Novena de la Inmaculada, Primer día


Novena de la Inmaculada, Primer día

En este primer día de la Novena con que queremos honrar a Nuestra Madre del Cielo, hacemos el propósito firme, ¡tan grato a Ella!, de recurrir a su intercesión en cualquier necesidad en que nos encontremos, siguiendo el consejo de un Padre de la Iglesia: "Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, llama a María. Si te agitan las olas de la soberbia, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María. Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima sin fondo de la tristeza o en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara". Bajo su amparo ponemos todos los días de nuestra vida. Ella nos guiará a través de un camino seguro. Cor Mariae dulcissimum iter para tutum.

D. Francisco Fernández Carvajal

El Papa abre el Adviento con un llamado a mirar más allá de "la carrera"



El papa Benedicto XVI abrió este sábado el periodo de Adviento celebrando vísperas en la basílica de San Pedro del Vaticano, y aprovechó para exhortar a los fieles a ir más allá de la "carrera" o la "posición social" para evitar un presente "vacío" de sentido.

El hombre "cuando es un niño quiere crecer, cuando se vuelve adulto aspira a realizarse y al éxito (...) Luego llega la hora en la que descubre que esperó demasiado poco, sobre todo si ya no le queda nada que esperar más allá de la profesión o de la posición social", advirtió en su homilía.

"Si no se llena el tiempo con un presente rico en sentido, la espera puede ser insoportable", dijo. La situación es diferente para los cristianos, animados por la certeza de que "un día no lejano todo se cumplirá en el reino de Dios", agregó.

El Adviento es el periodo de cuatro semanas que precede la Navidad. Representa para los católicos el periodo de preparación para la llegada del Cristo, o sea, su nacimiento.

Eso No es Amor


Si necesitas a alguien para ser feliz... eso no es amor.
ES CARENCIA.

Si tienes celos, inseguridad y haces cualquier cosa por mantener a alguien a tu lado, aún sabiendo que no eres amado... eso no es amor.
ES FALTA DE AMOR PROPIO.

Si crees que tu vida queda vacía sin esa persona... no consigues imaginarte solo ... y mantienes una relación que se acabó... eso no es amor.
ES DEPENDENCIA.

Si piensas que el ser amado te pertenece te sientes dueño y señor de su vida y de su cuerpo... eso no es amor.
ES EGOISMO.

Si no lo deseas... no te realizas como hombre o mujer con esta persona, prefieres no tener relaciones íntimas con ella, sin embargo sientes agrado al estar a su lado... eso no es amor.
ES AMISTAD.

Si discuten por cualquier motivo, les falta acuerdo en diversas situaciones, no les gusta hacer las mismas cosas... pero hay un deseo de estar íntimamente juntos... eso no es amor.
ES DESEO.

Si tu corazón late más fuerte, el sudor se pone intenso, tu temperatura sube y baja, sólo en pensar en la otra persona... eso no es amor.
ES PASION.

Ahora, que ya sabes lo que NO ES AMOR, es más fácil analizar lo que pasa contigo y procurar atraer a alguien por la que sientas afecto, deseo, pasión, necesidad, ansiedad... y que este alguien sienta lo mismo por ti.

Quemar Calorías


Para quemar calorías de forma efectiva es mejor ejercicios largos que cortos. Un ejercicio de 20 minutos, antes que diez sesiones de dos minutos. Para quemar calorías de forma significativa es necesario aumentar el ritmo cardíaco, con sesiones largas.


En rigor, es algo difícil estimar cuántas calorías se pueden quemar en dos minutos, ya que éste es un período de ejercicio muy corto. Pero, en cambio, sí podemos afirmar que es mejor hacer un ejercicio de 20 minutos ininterrumpidos, antes que diez pequeñas sesiones de dos minutos. Esto es así porque, para quemar calorías de forma significativa y ver de esta forma algún cambio corporal, es necesario aumentar el ritmo cardíaco, algo que no se puede lograr con ejercicios de períodos tan cortos.
En efecto, aumentar el ritmo cardíaco al realizar cualquier clase de ejercicios, aunque sea sólo durante una breve cantidad de tiempo, no sólo mejora la salud en forma global sino que, según los expertos, ayuda a maximizar la cantidad de calorías consumidas durante el ejercicio.

De hecho, estudios realizados en los Estados Unidos señalan que si una persona realiza diariamente una actividad física lo suficientemente intensa como para aumentar el ritmo cardíaco (aunque sea relativamente corta) por ejemplo, diez minutos de entrenamiento de fuerza y diez minutos de ejercicios puede lograr un significativo descenso de peso a mediano plazo (también se han observado beneficios con sólo diez minutos de ejercicios cardiovasculares).

Un muy buen ejercicio físico, puede ser andar en bicicleta fija durante 20 minutos, por lo menos tres veces por semana, siguiendo un ritmo variante de intensidad de este modo:

Dos minutos "tranquilos" a nivel 3, y tres minutos más intensos a nivel 6.
Dos minutos a nivel 4 y dos minutos a nivel 7.
Dos minutos a nivel 3 y tres minutos a nivel 8.
Dos minutos a nivel 5 y dos minutos a nivel 7.
Dos minutos a nivel 3.
De esta forma, se podrán quemar cerca de 200 calorías en cada sesión.


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FIJARSE EN LO POSITIVO


¿Cómo podemos inspirar a otros para dar lo mejor de sí mismos?

La mayoría de las personas desean sentirse útiles y apreciadas. Además, tienen el potencial de hacer mucho más con sus vidas que lo que están haciendo actualmente. Nosotros podemos ayudarles a lograr este potencial si recordamos las siguientes verdades:

· Cuando alguien aprecia lo que hacemos, generalmente nos sentimos bien y en el futuro tratamos de hacer mejor todavía.

· Cuando alguien se fija en nuestro potencial y nos da la oportunidad de desarrollarlo, nos sentimos alentados a intentar cosas nuevas.

· Cuando por medio de estas nuevas experiencias logramos desarrollar nuevas capacidades, experimentamos gozo y alegría.

Motivación
Para alentar a los demás, debemos tomar en cuenta estas características fundamentales de los seres humanos.

Podemos comenzar alentando a los demás por medio de “descubrirlos” haciendo algo bien. Estamos muy acostumbrados a fijarnos cuando alguien comete un error. Cuando hace algo correcto, lo tomamos como normal y no lo comentamos.

No nos damos cuenta que las personas responden a las percepciones que tenemos de ellas. Al llamar la atención constantemente a sus cualidades negativas, las reforzamos más.

Una vez alguien preguntó a ‘Abdu’l-Bahá cómo podía servir con tanto amor a tantas personas diferentes, algunas de ellas muy desagradables y difíciles de amar. El respondió: “Veo el rostro de Dios en cada uno. Entonces, es fácil amarlos.”

Cuando encontramos una buena cualidad en una persona, nos fijamos en su potencial, y tratamos de facilitar su desarrollo, esto nos ayuda a ver el “rostro de Dios” en la persona.

Felicitar
Cuando estamos enseñando una nueva capacidad a una persona, él aprenderá más rápidamente si:

1) comentamos las cosas que hace correctamente, y

2) le sugerimos sin críticas cómo puede mejorar otros aspectos de su rendimiento.

Al siempre enfocar lo positivo y expresar nuestra confianza en que la persona puede lograr su objetivo, él o ella se sentirá alentado a seguir esforzándose.

Pero hay que cuidarse de no caer en un tipo de alabanza manipuladora que sólo tiene el fin de influir en la persona para que haga lo que nosotros queramos, o en un tipo de alabanza generalizada que puede llevar a inflar el ego de la persona y crear una actitud de autocomplacencia. Dos prácticas nos pueden ayudar a evitar estos errores.

1) Hablar siempre con sinceridad, afirmando sólo la verdad, como la percibimos.

2) Al felicitar a alguien, mencionar la acción concreta que él o ella hizo bien y expresar la felicitación como nuestra propia reacción. Por ejemplo, decir: “Me gustó su explicación. Fue muy clara y bien ordenada”.

Un comentario así tiene un efecto mucho mejor que generalidades que realmente no dicen nada a la persona sobre su comportamiento y pueden inflar su ego en vez de alentar su desarrollo, tales como:“Tú hablas muy bien.”

“Si se trata a un hombre como lo que es, seguirá siendo lo que es; si se trata a un hombre como él puede y debe ser, llegará a ser lo que puede y debe ser.” Goethe

Del Valor de Arriesgarse a Probar


Un rey quería cubrir un puesto importante y convocó a la corte. Una multitud de hombres vigorosos y sabios se reunió ante él y les dijo: “Hombres sabios, tengo un problema, y deseo ver quién de vosotros es capaz de resolverlo”. Luego les condujo ante una inmensa puerta con una descomunal cerradura, tan grande que nadie había visto otra igual, y dijo: “Ahí tenéis la cerradura más grande, pesada y complicada que hay en mi reino. ¿Quién de vosotros es capaz de abrirla?”

Algunos cortesanos menearon la cabeza negativamente. Otros que se consideraban más sabios se acercaron a mirar la cerradura desde más cerca, pero dijeron luego que no lo podrían lograr. Sin embargo, un visir se acercó a tocar la cerradura, la exploró con los ojos y con los dedos, intentó moverla de las más diferentes maneras y por último le dio un tirón. Y he aquí que la cerradura se abrió. Estaba simplemente ajustada pero no cerrada, y no se necesitaba nada más que la disposición y el ánimo para comprenderlo y proceder con decisión. El rey dijo: “Tu recibirás el puesto en la corte, porque no te conformas sólo con lo que ves o lo que oyes, sino que aplicas tus capacidades y te atreves a probar.”

