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Un gran poder transformador


«Una vez más, Michel, como impelido por todas sus fuerzas anímicas, se traslada en su imaginación al lado de la mujer amada y estima la deuda que tiene contraída con ella.

»Evelyne le ha moldeado de nuevo, lo ha reformado, ha hecho de él otro hombre. Recuerda lo que era antes de conocerla y lo que ahora es, sólo porque ella ha tenido fe en él, porque le juzgó, en el fondo, más perfecto y mejor de lo que era en realidad.
»Ahora lo ve claro. Lo que ella vio en él es el hombre que ha querido ser. Y puede decirle: “Mi corazón es lo que tú has querido que fuera. Este hombre que ves es el resultado de tu obra”.

»En cierto modo somos siempre lo que la mujer que amamos quiere que seamos. La misión de la mujer es la de volver a crear al hombre. Alcanzar la verdad a través del amor es el más bello y hermoso destino que puede darse en este mundo.»

Estas reflexiones extraídas de “Cuerpos y almas”, una de las mejores novelas de Maxence van der Meersch, muestran un pequeño destello de hasta qué punto el amor puede transformar a las personas. Un amor entendido como hacer feliz al otro y no cómo un egoísta hacerse feliz a uno mismo. Un amor quizá no entendido por otros y que se abre camino en medio de incomprensiones y frialdades. Un amor percibido no como un buen partido sino como una entrega completa a otra persona que, tal vez, los demás piensan que no lo merece.

Esa apuesta de Michel había sido duramente juzgada por su padre, que durante años menospreció su decisión, hasta que, finalmente, abatido por la terquedad de los errores de toda su vida, comprendió lo que hasta entonces había estado velado a sus ojos: «Lo inexplicable es esto —concluía el anciano doctor hablando a su hijo—, que uno quiera perderse por otro y que perdiendo salga uno ganando. ¡El amor! ¡Todo el misterio de la existencia! Que uno se avenga a perder y perdiendo gane. Lo único que tal vez me haga creer un día... En el fondo, quizá hayas escogido el mejor camino...».

La vida adquiere sentido en la medida en que se entrega, en la medida en que se hace un don y un servicio a los demás. Quien acude al matrimonio buscando en el otro una persona que le quiera y le comprenda y le cuide, en vez de acudir buscando querer, comprender y cuidar a la otra persona, comete un grave error. La persona que hace de la necesidad de ser querida la clave principal de su vida, pero apenas quiere a los otros, resultará siempre una personalidad inmadura y dependiente de ese afecto que tanto ansía.

En cambio, cuando una persona se siente querida, incluso sin apenas merecerlo, es fácil que acoja ese afecto como un don inmerecido ante el que debe corresponder con agradecimiento. Y la forma más lógica de agradecer y corresponder al cariño es queriendo. Y cuando se quiere a las personas, no sólo cambia el modo en que las vemos, sino que hace cambiar también a la persona que quiere.

Las personas son transformadas por el amor que reciben, y así, con ese amor recibido sin esperar nada a cambio, las vidas se acrisolan con el entretejerse de otras vidas humanas y mejoran casi sin darse cuenta. Sin la experiencia de haber sido querido, es difícil querer. Por eso, centrar la vida en los demás —y no como un trueque o contraprestación de sentimientos sino como un darse sin más—, crea una dinámica positiva que transforma por completo cualquier colectivo humano. La experiencia de ser y de sentirse querido perfecciona y agranda la generosidad del querer.

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