Una receta para ser feliz


Sostiene Aristóteles que el bien supremo que persigue el hombre es la felicidad. Según esta extendida opinión el vivir bien y el obrar bien son sinónimos de dicha. Sin embargo, hay que tener en cuenta las variadas opiniones individuales. Para el enfermo la felicidad es la salud. Lo que para el pobre es la riqueza. En el estratega la felicidad está en la victoria y para el arquitecto en la funcionalidad y la belleza. Hay quienes piensan que felicidad es embotarse de placeres lo que provoca una sensación fugaz de felicidad. Hay personas que teniendo mucho dinero se mueren porque no pueden comprar vida. Y hay quienes teniendo vida la pierden por torpeza invencible consumidos por las drogas y el no hacer nada.

Un debate reciente de psicólogos en la Universidad Complutense de Madrid reveló que la felicidad no sólo es posible, sino que en la vida puede aprenderse a ser feliz. Para ello es esencial en las personas tener sentido del humor y saber valorar lo importante y lo valioso de la propia existencia. Una conclusión a la que se arribó fue la siguiente condición para ser feliz. Pedir a la vida solamente lo que la vida nos puede dar. Normalmente nos extralimitamos y a veces pedimos excesivamente y egoístamente hasta perturbarnos interiormente.

La vida es un permanente conflicto que pone a prueba nuestra capacidad de respuesta y adaptación. Otra recomendación es el dar trascendencia a la vida a través de profundas vivencias personales y convicciones religiosas. El que cree construye esperanza. El que no cree está en el abismo del fracaso. Es necesario aprender a valorar lo que tenemos y que recibimos gratuitamente de la vida y a veces somos incapaces de ver.

En este sentido, importante puede ser, por ejemplo, un amanecer, el caminar monologando consigno mismo, el hacer lo que nunca se hizo, plantar un árbol. El tener la mente ocupada con un crucigrama, el coleccionar en apariencia objetos sin valor. El leer, el escuchar música, el escribir para no olvidar. El rectificar y reconocer viejos errores. El conversar, el viajar, el hacer deporte. Hay muchas personas que se sintieron felices al caminar por primera vez a la orilla del mar. Enseñando a leer a otros. El principio fundamental es el descubrir que los mejores momentos en la vida no se compran con dinero pero valen tanto como las fortunas acumuladas en la tierra.

Ayudar a otros provoca también la sensación insobornable de felicidad. También es importante sonreír, porque no hay mejor carta de presentación que una sonrisa. La sonrisa es una vacuna efectiva contra las amarguras. El mundo hoy vive una desaforada ambición por la competencia. Vivimos en permanente obsesión por ser mejores, lo que no está mal, pero mucho más importante es ser personas normales. Ser nosotros mismos. Eso no lo enseña ningún diplomado, ni una maestría ni un doctorado. Es un curso irrepetible de madurez humana que la vida nos ofrece a cada instante pero del que estamos en permanente huída.

Hoy podemos fácilmente encontrarnos con superhombres y supermujeres que se desesperan por ser “super” en todo. Su tragedia está en que este afán de superlatividad notoria ya no son ellos mismos. Finalmente acaban convertidos en seres llenos de frustración porque la realidad enseña que siempre encontraremos mejores que nosotros. La desgracia se apodera de ellos cuando estos patrones se trasladan al hogar en donde la familia entera empieza a moverse por los hilos invisibles de la superestupidez en ese afán indetenible de andar comparándolo todo.

Un curso de felicidad enseña, en primer lugar, que el dinero no es la fuente de la felicidad. Con dinero se puede comprar placer pero no amor y ternura, se pueden comprar libros pero la sabia certeza personal es otra cosa. La mayor parte de personas felices curiosamente no lo son por lo que tienen sino por el que esperan algún día tener sin enfrascarse en una loca carrera por amasar fortuna que casi nunca disfrutan.

El humor, es otra de las principales fortalezas del ser humano. Quien es capaz de reírse de sí mismo, está demostrado, tiene una autoestima elevada. No se siente menos ni más que los demás. La risa produce una de las sensaciones más placenteras de la experiencia humana. El afán de poder y el exceso de ambiciones, por el contrario, acaban por convertir a las personas en inconsolables envidiosas y amargadas. Existen también quienes viven el deslumbramiento de la experiencia religiosa como un encuentro espontáneo con Dios y a partir de ella, mejoran su calidad de vida e incrementan su capacidad de amar, ser útiles, creativos y productivos. Para Aristóteles la felicidad incomparable es la de la inteligencia que es la que menos ataduras materiales tiene.