Sinceridad


¿Alguna vez has sentido la desilusión de descubrir la verdad?, ¿esa verdad que descubre un engaño o una mentira?, seguramente si; la incomodidad que provoca el sentirnos defraudados, es una experiencia que nunca deseamos volver a vivir, y a veces, nos impide volver a confiar en las personas, aún sin ser las causantes de nuestra desilusión.

Pero la Sinceridad, como los demás valores, no es algo que debemos esperar de los demás, es un valor que debemos vivir para tener amigos, para ser dignos de confianza....

La Sinceridad es un valor que caracteriza a las personas por la actitud congruente que mantienen en todo momento, basada en la veracidad de sus palabras y acciones.

Para ser sinceros debemos procurar decir siempre la verdad, esto que parece tan sencillo, a veces es lo que más cuesta trabajo. Utilizamos las "mentiras piadosas" en circunstancias que calificamos como de baja importancia, donde no pasa nada: como el decir que estamos avanzados en el trabajo, cuando aún no hemos comenzado, por la suposición de que es fácil y en cualquier momento podemos estar al corriente. Obviamente, una pequeña mentira, llevará a otra más grande y así sucesivamente... hasta que nos sorprenden.

Al inventar defectos o hacerlos más grandes en una persona, ocultamos el enojo o la envidia que tenemos. Con aires de ser "franco" o "sincero", decimos con facilidad los errores que comenten los demás, mostrando lo ineptos o limitados que son.

No todo esta en la palabra, también se puede ver la Sinceridad en nuestras actitudes. Cuando aparentamos lo que no somos, (normalmente es según el propósito que se persiga: trabajo, amistad, negocios, círculo social...), se tiene la tendencia a mostrar una personalidad ficticia: inteligentes, simpáticos, educados, de buenas costumbres... En este momento viene a nuestra mente el viejo refrán que dice: "dime de que presumes... y te diré de que careces"; gran desilusión causa el descubrir a la persona como era en la realidad, alguna vez hemos dicho o escuchado: "no era como yo pensaba", "creí que era diferente", "si fuese sincero, otra cosa sería"...

Cabe enfatizar que "decir" la verdad es una parte de la Sinceridad, pero también "actuar" conforme a la verdad, es requisito indispensable.

El mostrarnos "como somos en la realidad", nos hace congruentes entre lo que decimos, hacemos y pensamos, esto se logra con el conocimiento y la aceptación de nuestras cualidades y limitaciones,

En ocasiones faltamos a la Sinceridad por descuido, utilizando las típicas frases "creo que quiso decir esto...", "me pareció que con su actitud lo que realmente pensaba era que ..." ; tal vez y con buena intención, opinamos sobre una persona o un acontecimiento sin conocer los hechos. Ser sincero, exige responsabilidad en lo que decimos, evitando dar rienda suelta a la imaginación o haciendo suposiciones.

Para ser sincero también se requiere "tacto", esto no significa encubrir la verdad o ser vagos al decir las cosas. Cuando debemos decirle a una persona algo que particularmente puede incomodarla (pensemos en cosas como: su modo de vestir, mejorar su lenguaje, el trato con los demás o la manera de hacer y terminar mejor su trabajo), primeramente debemos ser conscientes que el propósito es "ayudar" o lo que es lo mismo, no hacerlo por disgusto, enojo o porque "nos cae mal"; enseguida encontrar el momento y lugar oportunos, esto último garantiza que la persona nos escuchará y descubrirá nuestra buena intención de ayudarle a mejorar.

En algún momento la Sinceridad requiere valor, nunca se justificará el dejar de decir las cosas para no perder una amistad o el buen concepto que se tiene de nuestra persona. Si por ejemplo, es evidente que un amigo trata mal a su esposa o a sus empleados, tenemos la obligación de decírselo, señalando las faltas en las que incurre y el daño que provoca, no solamente a las personas, sino a la buena convivencia que debe haber.

La persona sincera dice la verdad siempre, en todo momento, aunque le cueste, sin temor al qué dirán. Vernos sorprendidos en la mentira es más vergonzoso.

Al ser sinceros aseguramos la amistad, somos honestos con los demás y con nosotros mismos, convirtiéndonos en personas dignas de confianza por la veracidad que hay en nuestra conducta y nuestras palabras. A medida que pasa el tiempo, esta norma se debe convertir en una forma de vida, una manera de ser confiables en todo lugar y circunstancia.

LA DE LA FAROLA


A muchos de nosotros –miles, millones, la mayoría- jamás nos caerán en la lotería de la vida esos diez minutos de fama de los que habló el pobre Andy Warhol. ¿Y qué?: nosotros, los ilustres desconocidos, somos las verdaderas señas de identidad de la realidad. A nosotros, a vosotros, pues, describo.

Sueles asomarte a la ventanilla –cerrada- de mi coche en un semáforo del atardecer. Y tu largo y quejumbroso gemido –“poooor favoooor”- cierra mi día con una sombra de mal sueño. O, tal vez, lo que hagas sea despertar mi adormecida conciencia con ese susurro de paloma sin pitanza.

También te veo –no eres la misma, claro, pero todas habéis llegado de más allá, de lo que no conocemos ni deseamos saber- en otras calles, con otras luces… A veces, fatigada y sola, te apoyas en una valla o te sientas en un bordillo con la mirada alerta y al tiempo, qué sé yo, como perdida. Siempre, eso sí, llevas en brazos, como a un niño, la resma de papelote, áspero y mal impreso: La Farola, a veinte duros el ejemplar. Y yo creo que no vendes ni flores… Jamás he visto salir esos veinte duros de un bolso de los de a veinte mil pesetas o rozando una corbata de seda de las de a diecisiete mil. Por tanto, no sé de qué ni cómo vives. Pero vives: morena, curtida del sol urbano, con unos dientes blancos y voraces, el pelo negro y la ropa de Cáritas.

Vives, rumana. Y, de momento, te has instalado en nuestra existencia como aviso de que los extraños trepan por las murallas de “nuestro” paraíso. Te ignoramos, te soportamos, te tememos, tratamos de hacer leyes que te mantengan a raya… Y tú vives. de La Farola o de lo que sea: de restos, de trapicheos, de esas industrias que aguza el hambre. Vives y pares: eres prolífica y, a veces, tus hijos te rodean como una bandada de gorriones sucios, con mocos. Y tan guapos, tan hermosos como tú.

Nosotras, las del bolso de veinte mil pesetas avaramente cancelado para ti, y ellos, los de la corbata de seda que sienten asco de rozar tus ásperas manos de mendicante, estamos equivocados. Creemos que tú, la rumana de La Farola, el moro del invernadero de Almería o el senegalés que vende relojes sudados y falsos en la playa del verano, sois un presente efímero, que podremos sacudirnos de encima con la expulsión de los “sin papeles”. ¡Ah, no!: vosotros sois y seréis un futuro inevitable. Y con toda justicia: habéis llegado hasta aquí, saliendo del horror de hambres y esclavitudes, y aquí os quedaréis. Vosotros o los que os sucedan. Porque vosotros, los débiles y menesterosos, los que malvivís de nuestras sobras –de lo que ya no queremos como trabajo, porque se nos antoja una explotación y una vergüenza que atenta contra la dignidad humana-, sois más fuertes que nosotros. Vosotros padecéis hambre, frío, desnutrición, bronquitis y colitis. Pero todo eso se pasa con medicamentos y un techo digno de tal nombre, que acabaréis consiguiendo. En cambio, nuestras enfermedades se llaman egoísmo, miedo, rapacidad, frivolidad y su cura exige un esfuerzo sobrehumano que nuestros corazones, encallecidos o encanallados, no están dispuestos a emprender.

Sí: señora rumana de La Farola, tú ganarás. Y, probablemente, por goleada. Aunque sólo sea por número… Tú ganarás, precisamente, por esa bandada de hijos-gorriones que has traído y traerás al mundo saltándote a la torera cualquier ley de extranjería y acatando la única ley que conoces –aún sin conocerla-: la de la naturaleza. Vosotras, vosotros, sois madres y padres sin cálculos: aún en la miseria, aún en el hambre, aún en el frío. Hacéis que brote la vida en el vértigo de vuestra vida errabunda y plagada de trampas mortales. Para vosotros, la vida es como debe ser: tan normal como la muerte. Nosotras, las del bolso, y ellos, los de la corbata, hemos hecho de la vida una calculadora. Y no tenemos hijos. Porque nos salen demasiado caros.

Escribe: Pilar Cambra , Redactora Jefe del Diario Expansión (*)

Claves para saber conversar


Los seres humanos somos seres sociales por naturaleza que necesitamos relacionarnos y comunicarnos con los demás. A través de la conversación obtenemos información, nos entrenemos, convencemos, comentamos, opinamos, etc., Es un medio para comunicarnos y cuando conseguimos hacerlo de forma eficaz e interesante, nos facilita las relaciones personales.

1. ¿Se puede aprender a conversar?
2. ¿Qué debemos hacer?
3. Qué debemos evitar

1. ¿Se puede aprender a conversar?

Saber conversar es un arte que facilita nuestras relaciones con los demás.

Saber conversar no es tan sencillo como en un principio puede parecer. Es un arte que requiere muchas habilidades. Hay quien de forma innata posee la habilidad de ser ameno e interesante en las conversaciones y otros, por el contrario, necesitan aprender algunas técnicas que les ayuden a ser más entretenidos en sus conversaciones.

