Espontaneidad, ¿hasta dónde?


—"Mamá, es que no lo entiendes. La gente joven dice lo que piensa, sin hipocresías."

Así defendía una joven adolescente la escasa educación y diplomacia de una amiga suya a la que había invitado a pasar unos días con ellos durante las vacaciones.

Sin duda, la espontaneidad es un valor emergente en la sociedad de nuestros días. Ser espontáneo y natural es algo que hoy –afortunadamente– se valora mucho. Hay una gran pasión por todo lo que significa apertura y claridad. Un elogio constante de las conductas que revelan autenticidad. La gente joven tributa un apasionado culto a la sinceridad de vida, quizá como respuesta al rechazo producido por algunos resabios de corte victoriano que ha llegado a detectar en la anterior generación.

Todo eso, no cabe duda, esconde un avance innegablemente positivo. Y en el ámbito de la educación, se trata de una conquista de la sensibilidad contemporánea que ha supuesto aportaciones especialmente valiosas. Moverse en un clima de confianza se considera hoy un principio educativo fundamental, decisivo también para la formación del propio carácter.

Pero seamos sensatos

Sin embargo, las razones que daba esa chica demuestran la necesidad de un sensato equilibrio en todo lo relacionado con la espontaneidad. Parece evidente que es preciso encontrar un equilibrio entre la hipocresía y lo que podríamos llamar exceso de espontaneidad. Porque parece posible lograr ser cortés sin caer en la hipocresía o la adulación, ser sincero sin recurrir a la tosquedad, y fiel a los propios principios sin necesidad de ofender a los demás.

Decir la verdad que no resulta conveniente revelar, o a quien no se debe, o en momento inadecuado, es –fundamentalmente– una carencia de sensatez. Parece claro que conviene siempre añadir sensatez a la sinceridad, y así nos ahorraremos –como dice H. Cavanna– la idiotez sincera, que no por sincera deja de ser idiota.

Decidir lo que se dice

Echar fuera lo primero que a uno se le pasa por la cabeza sin apenas pensarlo, o dejar escapar los impulsos y sentimientos más primarios indiscriminadamente, no puede considerarse un acto virtuoso de sinceridad. La sinceridad no es un simple desenfreno verbal. Hay que decir lo que se piensa, pero se debe pensar lo que se dice.

El que se encuentra a un amigo que acaba de perder a su padre y le dice que no lo siente lo más mínimo porque su padre era antipático e insoportable, no es sincero, aunque lo sintiera realmente, sino un auténtico salvaje.

El desenfado tiene riesgos

Como señala Juan Bautista Torelló, bajo la excusa de esa falsa sinceridad, se esconden a menudo arrogancia, grosería, tendencia malsana a la provocación, inclinaciones exhibicionistas o gusto por zaherir a los demás. Quienes así actúan son figuras tristes de hombres o mujeres sin frenos, que se dejan llevar por sus impulsos más arcaicos y distan mucho de alcanzar un mínimo de madurez en su carácter.

El equilibrio del carácter y la personalidad exige una cuidadosa compensación entre un extremo y otro. Y así como hace treinta años podía ser mayor el peligro del envaramiento y la desconfianza, quizá ahora sea más bien el de la excesiva deshinbición o desenfado. Se comprueba que la exaltación de la espontaneidad y la devaluación de la seriedad producen frutos ambivalentes. Pretenden fortalecer la personalidad, y en gran parte lo logran, pero también traen el riesgo de producir personas con una espontaneidad aleatoria, gracias a la cual son lo que les da la gana, lo que se les ocurre. Pero las ocurrencias siempre son imprevisibles.

Alfonso Aguiló

El imperio de la diversión


Uno de los rasgos que afectan medularmente a nuestra sociedad es el enorme auge del espectáculo, de la industria del entretenimiento y del comercio de la diversión. En las semanas finales del curso académico un buen número de estudiantes se distrae de la tensión de los exámenes pensando que no harán nada de provecho en el verano, y eso es precisamente lo que más les atrae después de unas semanas de atención intensa al estudio. «Desconectar» es quizás el verbo que expresa mejor esa actitud ante las vacaciones, como si en nuestra vida ordinaria fuéramos máquinas de trabajar que se desenchufan al llegar el verano. Lo importante es distraerse, divertirse, desconectar de la rutina habitual.

Esto es así a escala europea. España se ha convertido en un destino turístico, elegido por más de 50 millones de visitantes al año. Se trata —dicen los turistas— de un país divertido, en el que es posible pasárselo muy bien y además sin hacer un enorme gasto. Toda España viene a ser en el verano como un Disney World para adultos.

De forma creciente el imperio de la diversión no se concentra exclusivamente en el verano, sino que se extiende a las demás temporadas del año, y no afecta sólo a la infancia y la juventud sino que coloniza todos los estratos de la vida. Esto se advierte bien en los medios de comunicación, quizá particularmente en las cadenas de televisión. Los programas de televisión han dejado de tener una función formativa o informativa y se han volcado decididamente en el entretenimiento, «porque es lo que la audiencia pide» dicen los responsables.

