
Se mire como se mire, el embrión es un individuo de la especie humana.
Es inevitable. Tesis erradas sólo pueden ser defendidas con argumentos averiados. Ahora que Zapatero ha nombrado ministro a un catedrático de Metafísica, va a resultar que la filósofa del Gobierno es, en realidad, Bibiana Aído. Para justificar su proyecto de convertir el delito de aborto en un derecho de la mujer, la ministra de Igualdad ha afirmado (decir “argumentar” sería injusta exageración) que el embrión es un ser vivo, pero no un ser humano. Ante tan asombrosa afirmación, muchos se preguntarán a qué especie pertenece entonces, ya que todo ser vivo pertenece a una especie. En cualquier caso, para Aído, parece tratarse de un heideggeriano “ser-para-la-muerte”. Aparte de los hombres veraces, personas de palabra, se dice que la verdad la dicen los niños, los borrachos y los locos. Y, quizá, cabría añadir que, en ocasiones, se les escapa también a los necios. Pues lo cierto es que el disparate con cartera encierra una necesidad para quienes defienden, como ella, el descabellado proyecto. Pues si se tratara de un ser humano, su destrucción entrañaría la de un ser humano, es decir, de un hombre. Admitir el derecho al aborto mediante una ley de plazos, entraña, de suyo, la tesis es que el embrión, al menos antes del arbitrario plazo, no puede ser humano. En caso contrario, uno estaría justificando la eliminación voluntaria de un ser humano indefenso. Quizá sin quererlo, la ministra ha planteado la cuestión radical. La negación de la humanidad del embrión es la condición (falsa) indispensable para poder legitimar (falsamente) su eliminación. La conclusión cartesiana es que no pertenece a ninguna especie. Por lo tanto, puede ser tratado como una cosa; incluso, por lo demás, prescindible y molesta. Con razón decía Habermas que íbamos camino de cambiar nuestra autocomprensión como especie. No sólo eso; ya estamos negándola. Bibiana Aído ha declarado, tampoco sé si con genuina deliberación previa, que su posición es defendida por la mayoría del Gobierno y de su partido. Eso significa que no por todos. Ardemos en ansias de saber la identidad del ministro o ministros discrepantes.
El habitual equipo “intelectual” auxiliar se ha apresurado a socorrer a la menesterosa ministra. Pero no es fácil defender lo que no tiene defensa. El subterfugio ha consistido en apelar a la dificultad filosófica de definir al ser humano o a la persona. La filosofía, como coartada. Se ve que el ser humano, como la Nación, es concepto discutido y discutible. Pero el problema no reside en la determinación del atributo o atributos esenciales de la especie humana.
La criminalidad del aborto no depende de la solución a esta espinosa cuestión filosófica. Ya sea el bípedo implume, el hablante, el ser racional, el animal social, el ente que sabe que va a morir, el ser capaz de humor (me temo que no es ésta una nota universal), el poseedor de un alma inmortal, el ser religioso, el animal consciente de sí mismo, o lo que se quiera, el precepto “no matarás” seguirá vigente. Pues, en caso contrario, cabría eliminar, con los embriones, a todos los nacidos que no cumplan el esencial requisito, incluida, en su caso, la falta de sentido del humor. Se mire por donde se mire, el embrión humano es un individuo de la especie humana. Matarlo es matar a un individuo de la especie humana. Como la invisibilidad de la víctima atenúa el sentimiento de culpa del victimario, propongamos que la ministra obligue a los parlamentarios a la contemplación de imágenes de embriones de 14 semanas. Más que nada para que se formen criterio. Y que esas tres jornadas mágicas de reflexión que se imponen a la abortista en ciernes, incluyan la visión de su propio hijo. Hay que decidir, sí, pero con conocimiento de causa.
En el fondo, la historia no es nueva. Siempre que alguien ha pretendido eliminar a otro, ha empezado por negarle la condición humana. Es lo que, coherente, pero terriblemente, acaba de hacer la ministra: negar la condición humana del embrión. Eso significa que su condición es inhumana.
Ignacio Sánchez Cámara es catedrático de Filosofía del Derecho
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