En cualquier caso, todos debemos esforzarnos y buscar conversación, no podemos quedarnos callados esperando a que ésta llegue, hay que saber buscarla.

A continuación, exponemos algunas sugerencias sobre qué debemos hacer y qué debemos evitar, para que la conversación sea un éxito.

2. ¿Qué debemos hacer?

Es fundamental saber expresarnos, exponer y expresar las ideas con claridad, siguiendo un orden para que puedan entendernos con facilidad. Saber qué decir y qué no debemos decir según la persona con quien estemos. No es igual conversar con un gran amigo que con una persona que acabamos de conocer.

Es conveniente poseer un amplio vocabulario y saber usarlo con fluidez y precisión. Ahora bien, además de las palabras, en toda conversación la comunicación no verbal adquiere gran importancia. Los gestos, la postura, la expresión facial (sonrisa, expresión de tristeza, enfado, etc.) son un gran complemento de las palabra y facilitan la comprensión del mensaje.

Procurar que el tema interese a las personas que nos escuchan y no solamente a nosotros. Tratar de temas que interesen a todos los presentes y hablar sobre ellos de forma atractiva y con sentido del humor. El humor es garantía de éxito en cualquier reunión.

La conversación será más interesante si hacemos que participen los demás, para ello podemos hacer preguntas abiertas con la intención de que todos participen en la conversación, ya que las preguntas exigen respuestas, es una buena forma para conversar.

Debemos dejar hablar a los demás y escucharles con interés, más allá de sus palabras, tratando de entender cómo se sienten y qué pretenden comunicarnos. Si en algo no estamos de acuerdo, es importante expresarlo con corrección. No coincidir con la opinión o las ideas de otra persona no está reñido en absoluto con no saber conversar.

Interesarnos por los demás y por lo que nos están contando. De esta forma, mejoraremos la comunicación con quienes nos rodean y aprenderemos a aceptar las críticas y los puntos de vista diferentes de una manera natural. Se trata de escuchar sin prejuicios lo que los demás nos dicen e interesarnos sinceramente por sus palabras y mensajes.

3. Qué debemos evitar

Debemos evitar ser excesivamente locuaces, hay que dejar que quienes están con nosotros, también se expresen e introduzcan puntos de vista o anécdotas nuevas a la conversación. De lo contrario, seremos unos pesados y estaremos aburriendo enormemente a los demás.

Tenemos que evitar estar callados y aburrir a los demás. Algunas personas no se esfuerzan en dar conversación, bien porque no les interesa el grupo de personas con quienes están, lo que demuestra egoísmo y poca educación, o porque son excesivamente tímidos o consideran que no tienen nada interesante que decir.

Es muy importante utilizar un vocabulario comprensible para todos los que nos escuchan, evitando tecnicismos o expresiones que no puedan entender. No podemos ser pedantes, pensando que sabemos más que los demás. Aunque seamos expertos en un tema concreto debemos ser sencillos, eso dará un mayor atractivo a la conversación y despertará el interés de todos los presentes.

Evitar temas que puedan dar lugar a discusiones. Cuando el ambiente empieza a ponerse tenso y observamos que alguien se está acalorando por el rumbo de la conversación, es mejor cortar y cambiar de tema.

Evitar la crítica destructiva y las murmuraciones.

Es muy importante no interrumpir cuando alguien está hablando, aunque sea para añadir algo, ni terminar sus frases, es de mala educación hacer eso y resulta muy molesto.

Dª. Trinidad Aparicio Pérez
Psicóloga clínica. Psicóloga escolar
Granada.

Afrentosos crucifijos



Por paradojas del azar, la conmemoración de la caída del murito de Berlín ha coincidido con una sentencia del sarcásticamente llamado Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo que ordena la retirada de los crucifijos de las aulas. La caída del murito de Berlín supuso, según nos martillea la propaganda, la «victoria de la libertad»; y las consecuencias de esa libertad victoriosa las contemplamos por doquier. La retirada de los crucifijos quizá sea la más aparente, por lo que tiene de simbólica; pero detrás de esa retirada está el suicidio de Occidente, que ha decidido, como los alacranes asediados, inyectarse el veneno de su propio aguijón. Y, en su arrebato de autodestrucción, disfrazado con los bellos ropajes de la libertad, reniega de los logros que han fundado su identidad.

Eso que la propaganda denomina «victoria de la libertad» no ha sido sino victoria de la más feroz de las tiranías, que no es otra que aquélla que despoja a los seres humanos de su capacidad de discernimiento moral. Las tiranías clásicas, ataviadas con los ropajes hoscos de la represión, al ejercer sobre las conciencias una violencia coactiva, aún permitían a sus oprimidos cierto grado de resistencia: pues todo expolio de lo que es constitutivamente humano genera en quien lo padece una reacción instintiva de defensa. La nueva tiranía no actúa reprimiendo la conciencia moral, sino desembridándola, de tal modo que sus sometidos dejan de regir su conducta por la capacidad de discernimiento, dejan de ser propiamente humanos, para guiarse únicamente por la satisfacción de sus intereses y caprichos. Y la nueva tiranía, ataviada con los bellos ropajes de la libertad, otorga a esos intereses el estatuto jurídico de «derechos», sin importarle que sean intereses egoístas o criminales; porque en la protección de tales intereses la nueva tiranía ha encontrado el modo de mantener a sus sometidos satisfechos. Ya no son hombres, sino bestias satisfechas, porque han extraviado la capacidad para discernir lo que es justo y lo que es injusto; pero las bestias satisfechas en sus intereses y caprichos egoístas o criminales, además de adorarse a sí mismas, adoran a quien les permite vivir sin conciencia, pues si alguien les devolviera la capacidad de discernimiento la vida -su vida infrahumana- se les tornaría insoportable.

Y ésa es la razón por la que la nueva tiranía ordena la retirada de los crucifijos: constituyen un recordatorio lacerante de que hemos dejado de ser propiamente humanos. Nos recuerdan que nuestra naturaleza caída fue abrazada, acogida, redimida, perdonada por aquel Cristo que murió colgado de un madero. Pero la noción de redención, como la de perdón, exigen una previa capacidad de discernimiento moral; exigen un juicio sobre la naturaleza de nuestros actos. Y cuando alguien se niega a juzgar sus actos, por considerar que están respaldados por una libertad omnímoda, la presencia de un crucifijo se torna lesiva, agónica y culpabilizadora. Y lo que la nueva tiranía nos promete es que podemos vivir sin ser redimidos ni perdonados, que podemos vivir sin culpa ni agonía; esto es, sin lucha con nuestra propia conciencia, por la sencilla razón de que hemos sido exonerados de tan gravosa carga. La nueva tiranía nos promete que todo lo que nuestra naturaleza caída apetezca o ansíe será de inmediato garantizado, protegido, consagrado jurídicamente; lo mismo da que sean meros caprichos de chiquilín emberrinchado que crímenes infrahumanos como el aborto. Frente a esta promesa de libertad omnímoda, el crucifijo aparece entonces a los ojos de esos hombres convertidos en bestias como una oprobiosa cadena: les recuerda que han renunciado a su verdadera naturaleza; les recuerda que esa naturaleza a la que han renunciado era su posesión más preciosa; les recuerda que Dios mismo entregó su vida por abrazarla. ¡Afrentoso recordatorio!

Juan Manuel de Prada

Basta ya de quejas


Cuando usted y yo éramos niños, nuestros mayores se quejaban de que no sabíamos divertirnos. Nos acusaban, con una sempiterna salmodia, de que para pasar la tarde necesitábamos una habitación rebosante de juguetes a pilas y repletos de botones y luces, de mecanismos y palancas que nosotros, niños al fin y al cabo, no lográbamos gobernar. Nos acusaban de dejarnos llevar por el hastío, que nos empujaba a destripar las tuercas y arandelas, los muelles y bombillitas. Entonces nos caía su retahíla del perfecto infante, del niño que creyeron ser, aquel que pone en pie los mundos literarios de Salgari y Verne, aquel que le saca magia a una chapa de gaseosa y a las tabas del cordero.
Cuando usted y yo éramos un poco más jóvenes y bostezábamos el duermevela de las tardes de los domingos, nuestros mayores se quejaban de que no sabíamos divertirnos. Nos acusaban de exprimir la noche para disfrutar la vida, como si fuésemos licántropos, vampiros que precisaban el néctar de un cubata para que el corazón se nos pusiera en movimiento. Entonces venían con su saco de recuerdos de aquellos bailes a media tarde, de sus compases agarrados, de sus equipos deportivos, del perfecto adolescente que combina con majestad el estudio y la facilidad para la conquista.

Pasados los años, querido lector, somos nosotros los que buscamos a nuestros niños y a nuestros jóvenes para repetirles la consabida monserga, conscientes de que los pequeños ya no destripan mecanismos a pilas porque tienen las pupilas deshechas por los videojuegos, con los que son capaces de levantar mundos mucho más sorprendentes que aquellos de Emilio Salgari. Y nos preocupa. Como nos preocupa observar cómo gastan las horas frente al ordenador para participar en una comunidad virtual. Somos conscientes de que hemos fabricando para ellos un mundo en el que cada vez parece menos necesario el contacto físico, la conversación, el calor de un abrazo o el dibujo de una sonrisa.

