La felicidad de andar por casa


Un sabio consejo y Ten a tu mujer en la más alta estima

Un sabio consejo

Paul Newman, recientemente fallecido, estuvo casado durante más de cincuenta años con la misma mujer. Es muy conocida su respuesta a la pregunta sobre el motivo de su éxito matrimonial: "¿Para qué buscar una hamburguesa si tengo en casa un entrecot?. Joanne siempre me ha dado apoyo incondicional en todas mis decisiones y esfuerzos, eso incluye mis carreras de coches, que ella deplora. Para mí eso es amor".

Más allá de la parte dedicada a la hamburguesa, en la respuesta de Newman queda clara la importancia que para los hombres tiene el apoyo incondicional de la mujer; y es que detrás de casi todo hombre se esconden inseguridades y la necesidad de sentirse apoyado.

La contestación de Joan Woodward: "Estar casada con Paul es estar casada con el hombre más considerado y romántico", ponía de manifiesto lo que aprecian muchas mujeres en los hombres, consideración, estar en los detalles, mostrar los sentimientos, ser románticos.

Es el sabio consejo de la voz de la experiencia de cincuenta años de matrimonio.

Ten a tu mujer en la más alta estima

Sin duda alguna el matrimonio de los padres es el cimiento de lo que será el futuro matrimonio de los hijos. La fuerza de los hábitos y comportamientos que los niños aprenden en casa a través del ejemplo de los padres es fundamental en su desarrollo y, aunque es verdad que la vida es muy larga y rica y son muchas las influencias, los años de la infancia y adolescencia son cruciales. De cómo se traten los padres dependerá en gran medida cómo trataran los hijos a sus propios cónyuges.

Por eso me parece muy importante intentar poner en práctica este consejo: "enseñaré con mi ejemplo a nuestros hijos a tenerte en la mayor estima". Es el padre con su trato diario quien transmite el respeto, la delicadeza y el cariño con que la madre debe ser tratada.

http://www.fluvium.org

Pobre Dorian Gray


Ayer le pregunté a un septuagenario si se había leído El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, y me dijo que sí, que allá por la adolescencia le hizo bien, aunque se acordaba de pocos detalles, de la cuchillada del eternamente joven Dorian al cuadro que desaguaba toda su corrupción moral y poco más. Sin embargo, sabía que aquella obra se movía en una atmósfera de encrucijadas. Decía Flaubert que el hombre es, por encima de todo, un ser insuficiente para el bien y para el mal, y que la mayor parte de su vida transcurre en pensamientos ociosos. Sin quitarle razón, hay momentos en que uno se la juega, y la insuficiencia habitual se solidifica en una decisión que implica toda su persona. Wilde nos lo subraya en dos momentos magníficos. Al inicio de la novela, Dorian no soporta advertir que el retrato que le hace Basil, el artista, no envejecerá jamás, mientras él tendrá que pasar por todas las fases de decrepitud hasta morir. Entonces, realiza lo que posteriormente llamará un juramento, o una plegaria en voz alta, de no aceptar esa infame ley natural.
Y en el momento final de desvelar el cuadro delante de Basil, que asiste aturdido ante la imagen anciana y cadavérica de su propia obra, el artista le dice: «Por el amor de Dios, Dorian, ¡qué lección!, ¡qué terrible lección! Reza, Dorian, reza. No nos dejes caer en la tentación, perdónanos nuestros pecados. Repitámoslo juntos. Nunca es demasiado tarde, Dorian. Arrodillémonos e intentemos recordar una oración. ¿No hay un versículo que dice: Aunque tus pecados sean como la púrpura, yo los convertiré en la nieve más blanca?» Pero Dorian, obstinado en que existe un destino que arrastrará con él aquella primera decisión, decide acabar con la vida de Basil.
Este arco-secuencia, clave de la obra y de la vida del mismo Oscar Wilde, que terminará aceptando el Bautismo en la Iglesia católica, queda arrumbado en la reciente adaptación cinematográfica. La película de Oliver Parker es un muestrario de secuencias en el que vemos a Dorian enfangado en el placer hasta el corvejón. Los detalles que nos regala Parker son los que Wilde obvia, y se olvida de la dimensión trascendente de la novela. Si esta actualización de los clásicos supone su deshuesamiento, las nuevas generaciones andarán huérfanas del asomo de verdad que siempre promete el arte.