Por: Miguel Godos Curay

Confianza


Los hombres no podríamos vivir en armonía si faltara la Confianza.

Los hombres no podríamos vivir en armonía si faltara la Confianza, es decir, la seguridad firme que se tiene de una persona, por la relación de amistad o la labor que desempeña.

Tenemos seguridad en una persona porque sabemos que en sus palabras no existe el doble sentido o el rebuscamiento; jamás hace un juicio a la ligera sobre las actitudes de los demás; trabaja con intensidad, procurando terminar la tarea encomendada cuidando hasta el más mínimo detalle; llegará puntual si así se ha acordado o guardará el secreto que le hemos confiado.

Es fácil perder la Confianza en alguien cuando no actúa con justicia, algún comerciante, profesional o prestador de servicios que abusa de nuestra falta de conocimiento o buena voluntad, y pide a cambio una cantidad de dinero que no corresponde a lo convenido.

La mentira tampoco tiene lugar en cualquier tipo de relación, pues confunde la verdad, destruye los sentimientos, provocando una ruptura que pocas veces, o nunca, se puede resanar.

Podemos confundir la "confianza en uno mismo" convirtiéndola en presunción, como una forma de hacernos notar mediante una actitud poco respetuosa a las personas, lugares y circunstancias, tratando bruscamente a un mesero o buscar los medios para no formase en fila en un banco.

Otra forma mal entendida de la Confianza, es la familiaridad excesiva en el trato, provocando la burla de quienes nos rodean, los mismos familiares y compañeros de trabajo son las víctimas de nuestro asedio, posiblemente no reaccionan violentamente ante nuestro comportamiento por falta de recursos, sino por tener más educación.

Ahora bien, todos somos capaces de generar Confianza en los demás:

- Cada vez que enseñamos a otros a trabajar, aceptando sus fallas y ayudándoles a mejorar, de esta manera podrán adquirir seguridad en lo que están haciendo.

- Para tomar decisiones, tomar en cuenta a los que comparten las mismas responsabilidades, así, con otra visión de la situación se obtienen mejores resultados.

- Saber escuchar la opinión de los demás, sin importar nuestra mejor preparación o el puesto de mayor nivel que ocupamos.

- Ayudar a los hijos a decidir, procurando proporcionarles los elementos que les ayuden a tomar la opción que más convenga.

- Procurando cumplir a tiempo con los encargos que tenemos, en el trabajo, en casa y con los amigos.

- Presentar nuestro trabajo limpio, ordenado y puntualmente.
- Hablar siempre con la verdad.

- Cobrar la cantidad justa de dinero por lo que vendimos o el servicio que prestamos.

- Evitar que se hagan burlas o calumnias de otras personas.

Somos dignos de Confianza por cumplir responsablemente nuestras obligaciones, ayudamos a los demás con nuestro consejo o nuestro trabajo, si sabemos cumplir con las promesas que hacemos, evitamos criticar a los demás, generamos un ambiente agradable en las reuniones a las que somos invitados, comprendemos los errores de los demás y ayudamos a corregir.

Tal vez los mejores indicadores de Confianza, son la cantidad de amigos que tenemos, el número de personas que acuden a nuestro negocio y las responsabilidades que nos asignan en el trabajo; cuando esto ocurre, podemos decir que somos Confiables.

