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Ser agradable



Aquella ferretería no tenía nada de especial. En sus estanterías podías encontrar toda clase de cacharros, herramientas, menaje, y demás utensilios de lo más variopinto. Era un establecimiento tradicional, de extensión reducida, en el que muchos productos colgaban de las paredes e incluso del techo, en un ejercicio admirable de aprovechamiento del espacio. Tras el mostrador se movía con destreza el comerciante, un hombre de mediana edad, delgado y pulcro. Me acerqué a él y observé un cartel en la pared con un mensaje de lo más inesperado: “Es agradable ser importante, pero es mucho más importante ser agradable”. Vaya con el ferretero, pensé.


Insistimos con tesón en la necesidad de que nuestros gestores desarrollen competencias nada fáciles. Les pedimos que aprendan continuamente y que consigan hacer cada día más con menos, emulando el milagro de los panes y los peces.

Hace unas semanas leía en estas páginas un artículo de José Ramón Fernández, conocido consultor a quien respeto y admiro, que nos hablaba sobre el denominado diálogo experto, “como fórmula de conversación y como cultura de comunicación”. Aludía a esta técnica y citaba de paso otros conceptos complejos, como las teorías sistémicas, dinámicas no lineales, ontología, modelos mentales y lógica multivalorada. Estoy convencido de la utilidad práctica de estas ideas y de su aplicabilidad para mejorar la efectividad de nuestra gestión. Converso a veces con él sobre estos temas y me resulta de lo más estimulante, al igual que sus lecturas recomendadas.

Pero pasamos por alto algunos detalles que pueden facilitar o entorpecer enormemente las cosas. Olvidamos lo más básico, lo que hace que muchas veces merezca la pena entregar nuestro esfuerzo e ilusión con generosidad e incluso con entusiasmo, o que en cambio veamos el trabajo como un castigo divino al que fuimos condenados en el Antiguo Testamento.

Se trata de algo bastante sencillo, aunque no simple, que no figura en sofisticados tratados sobre management, y que consiste en ser agradable a los demás; que a la gente le apetezca estar con nosotros porque se sienta a gusto en nuestra compañía. La amabilidad y el trato afable son perfectamente compatibles con los conflictos de intereses o las pequeñas tensiones de la vida laboral.

Todos hemos vivido en alguna ocasión la ingrata experiencia de tratar con alguien con quien relacionarse era un suplicio, ya fuera cuestión de mal carácter, falta de autocontrol, frustración o amargura. Si además se trata de una relación jefe-colaborador, las consecuencias son mucho más graves. Trabajar duro no es lo mismo que estar en un balneario, pero tampoco puede suponer una especie de tortura. Y eso depende, sobre todo, de la actitud y el comportamiento de la gente que nos rodea, con la que despachamos cada día, compartimos metas, esfuerzos, ilusiones o desventuras, que también las hay.

Hace años Dan, un importante directivo americano, contaba con pasión a los empleados de la filial española cuáles eran sus objetivos de negocio en una multitudinaria reunión. Cuando terminó, les indicó que además él tenía tres objetivos personales: bajar el hándicap de golf, estar más tiempo con su familia y ser alguien agradable con quien trabajar. Mira por dónde coincidía con nuestro amigo el ferretero. A partir de ahí, cualquier inversión en fomentar el arte del diálogo con las mejores técnicas “para solucionar las disonancias del concierto corporativo”, como decía el citado artículo, será muy bienvenida.

Autor: Plácido Fajardo
Director general de recursos humanos de Telefónica de España

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