Javier Alonso Sandoica
Alfa y Omega

«La gente sale del cine con ganas de vivir, alegre»


Entrevista a don Juan Manuel Cotelo, director de La última cima

Hace pocas semanas se estrenó este documental sobre el sacerdote de Madrid don Pablo Domínguez, fallecido en un accidente de montaña en el Moncayo, cuando contaba cuarenta y cuatro años y era Decano de la Facultad de Teología San Dámaso. El éxito comercial de la película ha sido enorme, y ha generado muchos entusiasmos entre espectadores de diversas edades. Entrevistamos a su director y productor, don Juan Manuel Cotelo

Hace varias semanas se estrenó La última cima y aún sigue en la cartelera. ¿Su carrera comercial ha sido la prevista?
Confiábamos plenamente en la película -si no, no la hubiéramos hecho-, pero no imaginábamos, en nuestros mejores sueños, que la difusión iba a suceder tan rápidamente, ni de un modo tan extenso por todo el mundo. Ya son 900.000 las personas que han visto los primeros minutos de película por Internet, y nos la han solicitado desde más de cien países. En España, sigue creciendo el número de salas y de espectadores. Pero el éxito realmente conmovedor no es cuánta gente ve La última cima, sino lo que dicen después de verla.

No sólo ha funcionado el marketing convencional (carteles, anuncios...), sino que ha sido decisiva la comunicación popular: recomendaciones en las homilías, anuncio en las comunidades cristianas... ¿Inaugura un nuevo marketing para este tipo de películas?
En realidad, no es un fenómeno nuevo en el mundo del marketing, sino que no está muy extendido en el cine. La eficacia de la comunicación personal, uno por uno, a través de Internet, es algo que se detectó hace años y se utiliza en otros sectores. Nosotros nos limitamos a poner una página web, y la dimos a conocer a unas trescientas personas. El resto, a partir de ese momento, lo hicieron esas 300 personas, que lo enviaron a otros: uno+uno+uno... Los carteles aparecieron sólo en Madrid, después del estreno, y las recomendaciones en blogs, grupos de amigos, compañeros de colegio o parroquias han surgido espontáneamente, sin que hayamos hecho nada.

¿Qué cree que es lo que más atrae a la gente de la película?
Es difícil condensar todo lo que nos llega de los espectadores. Destacaría, en primer lugar, la alegría. La gente sale del cine con ganas de vivir, alegre, sabiendo que no es una meta imposible, sino real, al alcance de cualquiera, incluso de quien pasa por sufrimientos grandes. Esa alegría no surge del triunfo personal, la salud, la acumulación de cosas, ni de lo que otros piensen sobre ti. Nace de la verdad: de saber que somos creados y sostenidos por un Dios que es padre, hermano y amigo, que nos acompaña en todo momento y desea para nosotros lo mejor y nos lo regala. Surge de saber que no estamos solos, si queremos estar acompañados. La vida de Pablo Domínguez, en la película, refleja la traducción práctica de una vida de fe: es posible ser feliz y contagiar felicidad. Es posible vivir en el cielo, ahora, con los pies en la tierra.

Quería desbordar el público católico y llegar a más gente, pero se ha puesto de manifiesto que hay un público objetivo cristiano, deseoso de un cine que refuerce e ilustre sus creencias...
No soy capaz de distinguir entre el público católico y el que no lo es, por más que me insistan en las entrevistas. Sólo veo un perfil de potencial espectador: aquella persona que busca un sentido hermoso a la vida. Puedes ser católico y estar dormido, ciego, sordo para la belleza de la vida, para el amor de Dios y el amor a los demás, que es inseparable. Y puedes no estar bautizado y descubrir a Dios a tu alrededor, dándole gloria mediante el amor concreto y práctico a los demás, así como a toda la
creación. Tampoco Dios distingue entre unos y otros, quiere y ha dado la vida, realmente, por cada uno de los seres humanos, sin excepción.

¿Cree que su película puede suponer la salida del armario de un cine religioso, o se trata de un éxito aislado?
Estoy convencido de que surgirán muchas productoras, en todo el mundo, que se animen a producir este tipo de películas hermosas, porque las historias que se pueden contar son infinitas. ¡El mundo está lleno de historias bellas! No hay ninguna historia de amor más apasionante y sorprendente que la historia del amor de Dios a cada persona. ¡Menuda historia tenemos cada uno!