Constancia


“La Constancia es la virtud por la que todas las otras dan su fruto.” (Arturo Graf)
Según la definición de la Academia Real Española, Constancia (Del lat. constantia). Significa firmeza y perseverancia del ánimo en las resoluciones y en los propósitos.
La constancia es la aplicación continua y frecuente de un esfuerzo por lograr determinado propósito u objetivo.
Nuestras vidas están colmadas de anhelos por lograr metas, objetivos, sueños e ideales.
Cuando nos proponemos alcanzar una meta determinada, vemos que el trayecto a seguir muy pocas veces es una mera línea recta o un camino allanado sin obstáculos. Muy por el contrario, en la mayoría de los casos aparecen inconvenientes y desafíos que debemos superar con determinación, voluntad, constancia y perseverancia.
Si bien la constancia es comúnmente considerada como un sinónimo de perseverancia, podemos diferenciarla en que la constancia está más asociada al tiempo, la frecuencia y el ritmo establecido de acción para alcanzar un objetivo, mientras que la perseverancia se asocia más con la voluntad y el esfuerzo sostenido.
Ejemplos de constancia pueden ser: un obrero que cumple un horario y que se levanta puntualmente todas las mañanas para ir a su trabajo; un estudiante que realiza sus tareas dedicándole dos horas diarias al estudio, una madre que le dedica amorosamente unos minutos todas las noches para leerle un cuento a sus niños pequeños; etc.
Para desarrollar la virtud de la constancia, no hace falta un esfuerzo sobrehumano, sino más bien un método, un ritmo, la claridad de propósito y un sentido de equilibrio. Así como las gotas de agua que, sin ser mas fuertes que la roca, la erosionan más y más con el transcurrir del tiempo hasta perforarla, de la misma manera la aplicación constante de una acción orientada hacia un fin, nos proporcionará la agradable satisfacción de llegar a concretar nuestros anhelos más profundos.

La decencia explicada a los hijos


Los padres con su continuo ejemplo, deben enseñar a sus hijos a practicar la decencia en las conversaciones, vestimentas, gestos y posturas, pues saber comportarse decentemente no viene en los genes, hay que enseñarlo. Tienen que recordar principalmente a las hijas, que la decencia con sus cuerpos, no está implícita solamente en las ropas, sino en las personas que las llevan y que tienen que tener un cuidado muy especial, en su forma de vestir, evitando las ropas demasiado cortas, en escotes y faldas, apretadas o ligeras, para evitar que se conviertan en un centro de atención malsana, además que se pueden llevar grandes sorpresas, al descubrir las malas intenciones que provocan en los demás.

La decencia es el valor humano que mejor refleja la dignidad humana. Abarca los cinco sentidos: Vista, oído, gusto, olfato y tacto e incluye la imaginación y el propio cuerpo, pues trata de evitar exponerlo a la morbosidad y al uso indebido, de la sexualidad humana y todo lo que de ella se deriva. También se relaciona con el aseo, la compostura, el adorno de las personas, el recato, la honestidad, la modestia y la dignidad en los actos y en las palabras. Para vivir el valor de la decencia se necesita una gran educación, buena calidad humana y mucho respeto por uno mismo y por los demás.

La decencia es el valor más bello, que las personas pueden sentir y lo que mejor habla de ellas, ya que serena y fortalece el carácter y recuerda continuamente, lo importante que es vivir decorosamente y comportarse correctamente, en todo lugar y ocasión, sin que pueda dar lugar a interpretaciones equivocadas sobre la conducta.

10 Situaciones para ejercitar la decencia:

1. En la vestimenta, posturas, conversaciones, críticas, comentarios, insinuaciones, frivolidades y comportamiento hacia los demás.
2. En los negocios para no aprovecharse de las oportunidades, en perjuicio de los empleados, clientes o proveedores.
3. En los deportes, juegos, etc. y en todas las ocasiones, en las que alguien puede tomar ventaja indecente, que perjudique a los demás.
4. En los médicos y otras profesiones, al encargar solamente los exámenes, tratamientos, operaciones y medicinas que se precisan, para conocer, cuidar y prevenir la enfermedad, examinando con decencia las alternativas de curación, para evitar gastos innecesarios.
5. En los estudios no copiando en los exámenes, ayudando al que lo necesita, teniendo respeto y educación con los profesores, evitando las peleas y discusiones con los compañeros, siendo valiente cuando hay que defender la verdad y sabiendo aceptar, los errores y equivocaciones.
6. En los medios de comunicación, periódicos, radios, televisión, etc. diciendo la verdad entera, no a medias o con recovecos, que oculten o distorsionen la realidad ante los usuarios, siempre respetando la privacidad de las personas e instituciones.
7. En los políticos y servidores públicos, cumpliendo las promesas realizadas y actuando con decencia y honradez.
8. Las personas en general, al no intentan torcer las leyes para beneficiarse cuando les convienen en determinadas situaciones personales.
9. Con los amigos correspondiéndoles con la amistad, que ellos han puesto en las mutuas relaciones.
10. Las personas públicas, cuya decencia se mide continuamente cuando cometen faltas, que las empresas patrocinadoras de su publicidad, no las aceptan y les retiran el patrocinio.