En este sentido, me impactó la escena de hace unas pocas semanas en la cárcel de Pamplona. Se trataba de una situación extrema como son casi siempre las que ocurren en los márgenes de la sociedad. Un preso marroquí, de 36 años, eludió los controles de seguridad en un momento de descuido y se encaramó al tejado donde permaneció durante más de dos horas hasta que, con la ayuda de un psicólogo, fue bajado a la calle en la cesta de los bomberos. Durante el tiempo que estuvo en el tejado de la cárcel amenazó con suicidarse y en una crisis de ansiedad arrancó varias tejas que echó a los viandantes y rompió la antena de televisión del centro penitenciario. «Nos has quitado la poca libertad que teníamos», le gritaban los otros internos, que le insultaban e increpaban para que se tirara del tejado a la calle y terminara así con su vida. El enfado de los presos por haberles roto la antena era notable. Aquel recluso les había dejado sin televisión, que es la forma legal que tienen de evadirse de su reclusión al menos por unas horas al día.

Los ciudadanos libres que encuentran en la televisión el recurso habitual para desconectar, para liberarse de sus obligaciones, para no prestar atención a los demás, me dan todavía más pena que el recluso marroquí, pues muestran que de forma voluntaria se han sometido a una esclavitud de la atención que casi siempre les vacía y empobrece. Se trata —suele decirse— de descansar, de estar entretenido, de pasar el rato, pero todos sabemos que la distracción consiste casi siempre en prestar atención a cosas tan banales, en el mejor de los casos, como el cotilleo de los famosos o la vida privada de los invitados a los programas.

En nuestra sociedad hay un miedo atroz al aburrimiento y lo combatimos con el entretenimiento que narcotiza la capacidad de atención. Lo superficial, lo epidérmico o lo efímero son el antídoto que convierte la existencia humana en un zapping vital. Las formas preferidas de entretenimiento son ahora aquellas que producen una gratificación inmediata y que en todo caso no exigen apenas esfuerzo. De forma creciente, la calidad de una vida comienza a medirse por la cantidad de diversión que contiene. Como en realidad no se puede ser feliz —vienen a decirse— vamos a intentar al menos vivir entretenidos, vivir sin padecer la angustia de la soledad existencial.

Esta actitud, tan difundida en nuestra sociedad, que considera a la diversión como el objetivo final de la vida, convierte a la propia vida en un videojuego banal incapaz de dotarla de sentido. Quienes invierten su tiempo y su dinero en Secondlife muestran la verdad de este diagnóstico. Viven una segunda vida en las pantallas de sus ordenadores porque no tienen una vida de primera, una vida real que merezca la pena, con sus penas y sufrimientos, pero también con sus gozos y alegrías.

Jaime Nubiola
http://www.fluvium.org

El regalo vil


Hay ventajas que no compensan

Maldito regalo envenenado con el que algunos jefes encadenan a sus subordinados. Me refiero a esos teléfonos galácticos que no sólo sirven para mantener una conversación sino para recibir, sin freno, correos electrónicos, informes, presentaciones… Es cierto que el aparatito de marras ofrece cierta distinción, que quien lo porta puede presumir de no ser un mileurista (en principio), pero demoníacas las cadenas que se amarran al cuello de quien lo porta. Porque las empresas saben que el dichoso presente –muy caro, muy moderno, muy singular– favorece un control férreo sobre la libertad del empleado una vez éste se marcha a casa (casi siempre mucho después de la hora que en contrato le corresponde) y, sobre todo, desde que da comienzo el fin de semana.

Uno de estos modernos condenados a galeras me explicaba que había firmado un añadido a su contrato laboral, un compromiso de “máxima disposición” que aumentaba su sueldo e iba acompañado por el teléfono sideral. De hecho, a lo largo de nuestro almuerzo aquella pantalla no cejó de anunciar una cascada de emails que impedían el normal desarrollo de una comida entre amigos. La “máxima disposición” incluye, por supuesto, la obligatoriedad de encontrarse localizado las veinticuatro horas del día, incluidos los momentos de descanso, así como que la oficina sea prioritaria a las necesidades familiares. Es decir, que si uno se encuentra abrazado a su santa esposa y suena el aparatito, ¡hay que contestar inmediatamente! O que si por fin llega el momento de dedicar un rato de exclusividad a los hijos, el teléfono galáctico se encarga de poner las cosas en su sitio y recordarnos a quién hemos vendido el alma.

En la vida familiar no hay nada más dañino que la infidelidad, que los “cuernos”. Ahora, este tipo de traiciones no sólo tienen que ver con camas ajenas sino que pueden fraguarse con la tecnología, es decir, con la tecnología puntera unida al trabajo, lo que todavía es peor.