¿Con qué ánimo se mete en su próximo proyecto?
Tenemos varios proyectos que, de hecho, estaban ya en marcha antes de que Pablo Domínguez se colara en medio. Ahora los retomaremos. Un largometraje sobre la vida del boxeador francés Tim Guénard, una serie sobre conversiones en todo el mundo, otra sobre misioneros, un proyecto para la Jornada Mundial de la Juventud, otro sobre la Eucaristía... Proyectos no faltan. Es cuestión de ponerse a trabajar.

Juan Orellana
Alfa y Omega

¡Papa: si no vienes, te vamos a buscar!


No habían transcurrido ni cuatro horas de su presentación a los medios, cuando la avalancha de visitas a la web http://bb16.org desbordó todas las expectativas e, incluso, generó algunos problemas de acceso a los internautas. Tal ha sido el entusiasmo con el que los españoles han acogido la Carta de bienvenida al Papa Benedicto XVI que, ante la próxima Visita del Pontífice a Barcelona y a Santiago de Compostela, mil personalidades españolas del mundo de la política, el periodismo, la empresa, la educación o el deporte han firmado y colgado en Internet para que cualquiera pueda sumarse a la iniciativa. Una proposición que no podía haber tenido mejor respuesta. El pasado lunes, durante el acto de presentación de la Carta, la periodista de Telemadrid María Pelayo -que oficiaba de maestra de ceremonias- lo confirmaba: «En sólo unas horas, más de 10.000 personas ya han firmado el texto». Y la cifra va in crescendo.

Así, ya son miles de personas los que quieren recibir al Papa con los brazos abiertos, y que se han sumado a nombres y rostros más conocidos. Nombres como los futbolistas Raúl González Blanco, Emilio Butragueño y Fernando Morientes; el tenista Rafa Nadal; los políticos Jaime Mayor Oreja, Mercedes Aroz, Ignacio Camuñas, Ignacio Cosidó, Jorge Fernández Díaz, Alberto Núñez Feijoo, Arancha Quiroga, María San Gil, o Rodrigo Rato; toreros como Miguel Báez -el Litri-, Julián López -el Juli-, Enrique Ponce, Manuel Jesús Cid -el Cid- o Cayetano Rivera Ordóñez; los periodistas y escritores Alfonso Ussía, Ernesto Sáenz de Buruaga, Carlos Herrera, José Luis Restán, Luis María Anson, Alfredo Urdaci, José Javier Esparza, César Alonso de los Ríos o Cristina López Schlichting; la bailaora Sara Baras; la directora de orquesta Imma Shara; el escultor Etsuro Sotoo; o el empresario Juan Miguel Villar Mir. Y así, hasta mil.

Coraje, valentía y humildad

Numerosas personalidades quieren, como aseguró don Ignacio Camuñas durante la presentación de la Carta, «agradecer el coraje y la valentía que ha demostrado Benedicto XVI durante todo su pontificado, y la humildad para pedir disculpas por los fallos de algunos miembros de la Iglesia. ¡A ver qué otro líder es capaz de pedir perdón por lo que hacen los miembros de su organización!» También don Jaime Mayor Oreja reclamó «la exigencia de no esconder lo que somos y creemos», porque, ante la situación que vive España, «nuestro silencio no sólo no beneficia a los valores que están en crisis, sino que nos convierte en cómplices» de su desmoronamiento. De ahí la importancia de esta «hermosa iniciativa, digna de los católicos españoles, que saben lo que significa, para España, la Iglesia, la profesión de fe y su unión con el Romano Pontífice», como la definió el pasado domingo el cardenal Rouco. Quizá el mejor resumen de la bienvenida a Benedicto XVI sea el expresado en un video de apoyo a la Carta, en el que un grupo de niños agradece al Santo Padre su Viaje: «¡Papa: si no vienes, te vamos a buscar!» En efecto, España espera ansiosa a B16.