Aprender a educar nuestros deseos


La educación es la base para edificar un proyecto personal adecuado. Y es necesario educar el deseo y el querer. El primero es anhelo, aspiración, conocimiento de algo que nos lleva en esa dirección, casi como un imán; es pasajero, transitorio, esporádico, como un chispazo que recorre nuestra mente por un rato.

Querer es determinación y firmeza, pretender algo con toda la voluntad. El deseo y el placer forman un edificio común: el primero ocupa la planta baja y conduce directamente al placer, instalado en el piso de arriba; la escalera que los comunica es la imaginación.

El deseo está lleno de promesas. Tiene magia, embelesa, un tono embriagador y hechicero que nos conduce y fascina. Pero dejarse arrastrar por los deseos sin más suele ser poco maduro. Crecer es orientar la conducta en una dirección positiva; de entrada, cuesta mucho, pero a la larga nos hace personas.
Desear es anhelar algo de forma próxima, rápida, casi inmediata. Querer es pretender a largo plazo, pero sin la transitoriedad de lo anterior, especificando el objetivo, limitando los campos con la firme resolución de llegar a la meta cueste lo que cueste.

Los deseos son más superficiales y fugaces. El querer es más profundo y estable. Muchos deseos son juguetes del momento. Casi todo lo que se quiere significa un progreso personal.

Parece que la inteligencia y la afectividad están casi siempre a la gresca. Lo cierto es que ir alcanzando una proporción adecuada entre ellas es una labor de filigrana. Lo que la inteligencia despierta, la afectividad parece que lo aletarga y entumece. Hay un bamboleo entre la vigilia y la somnolencia.

El deseo busca la posesión cercana de algo, que se pone en movimiento sobre la marcha y tiene como motor el impulso de posesión; ésa es su dinámica: el querer aspirar a un objetivo remoto, que requiere algo concreto, bien diseñado y con la voluntad como motor, tras recorrer una larga travesía.

El problema que se nos plantea es catalogar bien las aspiraciones que emergen delante de nosotros. Unas son rápidas como estrellas fugaces en un cielo raso que pasan y desaparecen. Otras se fijan en la mente y ponen su nota inmóvil y agazapada, que consolida la aspiración. Las metas juveniles llegan a hacerse realidad si somos capaces de apresar el esfuerzo y de concretarlo en una dirección precisa.

En las aguas, los ríos pulen las piedras, y éstas pierden sus aristas y se transforman en cantos rodados. La vida, con su maestría, otorga al querer su condición, meta que merece la pena. Siempre flota cerca del ser humano la tentación de abandonar la meta, cuando la dificultad arrecia y uno percibe que no debe seguir en la lucha. El que tiene voluntad consigue lo que se propone, a pesar de las mil peripecias por las que pasamos.

En el deseo, la seducción es la que manda. A partir de ahí se pone en marcha la inclinación, que va a intentar pasar por encima de muchas cosas para acceder al objetivo. Pensemos, por ejemplo, en el deseo de conocer a una persona que resulta bella, atractiva e interesante, a la que hemos conocido casualmente y que despierta en nosotros una cierta urgencia de saber quién es, a qué se dedica, qué tipo de vida lleva...

Querer es la central telefónica en la que convergen todos los hilos de la afectividad. Los deseos son la clavija inmediata que nos conecta con la realidad circundante; si no se gobiernan, traen y llevan la conducta de aquí para allá con poco criterio. El querer, si no se le aplican con fuerza la voluntad y la motivación, puede quedarse a medio camino.

Enrique Rojas

La fortaleza, esencial en el cristiano




Fortaleza es la capacidad en el ánimo del hombre para soportar lo adverso, para no darse por vencido en la lucha de la vida, para no claudicar ante los deberes, aunque cueste esfuerzo sacarlos adelante. Asimismo, para no dejarse vencer por las pasiones ni inclinarse hacia los vicios y adicciones ni deprimirse ni hundirse cuando le visita la enfermedad, el dolor o el fracaso, sino mantenerse siempre con ánimo erguido y viril. Creo yo que de la palabra vir, que significa hombre, viene la palabra virtud, cuya práctica presupone una actitud viril.

