Protagonista: Japón


¡Arigatou!

Paco lleva casi treinta años en Japón. Es profesor universitario y nos ha escrito porque quiere agradecer a todos las oraciones por su país, además de contarnos algunas historias de estas semanas.

06 de abril de 2011
Me ha escrito una persona, muy querida, ella y sus dos hijos enfermos rezan muchos por nosotros, diciéndome que le había impresionado la figura del emperador, arrodillado en el suelo, hablando con las víctimas del terremoto, en el palacio de deportes de Tokio o “budoukan” (literalmente “palacio de las artes marciales”).

Esto me ha traído a la memoria una escena que Inazo Nitobe relata en su libro “Bushido”. Un anciano, quitándose el sombrero, se para a saludar a una misionera que estaba trabajando en la huerta. “Pero hombre no sea tan “cortés” que estamos en medio del campo”, dijo ella, a lo que el campesino replicó: “ya que no puedo compartir el sombrero, pues no da para los dos, al menos quiero compartir con usted el rigor del sol”.


Esta actitud solidaria, humilde, es muy típica del pueblo japonés. Gente que, por lo general, sabe escuchar, ponerse en el lugar del otro. Virtud digna de admirar, al menos para mí, pues uno de mis defectos dominantes es que “hablo por los codos”. Nunca, en 28 años que llevo aquí he notado la más mínima impaciencia en mi “interlocutor”, que me escucha con una sonrisa asintiendo con la cabeza. Ni que decir tiene que mi defecto va en aumento.

Y, acompañando a la cortesía, el agradecimiento. “Sumimasen” (lo siento) y “arigatou” (gracias) son las dos palabras más frecuentes en la vida diaria, no digamos nada cuando se trata de situaciones extremas como la que estamos viviendo estos días. Ayer, me conmoví con la imagen televisiva de una octogenaria que salió del refugio para agradecer a los soldados americanos por las botellas de agua que les habían traído. Tomando las manos del oficial, con lágrimas en los ojos, reverencia tras reverencia, repetía incansablemente “arigatou”, arigatou”, arigatou”...


Aprendida la lección quiero aprovechar esta segunda misiva para agradecer a todos tantos mensajes de apoyo y, sobre todo, tantas oraciones, que obrarán y están obrando, otros tantos pequeños y grandes milagros. Quizás la mayoría pasarán inadvertidos, por pertenecer a la esfera del corazón, o a lo más íntimo del alma pero, a la vista está, por ejemplo, el milagro de una solidaridad sin precedentes, que tendrá, sin duda, consecuencias muy positivas en las relaciones entre los pueblos.

En la central nuclear de Fukushima tenemos desde un equipo de China, provisto de un camión con una alargadera de 62 metros, capaz de inyectar toneladas de agua, a larga distancia, en los reactores para refrigerarlos, hasta los americanos, con robots utilizados en las guerras de Irak y Afganistán (aquí con un objetivo muy diferente), pasando por el asesoramiento de expertos franceses, coreanos, alemanes, etc. Los israelíes han enviado un “hospital” completo, que cuenta hasta con una sala de operaciones, acompañado de un equipo de médicos y enfermeras, elegidos entre los mejores del país... Y así podríamos seguir añadiendo a esta lista un sin fin de países (más de 130 han ofrecido su ayuda), grupos y personas que se están volcando, que os estáis, volcando para ayudarnos. ¡A todos, gracias!


Otro pequeño milagro es el de Yuko y su hijo Kento. Viajaban en su coche, buscando refugio, cuando les alcanzó el tsunami. El coche fue arrastrado quinientos metros, flotando a la altura de unos dos pisos, hasta quedar encallado en un árbol. A medida que descendieron las aguas el vehículo se posó, finalmente, en el suelo. Se salvaron sus ocupantes. Algo así como una pequeña “Arca de Noé”.

Norie, 86 años, se encontraba en la cocina de una residencia de ancianos, cuando la ola inundó la casa. Lo último que recuerda fue que, al verse cubierta por el agua, se tapó la boca con la bufanda. Cuando recuperó el conocimiento se encontraba en su silla de ruedas encima de la mesa del comedor, junto con otros dos ancianos. El resto, cincuenta personas, habían fallecido. “Ahora tengo que vivir con intensidad lo que me resta de vida, también por aquellos compañeros que se nos han ido”, comentó agradecida.


El periódico, nos trae la historia de Manami, una niña de cuatro años que ha perdido a su familia, acompañada de dos fotografías. En la primera está dormida sobre una carta que estaba escribiendo a su madre: “Querida mami. Espero que estés viva ¿Te encuentras bien?” En la segunda foto se encuentra sentada en un banco mirando al mar. El pie de página nos dice que, todos los días, se sienta ahí esperando su regreso. Yo rezo para que Manami y muchos otros japoneses lleguen a descubrir que cuentan con otra Madre, María “umi no hoshi”, la Estrella del Mar.

Japón es un pueblo con muchas y grandes virtudes pienso, entre otras muchas razones, porque está familiarizado con el sufrimiento. Bastaría con repasar las catástrofes acaecidas solamente en el siglo pasado, el terremoto de Tokio con 145.000 mil muertos (1923); una segunda guerra mundial, incluida las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, con cerca de dos millones de víctimas; el tifón de Ise wan, con 5.000 muertos (1950), el seísmo que asoló a Kobe con 6.000 muertos en 1995..., entre otros muchos temblores y tifones que se vienen sucediendo a lo largo de los años con más o menos secuelas. Y de todas ha resurgido, Japón gracias a la solidaridad y tenacidad de sus gentes.


De aquí se explica también el que Antonio Gaudí sea tan popular entre los japoneses, pues intimó con Dios admirando la naturaleza, obligado por una enfermedad en su infancia, quedando plasmado su espíritu de fe en esa obra de maravilla, Evangelio esculpido en piedra, que es la Sagrada Familia, con quien empatizan perfectamente los japoneses.

Pero no podemos ver todas estas cosas solamente con los ojos de la carne, sino también con los de la fe y con los del corazón, moviéndonos a compasión, que quiere decir “padecer con”, rezando, ofreciendo nuestro trabajo bien hecho y algún pequeño sacrificio pensando en los que se han quedado sin nada.

Termino con una frase de la Madre Teresa, tan querida en este país (de hecho ahora hay una exposición sobre ella en una galería de arte a cien metros de mi casa, conmemorando el centenario de su nacimiento). Una gran “sufridora”, que supo compadecerse (“sufrir con”) de los más pobres de los pobres. Sus monjitas fueron de las primeras que se ofrecieron en Japón para cuidar a los enfermos de sida, en una época en que ésta enfermedad se consideraba tabú por miedo al contagio, algo así como “los leprosos” del siglo XX: “La revolución del amor comienza con una sonrisa. Sonríe cinco veces a quién, en realidad, no quisieras sonreír. Debes hacerlo por la paz.”.

De nuevo, ¡ARIGATOU!

Paco, en japonés “pa”, significa “ola” pues me encanta el mar y, “co”, “llamada”, aludiendo a mi vocación, el tesoro más grande que me ha concedido el Señor. Estos caracteres o “kanji” los eligió para mí un amigo al que le debo mucho, Yoshihiko Takayama, al que quiero mencionar aquí para hacer honor a nuestra amistad.

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