José Antonio Méndez

Carta de Bienvenida

Cercana ya la Visita del Papa Benedicto XVI a España para consagrar el templo de la Sagrada Familia en Barcelona y peregrinar a Santiago de Compostela en el Año Santo, los abajo firmantes queremos dar las gracias al Pontífice por haber querido venir de nuevo a nuestra tierra, coincidiendo ahora con difíciles momentos de crisis económica y social, que hunden sus raíces en una profunda crisis moral.
Estamos seguros de que millones de españoles -y de personas que vinieron de otros países buscando una vida mejor- comparten este sentimiento de gratitud y bienvenida y aguardan con alegría y esperanza la venida del Papa a España el próximo otoño.
Queremos expresar públicamente nuestra gratitud por su ejemplo, por su extraordinario Magisterio y por su incansable defensa de la dignidad humana y de los valores que necesita el mundo de hoy. Sus permanentes enseñanzas al servicio del bien y de la verdad muestran una honda sensibilidad por los problemas a los que se enfrenta la Humanidad en los comienzos del siglo XXI.

El lema de su pontificado -Cooperadores de la Verdad- es un firme compromiso de promover un fecundo diálogo entre razón y fe con el objetivo de una mayor humanización de la sociedad. Un diálogo que, con el concurso de todos, exige la plena protección del ejercicio de la libertad religiosa coherente con una concepción de laicidad positiva del Estado.

Queremos agradecer también al Papa su clarividencia e insistencia sobre el auge del relativismo. Benedicto XVI advierte a todos los hombres de buena voluntad de un relativismo que pretende prescindir de las categorías del Bien, la Verdad y la Belleza, fomentando un individualismo insolidario, origen principal de la crisis de nuestra sociedad. Es precisamente ese relativismo la fuente inspiradora de iniciativas contrarias al derecho a la vida, a la familia y a los derechos de los padres como primeros responsables de la educación de sus hijos.

La humanidad del Papa también se manifiesta en su permanente estímulo al compromiso social de la Iglesia, hoy igual que siempre, por ser la primera en ayudar a los más necesitados, a los rechazados de la sociedad: enfermos de sida, drogodependientes, presos, enfermos mentales y terminales, víctimas de la prostitución, menores abandonados y los millones de personas que viven en la pobreza en los países menos desarrollados. Y ante conductas indignas de algunos miembros de la Iglesia, que nos ofenden a todos, Benedicto XVI ha dado ejemplo de humildad y transparencia, exigiendo además, junto a la consiguiente reparación por la acción de la justicia, una honda purificación en la Iglesia.

En fin, la cordial cercanía de sus Viajes ofrece siempre a todos sin distinción un mensaje de paz y de concordia, una propuesta de sabiduría y esperanza.

Alfa y Omega

Toy Story: hay un amigo en mi



http://multimedia.decine21.com/Trailer/Toy-Story-3-Trailer-Toy-Story-3-1348

¿Cómo un cuento para niños puede ser una fábula para adultos? De vez en cuando las pantallas del cine lo consiguen. Es el caso de Toy Story 3 la película de los juguetes que toman vida cuando su dueño no los ve. No les voy a contar el argumento, pero les quiero compartir una reflexión. La película presenta una constante elección: mis amigos o mi conveniencia. No es un mensaje sencillo para una sociedad individualista como la que vivimos. Como tampoco es una enseñanza fácil para los niños caprichosos y egoístas de la moderna generación.

A lo largo de la película, los juguetes de Toy Story tienen varias oportunidades para buscar el propio interés, incluso hasta para salvar la piel, bueno, el plástico. Sin embargo, no lo hacen.

Una y otra vez vuelven a buscarse, como un imán que los atrajera. Y en esa búsqueda de unos por otros, van haciendo que las cosas cambien: Consiguen que Andy no los olvide del todo, consiguen que los juguetes se escapen de la cárcel de Sunnyside.

Consiguen ir todos juntos a la casa de Bonnie, la niña que ama a los juguetes, consiguen que el juguete malo acabe siendo un adorno de un camión de basura. Todo eso son aventuras para contarnos una y otra vez la gran lección de Toy Story 3: los corazones de los amigos permanecen siempre unidos. Ni siquiera sus amigos lo abandonan cuando Buzz Lightyear cambia de personalidad varias veces a lo largo de la película. Al contrario, harán todo lo posible por hacerlo volver a ser el mismo de siempre. Porque, como dice la canción de la película: nosotros nos pertenecemos uno a otro.