Y decía que en este tiempo tampoco abunda esta virtud de la fortaleza de ánimo, pues esto es algo de lo cual no se habla, algo desconocido por la mayoría o cuando menos, muy poco estimado.

¿Y por qué digo que no abunda hoy esta virtud de la fortaleza de ánimo?, porque he observado varios síntomas de la sociedad actual donde esa fortaleza está ausente. Pongamos por caso, en primer lugar, las adicciones terribles que comienzan desde la niñez, la adolescencia o la juventud, a las drogas, el alcohol o el sexo. Son incontables los seres que por desgracia se dejan llevar por los caminos que a eso conducen, pues no hay voluntad ni ánimo para oponerse a su seducción. Y esto no sólo en dichas edades, sino sobre todo entre los adultos, incluso entre quienes ostentan títulos universitarios, superior educación, sobrado dinero o un lugar privilegiado en la sociedad; hay entre todos una profunda debilidad de ánimo frente al mal, y fácilmente sucumben ante el vicio.

Otro síntoma de falta de fortaleza, es la destrucción de compromisos matrimoniales. Los que se casan, hacen una promesa o juramento sagrado y, si son cristianos, ante el altar y frente a Dios mismo, de amarse y respetarse por toda la vida, mas por estas y por aquellas dificultades propias de la convivencia entre dos personas, que no es fácil, inmediatamente se olvidan de dicho juramento y se separan, arruinando su matrimonio, sin importarles dañar a sus hijos, cuando los tienen, con su divorcio.

Otro síntoma alarmante y grave, y que indica muy poca fortaleza de ánimo, son los suicidios, que siguen al alza. Antes no se acostumbraba, en este pueblo cristiano, que hubiera tantos suicidios; por allá, muy de vez en cuando, una que otra persona desequilibrada mentalmente se mataba; pero hoy, tan pronto se fracasa en algún aspecto de la vida, ya sea trascendente y aun intrascendente, en lugar de enfrentar el fracaso se recurre al suicidio. Y también los entregados al vicio, al percatarse del vacío existencial que esto les genera, en lugar de volverse a Dios para que les llene, optan por quitarse la vida. O sea, son todos débiles ante cualquier dolor, sufrimiento, angustia o revés.

En contraste, hay que ver cómo nuestra sociedad valora la fortaleza física; ahí sí, multitudes acuden al gimnasio, al deporte, a toda clase de dietas, de medicamentos, con tal de estar fuertes, e incluso hasta a cirugías para aparentar belleza o fortaleza corporal, que ahora se acostumbra exhibir como ejemplo de perfección, en sujetos, mujeres y hombres, musculosos, vigorosos de cuerpo. ¿Y el alma qué?; el alma sigue siendo débil.

Es, pues, la virtud de la fortaleza, una cualidad muy importante en la vida de todo ser humano, porque una vez que se entra a este mundo, no se va a encontrar siempre un camino agradable y parejo, sino que muchas veces se tiene que enfrentar la cuesta arriba; no siempre se posee todo lo que se desea: comodidades, salud, bienes, amigos, no; habrá tiempos buenos y tiempos malos, y en los tiempos malos se requiere actuar como el Santo Job, ejemplo de fortaleza, quien al verse privado de sus propiedades y cubierto de lepra, desde la cabeza hasta los pies, exclamó: “Bueno, si recibimos de Dios los bienes, ¿por qué no hemos de recibir también los males?”. Y así, supo permanecer tranquilo y sereno en aquellas desgracias tan grandes.

Nuestro Señor Jesucristo nos dijo a los que creemos en Él: “No tengan miedo; tendrán tribulaciones en el mundo, pero yo he vencido al mundo.”

Ésta es la fortaleza fundamental del cristiano, saber que Dios es más grande que todo, que Dios lo puede todo y que Dios también, en el sufrimiento y en el dolor, en el fracaso y en la tentación, estará siempre con nosotros.

Saber disfrutar del presente


Dicen que Diógenes iba por las calles vestido con harapos y durmiendo en los zaguanes. Cuentan que, una mañana, cuando estaba amodorrado todavía en el zaguan donde había pasado la noche, pasó por aquel lugar una acaudalado terrateniente. -Buenos dias-dijo el caballero.

-Buenos dias-contestó Diógenes.

-He tenido una semana muy buena, así que he venido a darte esta bolsa de monedas.