El secreto del tiempo Ese mundo, aparentemente repleto –porque tiene muchos estímulos audiovisuales– nos resulta, sin embargo, castigado por una individualidad enfermiza. Y entonces, querido amigo, se nos empapa la espalda de un sudor frío. Porque nuestros hijos que se asoman a la juventud, también se quieren divertir. Observamos entonces el ambiente preparado para ellos y nos parece imposible que de allí pueda surgir nada positivo. Entonces nos resulta natural venirles con la cantinela de nuestros tiempos, de aquellas pandillas con las que tomábamos cañas y echábamos el cierre a las madrugadas sin necesidad de estimulantes lisérgicos ni amores plastificados. Pero ellos, sumergidos en la burbuja de su individualidad satisfecha, apenas nos miran. Con la ayuda de un i-pod es posible que ni siquiera tengan que sufrir la molestia de escucharnos.

Temor y reproche trenzan el sino que distingue los saltos generacionales, esa sima aparentemente insalvable que se abre a los pies de los padres mientras contemplan a sus hijos caminar, indolentes, hacia lo desconocido.

Nuestros hijos no nos piden un sermón que les deje bien claro que pertenecemos a mundos aparentemente distintos. Aunque no lo digan –incluso, aunque no lo piensen–, desean que les dediquemos más tiempo antes de que sea tarde. Que cuando son niños nos los llevemos al Parque de Atracciones para lanzarnos con ellos por la montaña rusa más enrevesada. Necesitan compartir con nosotros el subidón de adrenalina, vernos alzar los brazos al aire frente a los raíles que parecen caer a las entrañas de la tierra.

Miguel Aranguren
Secciones del Reader's Digest
y unir a los nuestros sus gritos de miedo y alegría.

¿Qué podemos hacer contra la corrupción?


Me pide un lector que me ocupe en algún artículo de lo que podemos hacer contra la corrupción, y con mucho gusto atiendo esa sugerencia. Como el límite de lo soportable parece más que rebasado, los mismos políticos se han visto obligados a ocuparse del asunto, y enseguida se han mencionado las medidas que se podría y debería adoptar para contener esta especie de tsunami que amenaza con llevarse por delante a nuestra democracia. El elenco de remedios es amplio y variado, desde la reforma de la ley de partidos políticos hasta el cambio en la financiación de los municipios pasando por la apertura de las listas electorales. Y casi todos parecen suscribir ese tipo de reformas: por una vez, la unanimidad resulta asequible. La circunstancia que nos hace desconfiar es que son justamente esos mismos partidos, en cuyas filas militan muchos de los corruptos, los llamados a regenerar el sistema. Es muy improbable que uno sea un buen juez o médico en causa propia. Por este motivo voy a dejar de lado el ámbito de la política profesional y me centraré en los ciudadanos de a pie.

Habría que vencer una tentación inmediata: desentenderse de la política, dejar de seguir los temas de la agenda pública e incluso renunciar al voto (¿para qué votar, si son todos iguales?). Nada quieren más los políticos corruptos que una ciudadanía apática para cometer sus desmanes con una impunidad casi total.

Los escándalos, que son noticia a diario, pueden generar la impresión de que todo el mundo es corrupto, y no sólo los políticos. En tal caso, algunos pensarán que sería de tontos no hacer lo mismo y dejar de aprovechar cualquier ocasión favorable para beneficiarse. No está de más recordar que no todos roban o engañan, y que la gente honrada sigue siendo mayoría. Pero aunque fueran mayoría quienes incumplen la ley, no es razón suficiente para hacer lo mismo. No hay obligación de ser o actuar siempre “como los demás”. Aunque “todos lo hagan”, yo no me plegaré a esa práctica corrupta y mantendré la integridad en mi ambiente familiar, profesional o social. De esta forma, evito que el cáncer llegue hasta mi rincón e incluso puedo aspirar sin jactancia a constituirme en punto de partida de la regeneración necesaria. Mientras esperamos que un foco nos inunde con un chorro de luz capaz de disipar las tinieblas, vamos encendiendo cerillas o velas que iluminarán pequeños rincones. Si el ejemplo cunde, la luz irá ganando terreno a la oscuridad.

Ejemplos de sana reacción Cuando nos encontremos con situaciones injustas, lo primero sería hablar, denunciarlas en las sedes oportunas, desde la tertulia en el café hasta el juzgado de guardia. El silencio puede convertirse en el cómplice de los mayores atropellos. Tantos regímenes totalitarios se han consolidado sobre la pasividad o la apatía de amplias masas de ciudadanos desinteresados de la cosa pública. El aislamiento individual constituye el mejor caldo de cultivo para el despotismo.

Pero los ciudadanos de a pie, además de aguantar el tipo cada uno en su sitio, también pueden organizarse. Hay muchos ejemplos imitables y aquí voy a citar el de los coreanos del Sur que en 1989 fundaron la Coalición Ciudadana para la Justicia Económica. Los integrantes de este movimiento social –que nació por la iniciativa de un pequeño grupo de personas y ahora cuenta con unos 35.000 miembros, gente corriente en su mayoría–, investigan el contenido de periódicos, noticiarios televisivos, actas judiciales y documentos varios para reunir la información que permita desenmascarar a políticos y candidatos corruptos o incompetentes. Luego ni siquiera necesitan acudir a los medios de comunicación tradicionales para dar a conocer esos datos, pues a través de internet llegan a todo el país. Su éxito ha sido fulminante: la población coreana manifestó desde el primer momento un apoyo entusiasta a esa labor y los partidos políticos se han visto obligados a reaccionar y a desprenderse de elementos indeseables.

No todo está perdido; hay remedio para muchos de los males que nos aquejan. Lo que se impone es abandonar la cultura de la mera queja verbal y reaccionar: resistir a la presión corruptora y pasar al contraataque, pues también se contagia la honradez. Igual no conseguimos cambiar el mundo a corto plazo, pero sí dormir con la conciencia tranquila y mirar a los demás a la cara sin complejos: son alicientes no desdeñables.

Alejandro Navas
Profesor de Sociología
Universidad de Navarra
Diario de Navarra

Saber dialogar


Al oír describir al egoista, a todos nos repugna y le compadecemos. Pero lo malo es que todos tendemos a ello. Deberíamos preguntarnos con frecuencia si reparamos en los sufrimientos de los demás. Ese es uno de los grandes secretos de la felicidad; descubrir al otro, trascender de uno mismo, darnos cuenta que hay a nuestro alrededor otras personas que quizá estén sufriendo, siquiera un poco, pero a los que podemos ayudar mucho.

Hay que aprender a no vivir centrado en uno mismo, a procurar interesarse sinceramente por lo ajeno. Ser educado o pensar en los demás no es hacer el hipócrita. Si uno se habitúa a preocuparse por los demás y a procurar ser agradable, y desarrolla su vida en esas coordenadas, le saldrá natural ser así.

Debemos esforzarnos por ser afables, tolerantes, agradecidos. Para ello hace falta salir de uno mismo y ser buen observador de los demás.

Todos tenemos en la cabeza la imagen de hombres, quizá de apariencia modesta y de cualidades normales, pero perseverantes en la amistad, leales, que contagian a su alrededor alegría y serenidad.

Algo parecido a lo que sucedía con "Momo", la pequeña protagonista de ese libro de Michael Ende. Una niña surgida un buen día en la vida de unas personas sencillas. Nadie sabe quién es, ni de dónde viene, ni nada. Vive en unas ruinas de un antiguo teatro griego o romano. Pero todo el mundo quiere a la chiquilla. Las gentes se han dado cuenta de que han tenido mucha suerte por haber conocido a "Momo". A su lado cualquiera está a gusto.

A la hora de hacer balances de su atractivo, no es fácil decir qué cualidad especial la adorna. No es que sea lista. No. Tampoco pronuncia frases sabias. No se puede afirmar que sepa cantar o bailar o hacer acrobacias. ¿Qué tiene entonces? La pequeña "Momo" sabe escuchar; algo que no es tan frecuente como a veces se cree.

"Momo" sabe escuchar con atención y simpatía. Ante ella, la gente tonta tiene ideas inteligentes. Ante ella, el indeciso sabe de inmediato lo que quiere. El tímido se siente libre y valeroso. El desgraciado y agobiado se vuelve confiado y alegre. El más infeliz descubre que es importante para alguien en este mundo. Y es que "Momo" sabe escuchar.

El politico católico tiene unos deberes que cumplir



El Arzobispo de Toledo, Mons. Braulio Rodríguez, manifestó recientemente que el político que se declara católico "tiene unos deberes que cumplir" con respecto a la votación de la reforma de la ley del aborto, subrayando que la Iglesia "no ha cambiado" su doctrina y sigue considerando el aborto un "pecado" y "un delito moral".

"El político que se dice católico, tendrá que hacer un discernimiento, tendrá que discutir con su partido, pero si dice que es católico tendrá unos deberes que cumplir", señaló en rueda de prensa en la sede del Arzobispado de Toledo. "A nadie se obliga a ser católico", apuntó acto seguido.

El Arzobispo respondía así al ser preguntado sobre las declaraciones del secretario general de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Juan Antonio Martínez Camino, en las que avisaba a los políticos católicos de que si apoyan la ley "están objetivamente en pecado público" y no podrán "ser admitidos en la sagrada Comunión".

"No decimos nada que salga de nuestra competencia", señaló Mons. Rodríguez, quien recordó que la Iglesia tiene una postura clara ante el aborto. "Si se declaran políticos católicos tendrá que importarles lo que dice la Iglesia. Si para ellos es más importante la disciplina de partido, eso es otro problema", señaló.