Esta historia es medular para muchas vidas, los caminos se pueden separar, las circunstancias pueden alejar, pero en el corazón queda siempre una llamada hacia el amigo: So don't forget if the future should take you away, that you'll aways be part of me. (nunca te olvides, si el futuro te lleva lejos, que tú eres siempre una parte de mi)

Creo que merece la pena que los niños vean Toy Story 3, pero merece mucho más la pena que los adultos convirtamos la película en una maravillosa parábola, para volver a descubrir la amistad como el centro en torno al cual gravitan nuestras vidas, la amistad como el motor interior que hace valioso el arriesgarnos para que el amigo no salga dañado.

Como Andy, todos crecemos. Los juguetes tienen que quedarse en otra casa, en otro armario. Pero también debe crecer lo que llevamos dentro de nosotros: la certeza de que los amigos deben mantenerse siempre juntos.

And as the years go by (y cuando los años pasen)
our friendship will never die (nuestra Amistad nunca morirá)
You're gonna see (ya lo verás)
It's our destiny (es nuestro destino)
You've got a friend in me (Tienes un amigo en mí).

http://ciprianosanchez.blogspot.com/

España Ganó 1-0... a seguir!

Todos somos Pulgarcito


Este texto fue escrito por Jérôme Lejeune en 1973. Resume toda la fuerza de certeza científica de uno de los padres de la genética moderna, gran médico y gran científico, descubridor de numerosas enfermedades de origen genético, de las que la trisomia es la mas conocida.

"La genética moderna se resume en un credo elemental que es éste: en el principio hay un mensaje, este mensaje está en la vida y este mensaje es la vida". Este credo, verdadera paráfrasis del inicio de un viejo libro que todos ustedes conocen bien, es también el credo del médico genetista más materialista que pueda existir. ¿Por qué? Porque sabemos con certeza que toda la información que definirá a un individuo, que le dictará no sólo su desarrollo, sino también su conducta ulterior, sabemos que todas esas características están escritas en la primera célula. Y lo sabemos con una certeza que va más allá de toda duda razonable, porque si esta información no estuviera ya completa desde el principio, no podría tener lugar; porque ningún tipo de información entra en un huevo después de su fecundación. (...).

Pero habrá quien diga que, al principio del todo, dos o tres días después de la fecundación, sólo hay un pequeño amasijo de células. ¡Qué digo! Al principio se trata de una sola célula, la que proviene de la unión del óvulo y del espermatozoide. Ciertamente, las células se multiplican activamente, pero esa pequeña mora que anida en la pared del útero ¿es ya diferente de la de su madre? Claro que sí, ya tiene su propia individualidad y, lo que es a duras penas creíble, ya es capaz de dar órdenes al organismo de su madre.

Este minúsculo embrión, al sexto o séptimo día, con tan sólo un milímetro y medio de tamaño, toma inmediatamente el mando de las operaciones. Es él, y sólo él, quien detiene la menstruación de la madre, produciendo una nueva sustancia que obliga al cuerpo amarillo del ovario a ponerse en marcha.

Tan pequeñito como es, es él quien, por una orden química, fuerza a su madre a conservar su protección. Ya hace de ella lo que quiere ¡y Dios sabe que no se privará de ello en los años siguientes!

A los quince días del primer retraso en la regla, es decir a la edad real de un mes, ya que la fecundación tuvo lugar quince días antes, el ser humano mide cuatro milímetros y medio. Su minúsculo corazón late desde hace ya una semana, sus brazos, sus piernas, su cabeza, su cerebro, ya están formándose.

A los sesenta días, es decir a la edad de dos meses, cuando el retraso de la regla es de mes y medio, mide, desde la cabeza hasta el trasero, unos tres centímetros. Cabría, recogido sobre sí mismo, en una cáscara de nuez. Sería invisible en el interior de un puño cerrado, y ese puño lo aplastaría sin querer, sin que nos diéramos cuenta: pero, extiendan la mano, está casi terminado, manos, pies, cabeza, órganos, cerebro... todo está en su sitio y ya no hará sino crecer. Miren desde más cerca, podrán hasta leer las líneas de su palma y decirle la buenaventura. Miren desde más cerca aún, con un microscopio corriente, y podrán descifrar sus huellas digitales. Ya tiene todo lo necesario para poder hacer su carné de identidad. (...).