Tenemos que encontrar la manera de denunciar a todos aquellos jefes que cometen la vileza de colarse en la intimidad de un matrimonio.

Miguel Aranguren

LA PERSONA EQUILIBRADA


Personalidad y persona son dos conceptos muy próximos. La personalidad es la forma de ser de un sujeto, la suma de las pautas de conducta que tienen tres raíces la herencia, el ambiente y la propia experiencia de la vida. Es el sello particular de cada uno. Una gran orquesta de donde hay distintos instrumentos de viento, de cuerda, trompas y por supuesto un piano, como se da en lesos cinco grandes conciertos para piano y orquesta de Beethoven. La persona es el director de esa agrupación orquestal, que es capaz de mezclar, reunir, ensamblar esa diversidad de elementos para dar lugar a una sinfonía espléndida.
Llegar a ser una persona equilibrada es una tarea de artesanía psicológica. Alcanzar el ser cada vez mas libre (con minúscula) e independiente y con una buena armonía, es una aspiración importante. Es mas diría que el puente levadizo que conduce al castillo de la felicidad, tiene una puerta central de entrada, que se llama equilibrio personal.

La palabra equilibrio significa armonía, estabilidad, madurez, en una palabra ir consiguiendo un cierto estado de plenitud, de buena conjunción entre los distintos ingredientes que se hospedan dentro de nuestra forma ser. Todo equilibrio humano es siempre algo inestable. Se va accediendo a él a través de un crecimiento paulatino, secuencial, sucesivo. Hay grados de equilibrio. Y además, debo subrayar que es un concepto dinámico: no es algo a lo que uno llega y se instala allí y ya de por vida reside en ese espacio psicológico. No se trata de algo estático, sino que está en movimiento. Dicho de otro modo, los avatares de la vida, las mil y una cosas que nos pueden suceder en tan distintos planos, nos cambian, modifican, alteran y nos sacan de la pista.

Voy a intentar resumir que es una persona equilibrada en un decálogo, con el fin de que los lectores puedan seguir mis ideas, para analizarlas, escrutarlas y por supuesto situarse a favor o en contra de mi teoría.

l. Conocerse uno a sí mismo: en el templo de Apolo en Grecia había una inscripción en el frontispicio de la entrada que decía: conócete a ti mismo, lo que quiere decir saber como uno es, que características tiene, en una palabra, saber las aptitudes y las limitaciones que uno tiene. Esto es un avance, que evita embarcarse uno en empresas en las que sabe que no van a salir de forma adecuada. No me refiero aquí a un estudio documentado de uno mismo, sino tener apresadas las claves de uno mismo.

2. Tener un buen equilibrio entre corazón y cabeza, entre sentimientos y razones. Podríamos decir que la afectividad y la inteligencia son las dos notas mas características de nuestra persona. El siglo XVIII entronizó la razón y corresponde a la Ilustración, que culmina con el enciclopedismo y culmina con la Revolución Francesa en 1789. Por el contrario, el siglo XIX es el Romanticismo, que significó un giro copernicano, la exaltación de los sentimientos y las pasiones. Durante todo el siglo XX, ambas posturas han estado a la gresca, sin haber podido encontrar la formula filosofal que los encuadre de forma sana.

En nuestro caso, esto se traduciría de la siguiente manera: no ser ni demasiado sensible psicológicamente, ni de una frialdad cerebral gélida. Ser capaz de manejar simultáneamente la afectividad y la razón, en una buena proporción. Está claro que al ser la vida tan rica y compleja, existirán momentos en los que necesitemos ser especialmente cartesianos (la lógica y los argumentos) y otro en los que el énfasis deba ponerse en lo emotivo (en ocasiones lo efectivo es lo afectivo, jugando con las palabras).

3. Ser capaces de superar y digerir las heridas del pasado. La ecuación biográfica sana podría quedar dibujada en la siguiente formula: una persona equilibrada es aquella que vive instalada en el presente, tiene asumido el pasado con todo lo que eso significa y vive esencialmente abierta hacia el porvenir. La felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria. Pasar las páginas negativas de nuestra vida es un ejercicio de salud mental. Sino, corremos el riesgo de convertirnos en personas agrias, amargadas, resentidas, dolidas, echadas a perder...atrapadas en la tupida red del rencor. Resentimiento significa sentirse dolido y no olvidar: por esos vericuetos se convierte uno en neurótico. Habría mucho que hablar aquí, pero el tiempo y el espacio de este articulo no dan mas de si.