En este sentido, explicó que lo que puede ser "lícito" para el Estado y la leyes, para la Iglesia puede ser "pecado" o un "delito moral", como es el caso del aborto o de otras cuestiones como la eutanasia. "La Iglesia no ha cambiado su doctrina", apuntó.

A su entender, "lo grave" del debate es que se llegue a aprobar una ley "injusta" que considera el aborto un derecho y que permite a menores abortar sin el permiso de los padres. Si bien apuntó que no es "una cuestión de católicos", sino que "afecta a toda la sociedad". "Sería importante que la sociedad reflexionara", opinó.

http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=27523

Chicken a la Carte

Elogio de la lentitud


Acaso la prisa sea uno de los males de nuestro tiempo, uno de los más reveladores síntomas de su debilidad intelectual y moral. Si es cierto, como afirmó Ortega, que prisa tienen sólo los enfermos y los ambiciosos, ésta sería una época enferma y ambiciosa o, tal vez, enferma de ambición. Sin embargo, pocas cosas valiosas se han hecho sin el concurso de la lentitud. Homero escribió que los molinos de los dioses muelen despacio. El prólogo de un libro de notable éxito en los sesenta rendía homenaje al lector apresurado. Por mi parte, prefiero ser lector lento, que se toma el tiempo debido para aquello que lo merece. El tiempo forma parte de la lectura. Wittgenstein deseaba ser leído lentamente. Lo que se ha escrito con lentitud debe ser leído con lentitud. ¿No es acaso la prisa una falta del respeto debido al talento y al genio creador?

Muchos piensan que una vida intensa es la que se vive deprisa, cuando la verdad es que la intensidad sólo procede de la lentitud. Incluso someten el tiempo libre a la feroz disciplina de la prisa, haciendo hasta de la diversión urgencia. La prisa pierde; la lentitud salva. El gusto por los viajes, sobre todo por los frenéticos que impiden no ya el sosiego sino ni siquiera ver algo, procede más del desasosiego que de la búsqueda del conocimiento o la sabiduría. Más que ir a algún lugar, parecen escapar de aquel en el que habitan. Cuanto menos saben adónde van, más aprisa se dirigen allí. Viajan rápido hacia ninguna parte. Se diría que no ver muchas cosas fuera preferible a ver bien una sola. ¿Acaso ve más quien viaja en avión que quien pasea por el campo? Cuanto más rápido va el tren menos vemos el paisaje. A veces, se vive tan deprisa que podemos pasar de largo y dejarnos atrás la propia vida. Vive más quien vive más lentamente. La vida no es cuestión de cantidad sino de intensidad.

Cada vez estimamos más, entre los libros actuales, esos pocos escritos con lentitud, casi siempre en el campo y entre el silencio. Sólo lo lento perdura. Ve más quien mira profundamente un solo cuadro que quien resbala la mirada sobre un centenar. A lo mejor, fue pensada y realizada sin prisa. En cualquier caso, se trata de un elogio involuntario. Debussy escribió un vals titulado «Más que lento». En música, pocos pasajes resultan tan sobrecogedores como aquellos en los que la lentitud presagia la perfección del silencio. Como el maravilloso final de la canción de Mahler «El mundo me ha abandonado», en el que el silencio en el que se abisma la música parece estar incluido en la partitura. También en el toreo la cima es la lentitud, la quietud: parar, templar,... Cuando la elegancia aún no se había extinguido, las maneras y el caminar del hombre elegante habían de ser pausados. La prisa es materialista; la lentitud, espiritual. Por eso, ésta suele ser infalible distintivo del sabio. Acaso en el ruido, el tumulto y la prisa resida la raíz de la irreligiosidad del presente.

Si vive eternamente quien vive en el presente y quien vive en el presente carece de prisa, entonces la vida eterna es la vida lenta. Wittgenstein escribió: «En la carrera de la filosofía gana el que puede correr más despacio. O aquel que alcanza el último la meta». Tener prisa sería el primer pecado filosófico. Vivir lentamente no es perder el tiempo sino ganarlo. Además, si sólo una cosa es importante, ¿a qué viene tanta prisa?

Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA

Se busca un Santo


Perdóname, Señor, que venga a molestarte, pero se me acaba de ocurrir una idea:

Dicen que tienes necesidad de un Santo y pienso que tal vez podría servirte yo...

Vengo, pues, a ofrecerme para tal empleo; creo que podría cumplir esa ocupación.

A pesar de lo que digan, el mundo está lleno de personas perfectas.

Hay muchos que te ofrecen tantos sacrificios que, para que no te equivoques al contarlos, los marcan con pequeñas cruces en un cuadernillo.

Lo que te he dado, Señor, tú sabes bien que lo has cogido tú mismo sin pedirme permiso y, lo más que yo he hecho, ha sido intentar no protestar...

Hay también otros que pueden corregirse de un defecto por semana y ¡claro! serán forzosamente perfectos al cabo de un trimestre.

Pero yo no tengo suficiente confianza en mí para hacer eso, ¿quién sabe si perseveraré al cabo de la primera semana?
¡Soy tan impulsivo, Dios mío!

Por eso, prefiero aceptar mis defectos, aunque usándolos lo menos posible...

Las personas perfectas tienen tantas cualidades, que no hay sitio en su alma para otra cosa y por lo tanto nunca llegaran a ser Santos.

Además, tampoco tienen ganas de serlo por miedo a faltar a la humildad.

Pero un Santo, Señor, yo creo que es ser un vaso vacío, que tú llenarás de tu gracia, con el amor que desborda tu Corazón, con la santidad de los Tres...

Mira, Señor, que yo soy eso: un vaso vacío, sin nada; sólo hay un poco de fango estancado en el fondo y no está muy limpio, ya lo sé...

Pero seguro que ahí arriba tú tienes algún detergente celestial! y además, ¿para qué serviría el Agua de tu Costado sino para lavarlo antes de usarlo?

Pero si tampoco tú quieres de mí, Señor, no insistiré...

Piensa, sin embargo, en mi propuesta, que va en serio.

Cuando vayas a tu bodega a sacar el vino de tu amor, acuérdate que, en cierto lugar de la tierra, tienes un pequeño vaso a tu disposición.

Y YO... ¿QUÉ HAGO?

Lanzan boicot para que "católicos" abortistas contradigan enseñanzas de la Iglesia


La Planned Parenthood Federation of America (PPFA), principal proveedora de abortos en Estados Unidos, ha lanzado una contracampaña para asegurar millonarios ingresos en los próximos años. Mientras los obispos han llamado a los católicos a pedir a sus congresistas que la reforma sanitaria en debate no incorpore el aborto como servicio de salud, la PPFA ha convocado a quienes se consideran católicos y están a favor del aborto que hagan el pedido contrario.

En una carta firmada por Cecile Richards, presidenta de la PPFA, los abortistas admiten que su eventual "victoria" no será fácil por la oposición de muchas personas.

"Mientras escribo esto, los obispos han pedido a todos los católicos en el país que contacten a sus legisladores pidiéndoles que alteren la actual legislación sanitaria para incluir enmiendas anti-opción (NDR: anti aborto)", señala en el texto.

Tras acusar a los pro-vida de afectar "devastadoramente a las mujeres, hombres y adolescentes que quienes desesperadamente necesitan asistencia médica", Richards pide la ayuda de los "católicos" abortistas arguyendo estar segura de que "los obispos no hablan por todos los católicos".

La líder abortista pide a estos "católicos" silenciar a los prelados y los grupos pro-vida porque los partidarios del aborto "nunca han estado tan cerca" de lograr el objetivo de masificar la práctica de este procedimiento. Admite que el gobierno de Obama es su oportunidad para lograrlo y no pueden dar un paso en falso

http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=27424

"Sembradores de cizaña"


“Astérix y la cizaña” es quizá uno de los mejores álbumes de Astérix el Galo, ese simpático personaje creado por René Goscinny y Albert Uderzo hace ya más de medio siglo. Esta vez, la historia está protagonizada por Detritus, un curioso hombrecillo que tiene la extraña habilidad de lograr que, allá donde está, las personas se enfadan y discuten entre sí. Es un sembrador constante de discordia que, con sus continuas intrigas, viene a turbar la paz que reinaba en el pueblecito galo. Nada más llegar, consigue enemistar a Astérix con Abraracúrcix, y después con Obélix. Luego, organiza otro malentendido para hacer creer a los habitantes de la aldea que Astérix ha revelado el secreto de la poción mágica y ya la tienen los romanos.

Hasta entonces, los habitantes de aquel lugar habían vivido en armonía. A medida que son enredados en las maquinaciones del recién llegado, los personajes aparecen en las viñetas pintados de color verde, es decir, figuran como afectados por el temible virus de la discordia. Detritus va sembrando la cizaña por doquier: en el palacio de César, en la aldea, en la galera y en el campamento romano. Y todo eso le produce una intensa satisfacción, como queda reflejado en la portada, donde aparece en primer plano, frotándose las manos mientras observa el espectáculo de desconcierto que ha creado.

Todos conocemos personas que nos recuerdan un poco a este personaje. Allá donde están, enseguida surge la cizaña: siembran la desunión, crispan el ambiente, lo enredan todo. Al poco de aparecer en cualquier sitio, las desavenencias aumentan, crece la distancia entre las personas, el ambiente se estropea y florecen la murmuración y la desconfianza.