El increíble Pulgarcito, el hombre más pequeño que un pulgar, existe de verdad; no se trata del Pulgarcito del cuento, sino del que hemos sido cada uno de nosotros.

Pero dirán que hasta los cinco o seis meses su cerebro no está del todo terminado. ¡Pero no, no!, en realidad, el cerebro sólo estará completamente en su sitio en el momento del nacimiento; y sus innumerables conexiones no estarán completamente establecidas hasta que no cumpla los seis o siete años; y su maquinaria química y eléctrica no estará completamente rodada hasta los catorce o quince.

¿Pero a nuestro Pulgarcito de dos meses ya le funciona el sistema nervioso? Claro que sí, si su labio superior se roza con un cabello, mueve los brazos, el cuerpo y la cabeza en un movimiento de huida. (...).

A los cuatro meses se mueve tanto que su madre percibe sus movimientos. Gracias a la casi total ingravidez de su cápsula cosmonauta, da muchas volteretas, actividad para la que necesitará años antes de volver a realizarla al aire libre.

A los cinco meses, coge con firmeza el minúsculo bastón que le ponemos en las manos y se chupa el dedo esperando su entrega. (...).

Entonces, ¿para qué discutir? ¿Por qué cuestionarse si estos hombrecitos existen de verdad? ¿Por qué racionalizar y fingir creer, como si uno fuese un bacteriólogo ilustre, que el sistema nervioso no existe antes de los cinco meses? Cada día, la Ciencia nos descubre un poco más las maravillas de la vida oculta, de ese mundo bullicioso de la vida de los hombres minúsculos, aún más asombroso que los cuentos para niños. Porque los cuentos se inventaron partiendo de una historia verdadera; y si las aventuras de Pulgarcito han encantado a la infancia, es porque todos los niños, todos los adultos que somos ahora, fuimos un día un Pulgarcito en el seno de nuestras madres».


Clara Leujene, Dr. Leujene. El amor a la vida, Ed. Palabra, Madrid 1999, pp. 47-50

Aborto progresista


Más execrable que el crimen del aborto me resulta la anuencia sorda, la complicidad cetrina de una sociedad que lo acepta como un mal menor, o incluso como un remedio benéfico. Una sociedad capaz de convivir silenciosamente con su oprobio es una sociedad enferma; si, además, ese oprobio se erige en mercancía de chalaneo electoral, quizá debamos preguntarnos si esa sociedad no está demandando una autopsia urgente. Vuelvo a referirme al aborto, esa incalculable abyección moral, desoyendo los consejos de mis editores, agentes y demás promotores de mi carrera literaria, que me solicitan que calle y me lave las manos, para no crearme rencillas y animadversiones. Cuando me adjudicaron el premio Planeta, varias revistas culturales propagaron mi beligerancia contra el aborto y solicitaron a sus lectores que no compraran los libros de alguien que se atrevía a pronunciar tamaña inconveniencia. Al parecer, denunciar la condición criminal del aborto constituye un síntoma de adhesión a la «derecha ultramontana»; lo progresista es acatar la barbarie, bendecirla o al menos transigir pudorosamente con ella, como si la barbarie fuese algo que no nos atañe, como si el aire que respiramos no estuviese infectado con sus miasmas. Yo quisiera que alguien me explicase con argumentos morales por qué condenar el aborto constituye un ademán reaccionario. Y que me explicara también por qué la defensa de la muerte, la impía negación del futuro constituye una muestra de progreso. Si el progreso del hombre se ha cimentado sobre el respeto a la vida, sobre su indeclinable protección, sobre su condición de bien jurídico máximo e intangible, ¿por qué estas consideraciones se soslayan cuando nos enfrentamos al aborto? ¿Qué extraño estado de excepción justifica la abolición de esos ideales de progreso? Uno sigue pensando que el progresismo se resume en la vindicación de la vida. Pero nuestros gobernantes, que se llenan la boca invocando el Estado de Derecho y demás paparruchas de boquilla, prefieren esquivar esta ignominia, o, en el colmo de la abyección, la enarbolan como pancarta para captar prosélitos. Ni siquiera haría falta aludir a un sentido trascendente de la vida para condenar el aborto; la mera biología nos enseña que la célula resultante de la concepción incorpora combinaciones genéticas propias. Causa espanto (y explica la índole hipócrita de nuestra enfermedad) comprobar cómo la misma sociedad que se subleva porque unos quintos arrojan una puta cabra desde un campanario calla sórdidamente ante el exterminio discreto de tanta vida inerme. Y causan espanto los circunloquios de cinismo que se emplean para mitigar la repugnancia de este exterminio, como esos estrafalarios «sistemas de plazos» que pretenden establecer la licitud o ilicitud del aborto dependiendo de las semanas de gestación, como si el mayor o menor tamaño del embrión delimitase diversos rangos de crimen; como si matar a un enano fuese más o menos delictivo que matar a un señor talludito. ¿No sería más progresista destinar partidas de dinero público a las mujeres que se han quedado embarazadas y no pueden acometer los gastos de crianza de su vástago? ¿No sería más progresista socorrer a las familias que no pueden hacerse cargo de una familia numerosa? ¿No sería más progresista castigar el egoísmo de las familias que sí pueden hacerse cargo pero prefieren la solución desinfectante del quirófano? ¿No sería más progresista alentar la creación de orfanatos regidos por la humanidad y el esmero educativo? Pero hemos conseguido entre todos que el progreso y el compromiso consistan en adoptar niños de Colombia, o de Groenlandia, para acallar nuestra mala conciencia. Resulta una paradoja hiriente, amén de repulsiva, que precisamente hoy, cuando la solidaridad de lejanías se ha convertido en moneda de curso corriente y en certificado de progresismo postizo, hayamos transigido con el aborto. Y, sobre todo, resulta infrahumano, tan infrahumano como caminar a cuatro patas.