4. Una persona equilibrada es aquella que tiene un proyecto de vida coherente y realista con tres grandes notas hospedándose en su seno: amor, trabajo y cultura. No es posible vivir sin un programa de vida. La improvisación y el ir tirando son malos consejeros. Cada uno de estos tres grandes temas se abre en abanico y se cuela por los entresijos de nuestro paisaje interior, poblando la ciudadela que cada uno somos, en un espacio habitable en donde amor y trabajo conjugan el verbo ser feliz. No hay felicidad sin amor y no hay amor sin renuncias. Y la cultura: la estética de la inteligencia, un saber de cinco estrellas que nos lleva a poseernos, a ser dueños y señores de nuestra parcela exterior e interior. El que no sabe lo que quiere no puede ser feliz. El que no ha sabido diseñar un esquema de futuro, vive al día, amenazado por los vientos del momento, que le traen y le llevan de acá para allá.

5. Uno de los síntomas mas nítidos de equilibrio es tener una voluntad sólida, firme, recia, compacta, consistente. Voluntad es para ponerse uno metas y retos concretos e ir a por ellos. Voluntad es determinación, apuntar a los objetivos sin detenernos ante nada, sabiendo que una persona con voluntad llega en la vida mas lejos que una persona inteligente. Habitan en su interior varias notas claves, que forman parte de esta territorialidad y que son: el orden, la constancia, la motivación y la disciplina. Las llamo las joyas de la corona. La voluntad se educa desde edad temprana, mediante la costumbre de vencerse en lo pequeño. No despreciar las pequeñas peleas de la vida ordinaria, ese es un gran campo de entrenamiento, que nos lleva a no despreciar las pequeñas escaramuzas en donde uno se vence y se crece ante las dificultades.

6. El gobierno mas importante es el gobierno de uno mismo. Equilibrio es saber lo que uno quiero, hacia donde se dirige, saber dominarse y no perder los estribos a pesar de las dificultades, roces, provocaciones y fracasos. Muy entroncado con esta idea, está el aprender a darle a las cosas que a uno le pasan, la importancia que realmente tienen: es decir, justeza de juicio para valorar los hechos que nos suceden de modo ecuánime, templado, buscando una cierta objetividad. Este es el subsuelo psicológico que nos hace dueños y señores de nuestra persona. El juicio sereno hace de intermediario pasión y la razón. Esto, como casi todo, se aprende.

Aprender a desdramatizar y no convertir un problema en un drama. Ser capaces de verse uno a si mismo desde el patio de butacas, intentar deslizarse uno por los pasadizos nuestro castillo interior, viendo lo que hay, lo que se ve y lo que se camuflo por los rincones de sus estancias mas diversas.

7. Otro indicador es el siguiente: haber ido creciendo con modelos de identidad positivos, atrayentes, fuertes, con coherencia interior, nos nos arrastran a imitarlos. Estamos en una sociedad técnicamente muy avanzada, con unos logros imponentes; pero en lo humano, tengo que decir que estamos en una sociedad psicológicamente enferma: neurótica, permisiva, que fomenta conductas hedonistas que mas tarde condena, muy perdida en lo fundamental. En ese clima en el que hoy nos movemos, están de moda los modelos rotos: la televisión se encarga de presentarnos a los famosos –que no a los de prestigio- con su vida partida, troceada...muchos consumen horas a la semana enganchados y narcotizados con estas historias huecas de personajes vacíos. Historias y personajes que van siendo copiados por muchos, que luego andan sin brújula. La seducción por el sensacionalismo negativo.

El modelo positivo es alguien atrayente, que provoca admiración y que nos conduce a conocerlo mas y a imitarlo. Yo recuerdo en mis años juveniles que tuve dos modelos cercanos, el de mis padres y el de mi hermano Luis. Mi padre fue unos de los primeros psiquiatras de España, estudio en Alemania y constituyó el quinteto de los primeros catedráticos de Psiquiatría de nuestro país. Mi madre, sin tener carrera universitaria –eran otros tiempos- , hablaba francés y alemán y era una fuera de serie. Mi hermano me enseñó a estudiar y a ser ordenado y su ejemplo fue decisivo para mi.

8. Buena capacidad para la convivencia. No conozco nada mas complicada que convivir. Es un arte que necesita tanto de la pasión como de la paciencia. Saber pasar por alto los roces y dificultades, es algo que necesita tiempo y capacidad de observación y evitar una sensibilidad psicológica demasiado fina. La convivencia es tolerancia y respeto del espacio del otro. Y no llevar cuentas de fallos, errores, atranques, dificultades y cosas similares.

9. Una persona equilibrada ha ido elaborando sentido de la vida. La palabra sentido cobija en su senos tres significados: 1) Sentido es dirección: saber hacia donde me dirijo; 2)Sentido es contenido: tener fuertes los argumentos por los que vivir, que la cabeza se pueble de lo mejor: amor y trabajo conjugan la felicidad; 3) Sentido es coherencia de vida, que luchemos porque existan dentro de nosotros el menor número de contradicciones posibles.

10. Tener una salud física básicamente positiva. Este punto daría para mucho. El que tiene una enfermedad física importante –desde un padecimiento crónico, a una enfermedad incapacitante, desde una diabetes difícil de controlar a un lupus eritematoso o una depresión bipolar, etc- puede perder el equilibrio o desdibujarse éste por exigencias de ese estado somático.