Por fortuna, hay también muchas otras personas que son todo lo contrario. Donde están, reina el entendimiento y la concordia. Cuando se produce un conflicto, son conciliadores, ayudan a considerar el problema con mayor perspectiva y procuran hacer descubrir el sentido de las razones de los demás. Se esfuerzan en conocer bien a cada uno y en lograr que unos y otros se complementen. Al creer en los demás, no dudan en dar confianza a las personas que les rodean. Como no son envidiosos, no se sienten amenazados por que otros puedan ser mejores que ellos. Tampoco sienten necesidad de controlarlo y fiscalizarlo todo. No reducen su mirada a lo propio. Buscan soluciones imaginativas que resuelven problemas que parecían bloqueados por viejas diferencias.

Quizá una de las causas más comunes de la discordia sea la deslealtad. Por eso, cualquier colectivo humano que quiera alejar de sí el virus de la discordia, debe asumir, entre otros, el compromiso de no hablar mal de los demás a sus espaldas. Como recuerda el dicho popular, “si quieres ganarte a los presentes, sé leal con los ausentes”. Cuando se actúa con esa rectitud, cuando alguien se niega a denigrar al ausente, o a dar crédito a simples rumores o suposiciones, inmediatamente pensamos que en esa persona podemos confiar, que con ella tenemos las espaldas bien guardadas. Porque esa persona pone sus principios y su honestidad por encima del deseo de agradar o de seguir la corriente de quien le habla.

Las deslealtades suelen empezar poco a poco, sin que uno se dé mucha cuenta, en pequeños detalles, generando estilos de doble juego, de lealtades interesadas que apestan a deslealtad. Y cuando uno se quiere dar cuenta, está enredado en una trama de disimulos y falsedades, en un compadreo de ingratitudes nacido de gratitudes traidoras. Sería interesante examinar con qué cuidado hablamos de cada uno, si tratamos con la suficiente consideración a todos, si guardamos el respeto que todos merecen, también en su ausencia: de forma que si el interesado estuviera presente, quedara agradecido por el modo en que se habla de él.

Alfonso Aguiló
http://www.interrogantes.net/Alfonso-Aguilo-Sembradores-de-cizana-Hacer-Familia-n0-188-10X009/menu-id-1.html

AMBIGÜEDAD Y COMPASIÓN EN LA CULTURA CONTEMPORÁNEA




Una conferencia de Paola Binetti
Tuvo lugar en Valladolid, 24 de octubre de 2009

Continúo lo que comencé a contarles ayer, acerca del acto conmemorativo del 70º aniversario del comienzo de la labor del Opus Dei en Valladolid, ciudad en la que ahora me encuentro. La comenzó el mismo fundador, san Josemaría Escrivá, en torno a estas fechas del año 1939. Pablo Pérez, catedrático de Historia, nos sorprendió con un montón de pormenores sobre los antecedentes y primeros pasos de aquel evento. Pero este tema lo dejo para que se lo cuenten mejor que yo pudiera hacerlo, desde la Oficina de información del Opus Dei. Por mi parte, con mi cámara doméstica he grabado las ponencias y me ha parecido oportuno tratar en este sitio algo de lo dicho por la doctora Paola Binetti. Sorpresa. Encontré su currículum en Wilkipedia. Pueden encontrar ahí, en italiano naturalmente, algunos documentos de prensa, entrevistas, etc., que muestran su perfil. Ahí se entera uno de que es, como les dije, de un partido de «izquierdas», según ella se expresa. En lenguaje italiano, de «centro-izquierda». No hay, me parece, correspondencia de la política italiana con la española. En España gobierna la izquierda más anticatólica de Europa, según fuentes generalmente bien informadas. Por otra parte, cabe distinguir entre el gobierno, el partido, la ideología oficial, el votante de a pié, cosas todas ellas que forman un complejo que no es de mi incumbencia analizar. Lo cierto es que están muy equivocados los que piensan que para ser cristiano hay que ser de derechas y que «derechas» equivale a ser franquistas (Franco murió en 1975) o del PP. La izquierda oficial española así lo presenta. Igualmente equivocados si piensan que defender la dignidad de la vida humana es cosa exclusiva de católicos, talibanes o trogloditas.

Como solemos hacer más caso de las personas que salen en la prensa que al tendero de la esquina, con la idea de subrayar lo obvio, que la gente del Opus Dei no somos ovejas que van en rebaño por las praderas de la opinión, destaco la presencia entre nosotros de la numeraria del Opus Dei Paola Binetti. El Opus Dei no tiene otra finalidad que difundir por todo el mundo la llamada universal a la santidad, dondequiera que nos encontremos, cualquiera que sea nuestra situación en el mundo, cualquiera que sea nuestro trabajo o tarea - médico, barrendero, político, ama de casa, etc.- y cualesquiera que sean nuestra opiniones en las cuestiones temporales que sirvan al bien común de la humanidad. Innumerables ejemplos tenemos en nuestro país de la diversidad de opciones políticas que los fieles de la Prelatura han adoptado desde la fundación. Ahora he subrayado la de Paola Binetti solo porque, si no me equivoco, a la idiosincrasia hispánica, en general, suele entrarle más por los ojos lo que viene del extranjero. Por otra parte, me ha interesado mucho su conferencia y les traslado una parte de ella. Transcribirla, no ha sido fácil. Su castellano es fluido y se le entiende todo, pero como es natural, no le faltan italianismos a su discurso. Así, que no todo va ser rigurosamente literal y alguna cuña habrá que introducir. Tengamos en cuenta que a los italianos les gusta mucho hablar de «desafíos». Es, si no me equivoco, lo que en castellano llamamos «retos».

En su intervención la doctora Paola Binetti se ha referido al bien conocido cambio de paradigmas que se está imponiendo en nuestras sociedades. No ya en asuntos que ciertamente han de evolucionar, también en aquellos en los que nos jugamos nada menos que la dignidad de la persona, el valor de la vida humana y de la familia. Cuestiones, en suma, de vida o muerte. Paola ha aludido a la gran manifestación a favor de la vida humana que tuvo lugar en Madrid el pasado 17-O, de la cual se ha hecho eco la prensa de muchos países. «Las familias – dijo la doctora- mostraron con hechos que están presentes para defender la vida y de esta manera condicionar a quienes toman decisiones. Esto pasa también en Italia. Hace dos años hubo una manifestación similar. Lo hicimos para defender la familia. Los cristianos estamos intentando demostrar en todo el mundo que a pesar de nuestras divisiones y diferencias hay algo muy fuerte que consideramos de un valor no negociable.»

Sigamos ahora su argumento sobre «lo no negociable»:

El tema de los valores no negociables es un tema que puede irritar profundamente a los que entienden la afirmación de la verdad como fundamentalismo. Recordó lo que se lee en un punto de Camino. Dos más dos son cuatro. ¿No cederías siquiera por amistad en una cosa así? ¿No podrías convenir en que son tres y medio o cinco? ¿Cabría llamarte fundamentalista por eso? Pues bien, Hablar de valor no negociable significa que nunca, nunca, se puede hacer ninguna concesión en ese punto. Cuando hablo de «no negociable», hablo de que en esto no he de conceder nada. Porque cada concesión sería como si quitaras una pieza esencial de un edificio sin darte cuenta en ese momento del daño que estás haciendo. Todo el edificio acabaría viniéndose abajo. No podemos permitirlo. ¿Por qué digo esto? Porque siempre habrá una tentación, o si se quiere, una manera sutil de venir a nuestro encuentro para convencernos utilizando la categoría extraordinaria de la caridad: 'tú no puedes decir que no a esto'. Apelando al espíritu de servicio, de colaboración, a aquella capacidad que tenemos por cristianos, como decía san Pablo, de hacernos todo para todos para salvar a todos. Hacerse todo para todos tiene límites muy fuertes. Es necesario poner con claridad estos límites, estas barreras, lo cual conlleva cargar sobre ti unas consecuencias. ¿Cuál es el verdadero reto en este punto? Cada uno podríamos evitarnos la dificultad de encontrarse solo contra todos. Puede pasar en todos los ambientes. Puede pasar en el Parlamento, puede pasar en una planta de medicina. La verdadera pregunta que hoy mismo el católico, no solo el que hace política, también el que tiene que preguntarse si la pertenencia política puede oscurecer la propia identidad católica. Esta es una pregunta que hoy cualquiera que haga una labor profesional donde se van a tomar decisiones de alguna envergadura, sin duda se tendrá que poner, antes o después. Sin duda. Y la respuesta va a corresponder a lo que para cada uno vale su vida, su propia vocación cristiana. ¿Hasta qué punto yo puedo llegar?. Y esta: ¿verdaderamente estoy convencido de que ese valor no se puede negociar? Porque no es que no quiera, es que no puedo negociar lo inngegociable. Hacer esto y hacer este planteamiento formativo es importante para los jóvenes. Quiero decir, hay que trabajar sobre aspectos muy importantes, como es la claridad de las ideas.

La cultura contemporánea y la ambigüedad

Un aspecto típico de la democracia y de las relaciones internacionales es la ambigüedad del lenguaje. Hay que entender exactamente lo que significan las palabras e intentar aplicarlo a aquella parte evangélica que dice «sea tu sí, sí; tu no, no». Porque yo creo que hay una narración en la Sagrada Escritura muy extraordinaria en el libro de los Macabeos. El viejo Eleazar. Sus amigos, sus compañeros, le suplican que tome la carne dedicada, consagrada a los ídolos. Que la tome o por lo menos haga como si la tomase. Le indican tú no la tienes que tomar de verdad. Tienes solo que aparentar que la tomas. Y él contesta. ¿Y luego qué contaré yo?... Habría renunciado a sus valores, ¿para qué? Para vivir, cuánto más, ¿un año, cinco años…? ¿Y qué dejaré yo a las nuevas generaciones? Esta es la responsabilidad que cada uno ha de asumir cuando miramos a las nuevas generaciones a las que vemos a veces como desorientadas, en el sentido más amplio.