Juan Manuel de Prada
http://www.interrogantes.net

Delibes habla del aborto


«En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para éstos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente socialmente avanzada con el culo al aire. Antaño el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Pero surgió el problema del aborto y, ante él, el progresismo vaciló. (...) Para el progresista, eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, el aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto y, políticamente, era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada».

Autor:
Miguel Delibes en una compilación de artículos, Pegar la hebra (Destino, 1990)

Bon appétit!



Historia basada en hechos reales, contada en dos tiempos que se alternan. En 1947, Julia Child es una mujer estadounidense felizmente casada con un diplomático, que no puede tener hijos, y vive en París. De carácter campechano algo arrollador, dispone de mucho tiempo libre, por lo que decide aprender los secretos de la cocina francesa junto a un gran maestro. Su amistad con otras dos mujeres le embarca en el proyecto de escribir un libro sobre cocina francesa para amas de casa norteamericanas. Por otro lado, en 2002, Julie Powell se ha casado recientemente y se ha ido a vivir con su esposo al Queens neoyorquino. Y combina su trabajo en una oficina de atención a los damnificados por los atentados del 11-S, con el mantenimiento de un blog en internet, donde arroja una mirada fresca al mundo culinario y a sus propias experiencias personales. Inspiración principal de Julie es el archifamoso libro de recetas de Julia.

Nora Ephron es una cineasta irregular, que combina títulos notables como guionista y/o directora (Cuando Harry encontró a Sally, Algo para recordar, Tienes un e-mail) con otros perfectamente prescindibles. El que nos ocupa, por fortuna, puede encuadrarse en el primer apartado. Ephron se ha basado en sendos libros escritos por las protagonistas, y verdaderamente demuestra estar en estado de gracia, su narración fluye con absoluta naturalidad, los saltos de una época a otra están perfectamente medidos. Suena a auténtico el amor presente en los dos matrimonios, y lo mismo ocurre con las pequeñas (o no tan pequeñas) crisis de la vida cotidiana. Y hay abundante espacio para el humor, pero también para las emociones capaces de provocar las lágrimas.

Obligado es subrayar el trabajo de las dos actrices principales, sensacional. Meryl Streep resulta divertida y entrañable en su composición de 'maruja' algo paleta, con un grandísimo corazón. Resulta muy recomendable escucharla en versión original, pues su entonación, y la forma en que se maneja en francés son sencillamente tronchantes. En el otro lado del 'cuadrilátero', pero nunca compartiendo pantalla con Streep, destaca también la interpretación de Amy Adams, un personaje más contenido, y por ello menos agradecido, que saca adelante con enorme talento.

http://www.decine21.com