Diógenes lo miró en silencio sin hacer ni un movimiento.

-Tómalas. No hay trampa. Son mías y te las doy a ti, que sé que las necesitas más que yo.

-¿Tú tienes más?-le preguntó Diógenes.

-Claro que sí-contestó el rico-, muchas más.

-¿No te gustaría tener más de las que tienes?

-Sí, por supuesto que me gustaría.

-Entonces , guárdate estas monedas porque tú las necesitas más que yo.

Algunos cuentan que el diálogo siguió así:

-Pero tú también tienes que comer y eso requerie dinero-insistió el caballero.

-Ya tengo una moneda-y la mostró-y me bastará para un tazón de trigo para hoy por la mañana y quizás algunas naranjas.

-Estoy de acuerdo. Pero también tendrás que comer mañana … y pasado mañana … y al día siguiente ¿De dónde sacarás el dinero mañana?

-Si tú me aseguras, sin temor a equivocarte, que viviré hasta mañana, entonces quizás tome tus monedas.

Pasos para ser protagonista de tu vida


¿Cuáles son los pasos para ser un protagonista exitoso en la vida y ser feliz?
Desde luego, no participar activamente de la vida, dejar que todo ocurra por accidente o por casualidad, no conduce a la realización personal ni a la satisfacción. En este caso, no hay dominio de la vida, del destino o del futuro. Las personas quedan a disposición de las circunstancias.

Los seres dotados hemos sido dotados de inteligencia, de consciencia (darnos cuenta) y, según muchos creen, poseemos espíritu. O somos seres espirituales con cuerpo físico.

Como sea, estamos preparados y hechos para el cambio y para la acción. La participación consciente en el mundo es lo que nos hará crecer como personas, sentirnos realizados y ser felices.

Para comenzar se necesita ser auto consciente. Observarse a sí mismo un buen tiempo. Descubrir cuáles son nuestros pensamientos y emociones dominantes, nuestras virtudes y defectos, fortalezas y debilidades, logros y carencias. Observar nuestras motivaciones e intereses. Contemplar nuestra manera de reaccionar ante distintas situaciones, en lo físico, afectivo y mental.

El segundo paso es asumir los defectos de la personalidad. Aceptar nuestras carencias y fallas. No hemos nacido con ellas, sino que las hemos ido adquiriendo durante la vida. Por lo tanto, no son esenciales, no son propias de nuestra condición humana. Es posible aceptarlas y, al mismo tiempo, anhelar la perfección de sí mismo. Debe surgir una fuerte motivación para superarse y para hacerse merecedor a un futuro exitoso y feliz.

Entonces se está preparado para el tercer paso. Buscar y encontrar los medios, instrumentos y herramientas para trabajar sobre nuestra personalidad, para aumentar nuestras fortalezas y para disminuir nuestras debilidades.

El último paso es fundamental. Comprometerse a trabajar sobre sí todos los días, en forma permanente, constante y perseverante. Implica una observación diaria de sí Buscar una mejora constante en nosotros mismos. Mejorar nuestro cuerpo físico, nuestra afectividad, nuestras acritudes mentales. Mejorar la relación que tenemos con los demás, mejorar los procedimientos en nuestros estudios y trabajos, etc. Siempre es posible encontrar un modo mejor de hacer las cosas, siempre podemos estar mejor aún. Descubriremos un rico potencial que existe en nosotros, esperando ser despertado.

Nos convertimos así en un hombre o mujer nuevos, felices y realizados. La vida se torna entretenida y llena de desafíos y aventuras. Dejamos de ser simples espectadores de la vida para pasar a ser protagonistas de ella.

Sergio Valdivia.

Diez Mandamientos sobre la Amabilidad


1. Sonreír siempre, aun sin ganas y a solas para entrenarse.
2. No decir NO ni a un mandato ni a una súplica.
3. Evitar al prójimo todos los disgustos posibles.
4. Mostrarse contento y satisfecho aunque la procesión vaya por dentro.
5. Esforzarse por ser simpático y más aún a los que no son antipáticos.
6. Utilizar: gracias, por favor...
7. Si hay que reprender, saber dominar el genio y después reprender serenamente.
8. Hacer agradable el trato a las personas con las que se convive.
9. Usar formas amables con todo el mundo.
10. Si hay equivocaciones, reconocerlo abiertamente y disculparse