Claridad de las ideas. Valentía. Carácter. A veces las cosas se deciden por votos. Un solo voto solo cuenta unido a otros. Pero otras veces, una soledad tiene valor de testimonio. Y de todas formas hay que pensar. Ayer mismo hubo en Italia un congreso de farmacéuticos sobre el derecho a la objeción de conciencia para no dispensar en su misma farmacia la píldora del día después. El argumento es muy sencillo, la píldora no cura ninguna enfermedad, con lo cual yo farmacéutico, ¿por qué tengo que vender esto? Se puede decir que en las farmacias ahora se venden muchas cosas, también zapatos… Pero en el sentido propio… También por el derecho a la libertad. El artículo 13 de la Constitución italiana dice que todos los hombres son iguales. Entonces, si el médico puede hacer objeción de conciencia, ¿por qué el farmacéutico no puede hacerla? Prescindiendo de la cuestión, ¿por qué el médico puede decir que no a lo que parece un aborto quirúrgico y el farmacéutico no puede decir que no a lo que parece un aborto químico? Hay que reconocer que necesitan valentía.

¿Dónde está el máximo de valentía que la gente ahora ha de tener? No tanto porque le pondrán en la cárcel. Nadie le pondrá en la cárcel. Esto es seguro, al menos en Italia. Pero le pondrán en la mediática persecución. Porque tendrán que enfrentarse todos los días a su imagen en los periódicos con el calificativo debajo de, que sé yo, de fundamentalista, enemigo de todo el mundo, de las clases más débiles, de las jóvenes… Por eso digo –dice la doctora con amable ironía- peor que los políticos, solo los periodistas. [Esta frase fue seguida de divertidos aplausos y motivo de bromas al terminar su conferencia en diálogo con el periodista que la había presentado] porque de hecho es ahí donde hoy día, de hecho, es donde se (destruye, quizá) la identidad de las personas.

Atención al cambio de paradigma en algunos valores. Me refiero en este momento al máximo valor de este momento, la compasión. En sentido propio, «compasión» significa sufrir juntos. En este momento se quiere introducir un cambio. Siempre en el punto de partida de esos cambios está la compasión. Tienen que crear un caso. Un caso alrededor del cual se va construyendo un sentido común de compasión. Luego el sentido común (el sentimiento compartido) de compasión va progresivamente hacia una situación en la que “si sufre tanto ¿para qué hacerle sufrir y no dejarle morir?". Así que la compasión hacia la persona va rápidamente tomando el aspecto de una declaración de muerte. “No debe sufrir tanto Es mejor que se muera”. ¿Quién es el más capaz de auténtica compasión, el que habla del valor de la vida o el que se sienta al lado y le ayuda a morir? En Italia ha habido un caso alucinante. Las monjas que durante diecisiete años han asistido a la famosa chica cuya historia todo el mundo conoce, esas monjas han parecido culpables de la “crueldad” de mantener en vida a la chica. Y la enfermera que intervino directamente para aplicar el (método para acabar con su vida) pareció hasta cierto punto como salvadora de la humanidad. Es impresionante que la opinión pública pase por una sensación de este tipo. Se le ha dado la vuelta total al sentido de la compasión. Compasión no es ya «sufrir-con» (con-padecer, padecer-con)). No es ya que tú no sufras, es que yo te ayudo a desaparecer. Es increíble en nuestra cultura. Al fin y al cabo, todas las obras de misericordia , dar de comer a los que tiene hambre, dar de beber a los que tienen sed… toda esa capacidad extraordinaria pertenece a la cultura y a la tradición de un pueblo de raíces cristianas. Es eso lo que hace la caridad auténtica. Es eso lo que da una respuesta concreta también a la crisis que estamos viviendo hoy. Son las atenciones que van a encontrar los enfermos en los hospitales, etc., cosas prevalentemente, noventa y nueve por ciento de inspiración cristiana. Hay una tradición de solidaridad, de verdadera compasión. Todo esto va a ser borrado, va a parecer en la opinión pública, como una posición de gente que atenta a la libertad individual. Lo que siempre ha sido deber del médico, cuidar hasta el final de la vida, poniendo en juego su competencia profesional, poniendo en juego su conciencia, desde lo que llamamos ética médica, ahora el médico va a ser una persona que va a tratar con el enfermo como si el enfermo fuera su cliente, que me pide lo que quiere y yo le doy lo que él pide y no lo que él necesite y lo que de alguna manera le haga bien.

Estamos haciendo de la libertad, que es un valor extraordinario, y de la compasión, el paradigma absoluto de una libertad de autodeterminación que decide cuándo y cómo se ha de nacer, cómo y cuándo se ha morir, cuándo quiere morir, cómo quiere morir… . Estamos cambiando totalmente el sentido de la libertad y estamos acusando al que se pone a nuestro lado para dar a nuestra vida la dimensión de humanidad. [Estamos acusando] a la cultura cristiana que tiene la dimensión profunda, la capacidad de vivir no solo para ti sino también para los demás, la caridad.

Todo esto nos habla de la responsabilidad que ahora toca a los laicos. Responsabilidad, porque la fe llama con gran fuerza a la inteligencia. Le obliga a encontrar solución también a problemas inéditos. No podemos decir que sea fácil. A nadie en ningún lugar le será fácil. Tenemos que volver a decir que hoy hace falta ser muy valiente. Esto lo decía muchas veces san Josemaría, que los verdaderos rebeldes son los que aman a Dios y los que van contracorriente. Esto puede ser una responsabilidad que como persona que ha sido médico, profesora universitaria, ahora político… Primero nosotros debemos (ser conscientes de nuestra responsabilidad) y luego hacer una intensa labor de formación. Estamos en un mundo que probablemente es peor que el que hemos recibido. Tenemos responsabilidad probablemente de no habernos dado cuenta de que el mundo nos estaba cambiando en las manos. No nos hemos parado con suficiente energía, con suficiente convicción, con suficiente responsabilidad, pero ahora tenemos que dedicar todo lo posible para decir a los jóvenes que la labor que a ellos les compete es una labor difícil pero apasionante.

Si el tiempo – cronológico – no lo impide, continuará.

www.arvo.net

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Puede consultarse, para información sobre el Opus Dei: www.opusdei.org

Profesionalidad en el trabajo


Muchas veces buscamos la excelencia en el trabajo. Excelencia es eficacia y eficiencia. Buscamos mejorar, profesionalizar, nuestro trabajo, y eso requiere esfuerzo diario, capacitación, heroicidad y una filosofía de vida.

“El ideal griego de la heroicidad está dotado no sólo de grandeza, sino de verdad, de una verdad imperecedera: el hombre está hecho para cosas grandes (…). La revelación cristiana no niega el ideal de la heroicidad, sino que la universaliza”, dice don José Luis Illanes. Así lo testifica el conjunto de la tradición cristiana.

La condición para santificarse requiere una premisa: No se puede santificar lo que no se ama, lo que no se acepta, lo que se rechaza quejumbrosamente. Plantearse: Si trabajáramos en una empresa y nos evaluaran, ¿qué rendimiento encontrarían? Nos subirían de puesto o nos bajarían el sueldo.

Un criterio inefable para discernir cuanto se ama o no la realidad que nos rodea, nos lo proporciona la alegría. La alegría ──dice un profesor de la Universidad de los Andes (Chile), Jorge Peña──, entraña una afirmación de lo creado, es consecuencia del amor y fruto de las virtudes. Al respecto Nietszche decía que es “fácil organizar una fiesta, pero lo difícil es dar con aquellos que se alegran”. Pieper dice: “Para estar alegres es necesario aprobarlo todo.

A pesar de los desgarrones existenciales puede haber alegría cuando existe verdadero afán de superación que asiente sus bases en la íntima aceptación de sí mismo. A veces no aceptamos nuestro peso, nuestra talla, nuestra situación, nuestra biografía, nuestras dificultades. Sin embargo, todo cambio supone una previa aceptación de uno mismo (cfr. Jorge Peña Vidal, Mística ojalatera y realismo en la santidad de la vida ordinaria).

Decía un sabio mexicano: “Si tú cambias, los demás también cambian”. Acostumbramos echarle la culpa de lo que pasa a los demás y a las circunstancias, y pocas veces nos planteamos el cambio personal.

Hay que procurar la perfección en el trabajo y en las cosas pequeñas porque la búsqueda de la santidad está en las ocupaciones habituales de cada jornada. Hay que trabajar profesionalmente porque el trabajo es medio de mejoramiento y de servicio a los demás. Además, para trabajar con sentido sobrenatural, poniendo la fe por obra, los cristianos coherentes procuran dar a la tarea profesional su sentido más pleno: ponerlo en relación con la misión redentora de Cristo.

Se ha de buscar la perfección humana en el trabajo porque, para santificarlo, hay que cumplir ineludiblemente una primera condición: trabajar bien. El trabajo no es un pasatiempo o un juego, porque si se dedica a Dios, no se le debe ofrecer lo defectuoso, sino lo bien hecho.

Cualquier trabajo digno y noble puede convertirse en quehacer divino. No hay tareas de poca categoría. La calidad del oficio depende del que lo ejercita, de sus disposiciones y del amor de Dios con que lo realiza. Cuando una madre de familia gobierna su casa, hace una labor profesional admirable, que llena de paz y de alegría su casa.