Enrique Rojas

Los siete hábitos de la excelencia


Los siete hábitos de excelencia son los siguientes:

1.SABER ESCUCHAR: para acercarnos a los demás, el primer paso es tener la capacidad de escuchar, las personas desean ser escuchadas. La gente va por la vida buscando un confidente, pero todos pretendemos hablar y nadie dedicarse a escuchar.

La calidad humana empieza por escuchar, por el puro interés de servir. Nuestra capacidad de estar cerca de los demás depende de nuestras capacidad de escucharlos.
Cuando sabes escuchar la gente nos admira y nos busca porque les damos confianza.

2.SABER HABLAR: si sabes escuchar ya dimos el primer paso, ahora nos toca saber como utilizar las palabras, es decir, saber hablar.

Para lograr una comunicación excelente es necesario estar siempre alertas, estando siempre conscientes de lo que decimos. La pérdida de la excelencia en la comunicación nos lleva a ofender a las personas y apartarnos de ellas.

El decir con excelencia nos da el máximo don humano: la comunicación.

3.SABER MOTIVAR: es consecuencia de los dos primeros hábitos, si en verdad sabemos escuchar y sabemos qué decir, la motivación será lo más fácil. Motivar en realidad es fácil, pero con control de nosotros mismos, para ser amados por la gente necesitamos motivar.

4.SABER DOMINARSE: la maestría en el dominio surge en la práctica de los tres hábitos anteriores. Pero el auténtico, profundo y verdadero dominio surge con la continuidad. Vivir de instante en instante es excelencia es dominarnos a nosotros mismos.

5.SABER CRECER Y APRENDER A VIVIR: el que se domina y vence a sí mismo esta lleno de sabiduría interior.

El verdadero sabio, amante de la excelencia, va por la vida aprendiendo de los demás, dispuesto a escuchar y a hablar con excelencia.

La norma básica de la sabiduría es la humildad. Cuando nuestros conocimientos por muy amplios que sean no están provistos de valores entonces carecemos de humildad. El sabio ni ofende ni humilla, porque es generoso con el que no sabe.

Nuestros conocimientos deben acercarnos a las personas. La clave es compartir con los demás lo que sabemos para que todos lo sepan. Si no perdemos nuestra capacidad de aprender, seremos humildes.

6.SABER TRABAJAR: el trabajo es mucho más que una necesidad. Todos tenemos una vocación: ser madre, maestro, político, sacerdote, militar, todos debemos seguir el llamado interior que nos impulsa a realizar nuestras vidas. Todos tenemos aficiones.

Pero llevamos una vida tan cansada y monótona que no sabemos vivir. El trabajo es una esclavitud y trabajamos sin voluntad, mecánicamente, observamos quebrantados nuestros sueños de la infancia ó de la juventud, por perder la capacidad de la superación personal.

Solo la calidad humana nos ayudará a superarnos. La búsqueda de excelencia en el ámbito laboral, moral, social; es estar juntos, trabajar en equipo con sentido de pertenencia y amor al grupo, a la familia ó a la nación, solo así haremos del trabajo reservado a los hombres un privilegio.

7.SABER IR AL INTERIOR: cuando logremos vivir los seis hábitos anteriores, estaremos preparados para recorrer un camino más profundo.

Es la práctica de la reflexión interior y del diálogo interno en dónde nos conocemos a nosotros mismos. En ese viaje interior nos daremos cuenta si estamos satisfechos con nosotros mismos.

De cada uno de nosotros depende ser el dueño de nuestro propio destino, dirigir nuestra propia vida como dueño de la propia voluntad, del espíritu y del cuerpo por el camino que decididamos, y guiados por los valores que conducen a la excelencia.

Lo que un emprendedor nunca debe hacer: la not to do list


Lo que un emprendedor nunca debe hacer: la not to do list

En el mundo ideal de los negocios, todos estamos llenos de “to do list”: las listas con lo que hay que hacer para sacar adelante un negocio, un proyecto, una idea... pero rara vez consideramos lo que no deberíamos hacer para hundir esa idea, desmantelar ese proyecto o fracasar en ese negocio. Y es que hacer es tan importante como dejar de hacer.

Realizar una “not to do list” implica uno de los ejercicios más importantes del emprendedor: adelantarse a sus propios errores, visualizar sus pasos en falso, realizar un control de calidad antes de que el proceso mismo ocurra.
¿Cómo se hace una lista de lo que lo hay que hacer?
Del mismo modo en que se escriba una lista de tareas programadas: con enunciados sencillos y claros, que describan la tarea a no hacer.

1. Evitar llamadas de proveedores
2. Seguir con una política de puertas cerradas
3. No ajustar los presupuestos

Y eso sí: hay que tenerla siempre a mano.

