crece ante las dificultades.

6. El gobierno mas importante es el gobierno de uno mismo. Equilibrio es saber lo que uno quiero, hacia donde se dirige, saber dominarse y no perder los estribos a pesar de las dificultades, roces, provocaciones y fracasos. Muy entroncado con esta idea, está el aprender a darle a las cosas que a uno le pasan, la importancia que realmente tienen: es decir, justeza de juicio para valorar los hechos que nos suceden de modo ecuánime, templado, buscando una cierta objetividad. Este es el subsuelo psicológico que nos hace dueños y señores de nuestra persona. El juicio sereno hace de intermediario pasión y la razón. Esto, como casi todo, se aprende.

Aprender a desdramatizar y no convertir un problema en un drama. Ser capaces de verse uno a si mismo desde el patio de butacas, intentar deslizarse uno por los pasadizos nuestro castillo interior, viendo lo que hay, lo que se ve y lo que se camuflo por los rincones de sus estancias mas diversas.

7. Otro indicador es el siguiente: haber ido creciendo con modelos de identidad positivos, atrayentes, fuertes, con coherencia interior, nos nos arrastran a imitarlos. Estamos en una sociedad técnicamente muy avanzada, con unos logros imponentes; pero en lo humano, tengo que decir que estamos en una sociedad psicológicamente enferma: neurótica, permisiva, que fomenta conductas hedonistas que mas tarde condena, muy perdida en lo fundamental. En ese clima en el que hoy nos movemos, están de moda los modelos rotos: la televisión se encarga de presentarnos a los famosos –que no a los de prestigio- con su vida partida, troceada...muchos consumen horas a la semana enganchados y narcotizados con estas historias huecas de personajes vacíos. Historias y personajes que van siendo copiados por muchos, que luego andan sin brújula. La seducción por el sensacionalismo negativo.

El modelo positivo es alguien atrayente, que provoca admiración y que nos conduce a conocerlo mas y a imitarlo. Yo recuerdo en mis años juveniles que tuve dos modelos cercanos, el de mis padres y el de mi hermano Luis. Mi padre fue unos de los primeros psiquiatras de España, estudio en Alemania y constituyó el quinteto de los primeros catedráticos de Psiquiatría de nuestro país. Mi madre, sin tener carrera universitaria –eran otros tiempos- , hablaba francés y alemán y era una fuera de serie. Mi hermano me enseñó a estudiar y a ser ordenado y su ejemplo fue decisivo para mi.

8. Buena capacidad para la convivencia. No conozco nada mas complicado que convivir. Es un arte que necesita tanto de la pasión como de la paciencia. Saber pasar por alto los roces y dificultades, es algo que necesita tiempo y capacidad de observación y evitar una sensibilidad psicológica demasiado fina. La convivencia es tolerancia y respeto del espacio del otro. Y no llevar cuentas de fallos, errores, atranques, dificultades y cosas similares.

9. Una persona equilibrada ha ido elaborando sentido de la vida. La palabra sentido cobija en su senos tres significados: 1) Sentido es dirección: saber hacia donde me dirijo; 2)Sentido es contenido: tener fuertes los argumentos por los que vivir, que la cabeza se pueble de lo mejor: amor y trabajo conjugan la felicidad; 3) Sentido es coherencia de vida, que luchemos porque existan dentro de nosotros el menor número de contradicciones posibles.

10. Tener una salud física básicamente positiva. Este punto daría para mucho. El que tiene una enfermedad física importante –desde un padecimiento crónico, a una enfermedad incapacitante, desde una diabetes difícil de controlar a un lupus eritematoso o una depresión bipolar, etc- puede perder el equilibrio o desdibujarse éste por exigencias de ese estado somático.

Autor: Enrique Rojas