Si una persona consigue ser alma de oración, de allí va a sacar la fuerza para la lucha. Es importante aprender a ponerse metas y a evaluarlas. ¿Hice lo que me propuse la semana pasada?... Hay que evaluar. Hay personas que con su sola presencia siembran alegría y paz porque con su propio ser y su elegancia interior contribuye al bienestar y al bien-ser de los demás.

Aprovechamiento del tiempo. Hay que hacer rendir el tiempo y las cualidades personales. Una señora supernumeraria del Opus Dei que ya murió, estaba en silla de ruedas con esclerosis múltiple, y siempre se mantuvo ocupada: hacía la comida todos los días, y le lavaba la ropa al marido, además practicaba la medicina homeopática y no le cobrara a los que no tenían dinero. No tuvo hijos y los echó en falta, y no quería llegar al tribunal de Dios con las manos vacías.

Lo que el movimiento Slow Food (comida lenta) predica que las personas deben comer y beber lentamente, dándose tiempo para saborear los alimentos, disfrutando de la preparación, en convivencia con la familia, con los amigos, sin prisa y con calidad. La idea es contraponerse al ánimo del Fast Food y lo que éste representa como estilo de vida. La base de todo está en el cuestionamiento de la "prisa" y de la "locura" generada por la globalización, por el deseo de "tener en cantidad" (nivel de vida) en contraposición al de "tener en calidad de vida" o "Calidad del Ser".

Por tanto, esa "actitud sin prisa" no significa hacer menos ni tener menor productividad. Significa sí, trabajar y hacer las cosas con "más calidad" y "más productividad", con mayor perfección, con atención a los detalles y con menos estrés. Significa retomar los valores de la familia, de los amigos, del tiempo libre, del placer del ocio constructivo, y de la vida, en las pequeñas comunidades. Significa retomar los valores esenciales del ser humano, de los pequeños placeres de lo cotidiano, de la simplicidad de vivir y convivir, y hasta de la religión.

Significa un ambiente de trabajo menos coercitivo, más alegre, más leve y por lo tanto, más productivo, donde los seres humanos realizan, con gusto, lo que mejor sabe hacer o dedicación de aprender lo que no sabe.

Goethe dice:”No hay ningún signo externo de cortesía que no tenga una profunda razón de ser moral”.

La cortesía en el hogar

Para vivir la profesionalidad el ser humano necesita un mínimo de bienestar y de cariño. Por eso se han de valorar las virtudes de la convivencia: afabilidad, cordialidad, saber sonreír, estar en lo pequeño, cuidar el modo de vestir, de hablar, de comer. Hay que tener delicadeza para tratar las cosas materiales: encender una luz cuando oscurece, apagarla cuando es innecesaria… Luego, respetar el silencio y descanso de los demás. A veces consideramos falta de cortesía no hablar con la persona de al lado, si la conocemos, y estará bien hacerlo, pero en un viaje de tres horas no es necesario hablar las tres horas.

Una norma de la convivencia consiste en estar alegres. El pesimismo, por el contrario, produce incomunicación y alejamiento. La alegría es parte de la buena educación, y ayuda a hacer un ambiente amable.

De nosotros no sólo hablan las palabras, sino también nuestro porte externo: la forma de andar y movernos, la expresión del rostro y la mirada. Un lenguaje, sin duda, distinto al verbal, pero muy contundente[1]. Por más confianza que haya, debemos mostrar delicadeza en las cuestiones fisiológicas, como sonarse, rascarse.

Hay que afinar en saber escuchar. Nos perdemos de información interesante por no sabe escuchar. A veces llega una persona a una reunión donde la conversación está iniciada y, en vez de escuchar, interrumpe la charla con lo que trae en la cabeza. Dice la Biblia: “vuestra conversación sea siempre agradable, sazonada de sal, de suerte que acertéis a responder a cada uno como conviene” (Colos IV,6). Las incorrecciones en el hablar, la falta de educación, suelen revelar una ausencia de finura espiritual, de calidad en el amor.

La delicadeza en el trato, la sonrisa, la amabilidad, hacen olvidar las preocupaciones y sentirse bien en familia, suavemente empujados hacia la santidad. Hemos de vivir una caridad que no rechaza nunca, aunque alguna vez nos encontremos incómodos, heridos o preocupados.

Oración del buen humor. Autor: Santo Tomas Moro

Señor, dame una buena digestión, pero también algo para digerir. Dame la salud del cuerpo y el buen humor, necesario para mantenerla.

Dame, Señor, un alma sencilla que sepa sacar provecho de todo lo que es bueno y no se asuste cuando vea el mal, sino mas bien que se encuentre el modo de poner las cosas en su puesto.

Dame un alma que no conozca el aburrimiento ni los refunfuños, suspiros o lamentos, y no permitas que me atormente demasiado por esa cosa demasiado incómoda llamada "yo". Dame, Señor, el sentido del buen humor. Amen

Se ha descuidado la urbanidad en casi todos los países, ponen de moda la vulgaridad, cuando lo propio del ser humano es la dignidad. Está para pensarse lo que Juan Pablo II sintetizó sobre la solidaridad: “buscad, siempre y en todo, pensar bien de los demás; buscad, siempre y en todo, hablar bien de los demás; buscad, siempre y en todo, hacer el bien a los demás” (Homilía, 4-IV-1987, n. 6).


Autora: Rebeca Reynaud

Novena de la Inmaculada, Cuarto día




Causa de Nuestra Alegría

Quienes estuvieron cerca de Nuestra Señora participaron del inmenso gozo y de la paz inefable que llenaba su alma, pues en todo se reflejaba "la riqueza y hermosura con que Dios la ha engrandecido. Principalmente por estar salvada y preservada en Cristo y reinar en Ella la vida y el amor divino. A ello aluden otras advocaciones de nuestra letanía: Madre amable, Madre admirable, Virgen prudentísima, poderosa, fiel... Siempre una nueva alegría brota de Ella, cuando está ante nosotros y la miramos con respeto y amor. Y si entonces alguna migaja de esa hermosura viene y se adentra en nuestra alma y la hace también hermosa, ¡qué grande es nuestra alegría!". ¡Qué fácil nos resulta imaginar cómo todos los que tuvieron la dicha de conocerla desearían estar cerca de Ella! Los vecinos se acercarían con frecuencia a su casa, y los amigos, y los parientes... Ninguno oyó de sus labios quejas o acentos pesimistas o quejumbrosos, sino deseos de servir, de darse a los demás.

Cuando el alma está alegre con penas y lágrimas, a veces se vierte hacia fuera y es estímulo para los demás; la tristeza, por el contrario, oscurece el ambiente y hace daño. Como la polilla al vestido y la carcoma a la madera, así la tristeza daña al corazón del hombre; y daña también a la amistad, a la vida de familia..., a todo. Predispone al mal; por eso se ha de luchar enseguida contra ese estado de ánimo si alguna vez pesa en el corazón: Anímate, pues, y alegra tu corazón, y echa lejos de ti la congoja; porque a muchos mató la tristeza. Y no hay utilidad en ella. El olvido de sí mismo, no andar excesivamente preocupado en los propios asuntos, que pocas veces son demasiado importantes, confiar más en Dios, es condición necesaria para estar alegres y servir a quienes nos rodean. Quien anda preocupado de sí mismo difícilmente encontrará la alegría, que es apertura a Dios y a los demás. Por el contrario, nuestro gozo será en muchas ocasiones camino para que otros encuentren al Señor.

La oración abre el alma al Señor, y de ella puede arrancar la aceptación de una contrariedad, causa, quizá, de ese estado triste, o dejar eso que nos preocupa en las manos de Dios, o nos puede llevar a ser más generosos, a hacer una buena Confesión, si la tibieza o el pecado han sido la causa del alejamiento del Señor y de la tristeza y el malhumor.

Terminamos nuestra oración dirigiéndonos a la Virgen: "Causa nostrae laetitiae!, ¡Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros! Enséñanos a saber recoger, en la fe, la paradoja de la alegría cristiana, que nace y florece del dolor, de la renuncia, de la unión con tu Hijo crucificado: haz que nuestra alegría sea siempre auténtica y plena, para poderla comunicar a todos".

Ofrezcamos a nuestra Madre del Cielo en este día de la Novena el propósito firme de rechazar siempre la tristeza y de ser causa de paz y de alegría para los demás.

D.Francisco Fernández Carvajal

Novena de la Inmaculada, Segundo día


Casa de oro

La gracia divina se derramó sobre Nuestra Señora de modo abundantísimo, y encontró una cooperación y docilidad excepcional y sólo propia de Ella, viviendo con heroísmo la fidelidad a los pequeños deberes de todos los días y en las pruebas grandes. Dios dispuso para Ella una vida sencilla, como las demás mujeres de su tierra y de su época; también pasó por las mayores amarguras que haya podido sufrir una criatura, excepto su Hijo, que fue el Varón de dolores anunciado por el Profeta Isaías. Por el don de fortaleza, que recibió en grado máximo, pudo llevar con paciencia las contradicciones diarias, los cambios de planes... Hizo frente a las dificultades calladamente, pero con entereza y valentía. Por esta fortaleza estuvo de pie ante la Cruz (15). La piedad cristiana, venerando esta actitud de dolor y de fortaleza, la invoca como Reina de los mártires, Consoladora de los afligidos...

D. Francisco Fernández Carvajal