Ideas para potenciar tu memoria para tener una mente joven y productiva


La rutina diaria, la repetición de tareas mecánicas y la edad traen consigo una declinación de las capacidades de la memoria y de la organización. Hay, afortunadamente, sencillas estrategias para combatir ese deterioro y fortalecer la memoria.

1. Juega ajedrez
Toda forma de actividad mental fortalece la memoria y evita el deterioro de las células nerviosas. Leer, jugar, los retos intelectuales (como el ajedrez) son valiosas herramientas para una mejor memoria.

2. Mantén el amor“El amor que diste es igual al amor que recibes” es una máxima de John Lennon que se cumple también a un nivel neurológico: el afecto que recibimos ejercita y fortalece nuestra mente.

3. Estudia
Las autopsias de grandes estudiosos han demostrado que la mente crea rutas alternativas para trasmitir impulsos y conocimiento, diferentes sinapsis para diversos estímulos. Entre más se estudia, más vías crea el cerebro, y más alternativas para el flujo de la información.

4. Nunca dejes de exigirte
No te cierres ante lo que parezca lejano o incomprensible: lejos de ello, aprende nuevos idiomas, técnicas, conocimientos, considera otras opiniones y soluciones para un problema. Exigir al cerebro, a cualquier edad, lo estimula, ejercita y fortalece.

5. Reduce el riesgo vascular
Evita el riesgo de accidentes cerebrovasculares. Come sanamente, ejercítate, evita la tensión prolongada.

Pensamientos originales


Son bastantes los que apenas leen nada y se consideran muy originales en su pensamiento. Les parece que están poco influidos por lo que dicen los demás y que, por eso, casi todo lo que dicen ellos es producto de su deducción personal. Hacen con rotundidad unas afirmaciones aparentemente propias, pero la realidad es que repiten frases que han cazado al vuelo en el comentario a una noticia, o en una conversación, y esas ideas les han seducido de tal manera que, sin demasiada reflexión, las han incorporado a su equipaje intelectual y las repiten sin apenas análisis crítico.

Como ha señalado Alejandro Llano, «lo leído va formando una especie de humus en el que crecen las ideas personales. No hay una contraposición entre la originalidad y el conocimiento de lo que otros han escrito. Todo lo contrario: si se lee poco, se acaba recayendo en los tópicos más gastados que por falta de información se consideran ideas propias.»

Cuanto menos se lee y menos se escucha, paradójicamente, menos propias son las ideas que consideramos propias. Si no somos constantes en nuestra formación, si no leemos mucho, si no analizamos con sentido crítico lo que escuchamos, si no sabemos contrastar las opiniones, entonces caemos con facilidad en planteamientos engañosos. Para cultivar un pensamiento realmente propio, hay que haber leído mucho. Y hay que haber leído textos de los fáciles y de los difíciles, de una época y de otra, de culturas y visiones diferentes. La falta de bagaje cultural nos hace perder perspectiva histórica, reduce la profundidad de nuestros juicios y nos lleva —como también ha escrito el profesor Llano— «a un continuo deslizamiento por la brillantez de superficies niqueladas que esconden lo que son y deforman lo que reflejan».

El núcleo del propio pensamiento debe formarse poco a poco, destilando los pensamientos de otros hasta encontrar nuestra propia síntesis personal, nuestra verdadera manera de ser y de pensar, sin quedar constreñido a los convencionalismos del momento, o a las opiniones dominantes que sutilmente difunden los poderosos, o quizá al propio capricho intelectual, que también es un peligro nada desdeñable.

Analizando críticamente las opiniones de otros, podemos llegar a una comprensión crítica de la sociedad, cosa totalmente imprescindible para afrontar con sensatez los numerosos dilemas que nos plantea la vida. La lectura nos da acceso a los mejores pensamientos que el transcurso de la historia ha ido acumulando en el gran tesoro del saber del hombre, a lo largo y ancho de la tierra, y a lo largo y ancho de los siglos. Leer mucho nos permite considerar con hondura todo aquello que rodea y condiciona nuestra vida y la de los demás. Nos hace verdaderamente creativos e innovadores. Nos aleja de las conclusiones simples, del relativismo ingenuo, del fanatismo torpe o del dogmatismo obtuso. Los profundos problemas que afectan al hombre no tienen una solución simple, y sólo quien ha adquirido la suficiente formación puede llegar a encontrar soluciones que aporten de verdad.

Quienes leen poco, siguen fielmente la opinión de su periódico o de su cadena de radio o de televisión, y sólo cambian de parecer cuando esas personas lo hacen, es decir, cuando todo “su mundo” lo hace. No es que propiamente abandonen entonces esas opiniones, sino que mejor podría decirse que son las opiniones las que le abandonan a él, con la misma facilidad que arraigaron antes en su mente, sin que ellos se tomaran la molestia de elegirlas.

Sólo el que mucho ha leído, el que mucho ha preguntado, el que mucho se ha preguntado, puede comprender mucho. Y sólo el que mucho comprende hace justicia a las personas y a las ideas. Quienes a lo largo de su vida hayan leído muchos libros, y hayan sabido elegirlos con acierto, serán personas con un poso profundo, buenos conocedores de lo que hay en el fondo de cada cosa, hombres y mujeres que en la oscuridad del silencio saben leer los corazones

www.interrogantes.net/Alfonso-Aguilo-Pensamientos-originales

Antiabortistas a la cárcel


Pues ahí lo tenemos: el aborto convertido en derecho; esto es, en bien jurídico amparado por la ley, que a partir de hoy se ocupará de velar por su protección efectiva y de remover cualquier obstáculo que trate de impedir su libre ejercicio. ¿Y qué son los médicos que invocan la objeción de conciencia para negarse a perpetrar un aborto o las universidades que se niegan a enseñar las técnicas para perpetrarlo, sino obstáculos que la ley se encargará de remover? Sospecho que ni siquiera los detractores de la nueva ley son capaces de vislumbrar su verdadero alcance: un médico que, a partir de hoy, rechace su participación en un aborto invocando la libertad de conciencia se convertirá ipso facto en un delincuente; y lo mismo le ocurrirá a una universidad que invoque la libertad de cátedra para excluir de su programa académico la enseñanza de las técnicas abortivas. Porque ni la libertad de conciencia ni la libertad de cátedra pueden ser baluartes contra el ejercicio de un derecho; y eso es el aborto a partir de hoy: el derecho a exterminar vidas inocentes porque nos da la real gana, en un acto de libre disposición. Y quien se oponga a la consecución de ese derecho será llamado, desde hoy, criminal.

Así actúa la lógica del mal: primero encumbra con desfachatez nominalista un crimen a la categoría de derecho; y, después, siguiendo un irreprochable método deductivo, califica de criminales a quienes estorban su libre ejercicio. Con los médicos que se nieguen a perpetrar abortos se elaborarán, por el momento, listas negras que dificulten su traslado y entorpezcan su promoción; pero esto es tan sólo el aperitivo de lo que viene después: en apenas unos años, los médicos antiabortistas -los pocos que para entonces queden- serán reos de delito y conducidos a la cárcel; las universidades que se nieguen a enseñar a sus alumnos cómo se trocea un feto serán clausuradas por orden gubernativa, y sus responsables enviados también a la cárcel. Así se cumplirá lo que Thoreau anticipaba en su opúsculo Desobediencia civil: «Bajo un Estado que encarcela injustamente, el lugar del hombre justo es la cárcel. Es la única casa en la que se puede permanecer con honor». Allí también estaremos, desde luego, quienes nos atrevamos con nuestra pluma a seguir calificando el aborto de crimen; que seremos, por cierto, muy pocos. Y, ante los ojos de la masa cretinizada, apareceremos, en efecto, como criminales que se oponen al progreso de la Humanidad (la mayúscula que no falte); y probablemente, mientras nos lleven esposados ante un juez, o mientras nos introduzcan en el furgón policial que nos conducirá a la celda, seremos vituperados y escupidos, como se suele hacer con los criminales más sórdidos.

Analicemos el modus operandi de la lógica del mal: un médico que se opusiera a que sus pacientes reciban una transfusión de sangre sería apartado de su puesto y conducido a la cárcel, pues estaría negándoles el derecho a la salud; lo mismo le ocurriría a un profesor que desde la cátedra se declarase contrario al acceso de las mujeres al mercado laboral. Ni la objeción de conciencia ni la libertad de cátedra pueden alegarse para amparar la conculcación de derechos. Y, desde el momento en que la ley institucionaliza el crimen, encumbrando el aborto a la categoría de derecho, el médico que se niega a perpetrarlo es como el médico que se niega a realizar una transfusión de sangre; el profesor que se niega a enseñar cómo se practica es como el profesor que se declara contrario al acceso de las mujeres al mercado laboral: criminales confesos sobre quienes debe caer el peso de la ley. Así ocurrirá, más temprano que tarde; y las cárceles se convertirán, como intuyó Thoreau, en la casa de los justos; de los pocos justos que, para entonces, aún no hayan flojeado en sus convicciones

Juan Manuel de Prada

Empeñarse en la propia felicidad, camino seguro a la depresión


Julián Marías ha definido a la felicidad el “imposible necesario”, la gran paradoja, porque todos tenemos necesidad de ser felices pero no acabamos de conseguirlo en esta vida.

Empeñarse en la propia felicidad es billete seguro a la depresión y a la frustración. La felicidad, nos dice Javier Cuadras en su excelente libro, “Después de amar, te amaré”, es como el sueño en una noche de insomnio: cuanto más se concentra uno en aprehenderlo, más esquivo se hace. Sin embargo, si, como dicen los especialistas en sueño, uno se olvida, se levanta, lee…entonces es más probable que el sueño acuda.

La conclusión de esto es que uno no vive para ser feliz, sino para hacer feliz. Por ejemplo, en el matrimonio el compromiso del amor es la felicidad del otro, no la propia, porque a nadie se le oculta que si la única o la primera felicidad que buscamos es la nuestra, no amamos al otro, sino a nosotros mismos, cosa, por otra parte, bastante natural. Amar a los demás requiere esfuerzo. Pero es un esfuerzo muy bien remunerado: olvidarnos de nuestra felicidad tiene como recompensa esa misma felicidad. La experiencia de cada uno de nosotros lo confirma.

No busquemos la alegría en grandes profundidades. Desde luego, como recuerda Martí, lo primero es la paz interior, con ella, la alegría está asegurada pase lo que pase.

Empieza bien el año

Este año nuevo puedes hacer algo diferente. En lugar de engañarse, piensa en estas dificultades y usa sus soluciones como una herramienta para mantenerse enfocado hacia la meta.

Sonríe más
La risa reduce la ansiedad y la tensión. Intenta ponerle felicidad a tu vida, toma las cosas con sentido del humor, tampoco se trata de estar carcajeando por todo, pero si el estrés te agobia para por 5 minutos tómate un café y por qué no charla con un compañero que te haga reír.

No a los pensamientos negativos
Si tu cerebro recibe todo el tiempo frases como “No puedo”, “No me va resultar”, “Todo sale mal”, actuará de esa misma forma y esto se reflejará en tu vida laboral, así que empieza por ser más positivo verás como todo te resulta mejor.

No todo se puede hacer el día de hoy
Aunque haya cosas que no se pueden dejar para mañana, no todo tienes que hacerlo el día de hoy, no seas una persona maniática del trabajo si ya te sientes demasiado cansado mejor vete a descasar y en la mañana llega un poco antes.

Escribe tus pendientes
Acostumbrados a la tecnología, a las agendas digitales, a tu organizador personal… Pues, toma este consejo, escribe una lista de tus pendientes, cuando anotas lo recuerdas mejor, una pequeña lista con tus deberes del día te ayudará a no olvidarlos.

La poderosa chispa de la vida de Rom Houben


Intuyo - con una intuición que es casi certeza absoluta- que la historia de Rom Houben, el chico de la fotografía, será tratada - si es que lo es- más como una "curiosidad" cargada de morbo que como una seria advertencia, un aldabonazo allá donde el zumbido de la legalización de la eutanasia perfora los oídos , allí donde algunos se creen con derecho y poder para decididir quién puede vivir y quién tiene que morir...

Por ello - y con toda humildad- me voy a encargar de difundir los poderosos chispazos, la entusiasta lucha por la existencia de Rom Houben.
Hace veintitrés años, Rom Houben -que ha cumplido 46-, belga, estudiante de Ingeniería y experto en artes marciales, sufrió un accidente de automóvil.
Los médicos que lo atendieron en Zolder, Bélgica, fueron tajantes en el diagnóstico: "Estado vegetativo persistente", "su conciencia está extinguida". Y, aparentemente, no fueron negligentes en el examen de Houben: lo sometieron a la universalmente aceptada Escala de Glasgow, que evalúa la vista, el habla y las respuestas motoras. Rom se hallaba, en su docta opinión, en coma irreversible.
Pero, hace tres años, el neurólogo Steven Laureys, de la Universidad de Lieja, revisó el caso de Rom Houben: lo examinó con escáners de última generación y descubrió que el cerebro del aparentemente "vegetal" funcionaba con perfecta normalidad.
Laureys mantiene - y la realidad, el caso de Rom Houben, parece apoyar firmemente su teoría- que, a menudo, "los pacientes considerados en estado vegetativo están mal diagnosticados. Cualquier persona a la que se pone la etiqueta de 'incosnciente', rara vez se deshace de ella. Sólo en Alemania, cada año, unas cien mil personas sufren lesiones cerebrales traumáticas graves. Se estima que entre tres y cinco mil de ellas quedan atrapadas en una fase intermedia". Como Rom Houben: primeros en las listas de candidatos a la eutanasia por 'desenchufe'...
Yo creo que, en fin, lo que convierte la historia de la poderosa chispa de la vida de Rom Houben - que, durante los veintitres años como presunto 'vegetal', estuvo siempre acompañado por su padres y sus amigos- en adventencia, aldabonazo, aviso son sus propias palabras, las de Houben: "Todo ese tiempo soñaba con una vida mejor... Es probable que nunca abandone el hospital pero ahora tengo un dispositivo especial encima de mi cama que incluso me permite leer libros mientras estoy acostado. Quiero leer, hablar con mis amigos mediante el ordenador y disfrutar de la vida ahora que la gente sabe que no estoy muerto". En realidad, Rom Houben - como tantos otros- nunca, jamás, estuvo muerto...