¿Por qué una opinión va a ser mejor que otras?


Existe un límite

en el que la tolerancia deja de ser virtud.

E. Burke

¿Poseedores de la verdad?

—Bien, yo no digo que tener la verdad suponga instintos homicidas, pero la historia nos enseña que los hombres que pensaban que siempre tenían razón han sido causantes de guerras, persecuciones, esclavitud, racismo y otras muchas desgracias.

Debo decir que a mí también me parecen muy peligrosos los hombres que piensan tener siempre razón.

Pero una cosa es pretender tener siempre razón, y otra bien distinta decir que existe una verdad universal sobre el bien y el mal, que todos debemos procurar descubrir.

Hay que decir, además, que esos relativistas light también acuden furtivamente a la verdad objetiva cuando les interesa. Por ejemplo, cuando presentan como malas las guerras, las persecuciones, la esclavitud o el racismo (y supongo que queda claro que estoy de acuerdo en que lo son), están ya dando por establecida una verdad objetiva previa sobre la que no discuten.

—De acuerdo, pero ¿qué derecho tengo yo, o cualquier otra persona, a decidir que mi opinión es mejor que las otras?

Es distinto decir de modo altivo "mi opinión es la mejor" (entre otras cosas, porque puede fácilmente no serlo), a decir que, en esa búsqueda de la verdad en que todos debemos estar empeñados, las opiniones que más se acerquen a ella son mejores que las opiniones que estén más lejos.

Lógicamente, el hecho de que exista una verdad universal no da derecho a nadie para ir por la vida como dando lecciones, como engreído poseedor único y absoluto de la verdad: eso sería fundamentalismo (cuestión que trataremos más adelante). Además, como ha escrito Alejandro Llano,

No somos nosotros
los que poseemos la verdad,
es la verdad la que nos posee.

Y como decía Ortega y Gasset, el hombre necesita absolutamente la verdad; y al revés, la verdad es lo único que esencialmente necesita el hombre, su única necesidad incondicional.

No se puede decir que la verdad no exista, ni que dé igual una verdad que otra, ni que la verdad se vaya a componer entre las opiniones de todos. Pero sí ha de aceptarse –aunque se tenga una firme certeza moral sobre una serie de verdades–, que muchos otros tendrán parte de la verdad en ámbitos muy diversos, y también nos iluminan con sus aportaciones y sus hallazgos en esa necesaria y liberadora búsqueda de la verdad.

—Piensas entonces que el problema se reduce a aficionarse a buscar la verdad.

Sí, y es preciso tener presente que

Los hombres somos a veces
muy aficionados a buscar la verdad,
pero bastante reacios
a aceptarla.

A los hombres –decía Gilson–, no nos gusta que la evidencia racional nos acorrale. Incluso cuando la verdad está ahí, en su impersonal e imperiosa objetividad, muchas veces sigue en pie nuestra mayor dificultad: someternos a ella a pesar de no ser exclusivamente nuestra.



Un retorno al etnocentrismo persa

Según explica Herodoto, los persas estaban convencidos de que ellos eran los mejores; y que a ellos les seguían las naciones limítrofes; y que, a su vez, las naciones limítrofes con ésas ocupaban el tercer lugar en este orden decreciente de bondad; y así sucesivamente, disminuye progresivamente su valía a medida que los círculos concéntricos se iban alejando más del núcleo persa.

Esa firme ligazón entre el bien y el bien propio, y una visión del cosmos que reserva un lugar especial para el pueblo al que uno pertenece, retratan bastante bien a aquella primitiva concepción etnocentrista del bien.

Fueron los filósofos griegos –explica Allan Bloom–, los primeros hombres que abordaron la distinción entre bien y bien propio. Empezaron a distinguir entre lo que era exigido por la naturaleza, y lo que era simplemente algo convenido o pactado; entre lo que podía considerarse justo, y lo que era simplemente algo aceptado por un colectivo de personas.

Los filósofos griegos estaban abiertos al bien como tal. Tenían que usar el bien, que no era suyo, para juzgar lo suyo. Comprendieron que si los hombres querían ser verdaderamente humanos, no podían conformarse con lo que les venía dado por su cultura, sino que habían de buscar además el bien. Aquella conciencia del bien, y del deseo de poseerlo, fueron adquisiciones humanizadoras de un valor inestimable.

Con el paso del tiempo, la cultura occidental fue buscando una apertura que encontrara en otras culturas nuevos y mejores estilos. De esos estudios, algunos pensadores de los últimos siglos llegaron a sacar la curiosa conclusión de que los valores y las culturas son terriblemente relativos y que, por tanto, no podemos conocer la verdad (si es que existe), sino simplemente estudiar lo que muchos hombres pensaron sobre la verdad.

Sin embargo, el hecho de que en tiempos y lugares diferentes hayan existido diferentes opiniones sobre el bien y el mal, en absoluto supone que dé igual una que otra. Ante las diferencias de opinión, lo razonable es plantearse cuáles de las expresadas son más cercanas a la verdad, en lugar de rechazarlas todas; lo sensato es tratar de analizar esas diferencias, examinando las razones y argumentos de cada opinión.

Si queremos una actividad intelectual plural y libre –sugiere Alejandro Llano–, hemos de sacudirnos el miedo a pensar por cuenta propia, a reconocer que hay diferencias y rivalidades, a entablar auténticos debates intelectuales, y no cejar hasta descubrir de qué lado está la verdad.

Nadie puede vivir sin una convicción de lo que es el bien y el mal. Todos la necesitamos. Cuando alguien niega que exista una verdad universal, lo que realmente hace es tomar para sí un concepto propio de lo que es la verdad y el bien. Y como el relativismo absoluto es imposible, irá considerando menos válido el concepto de bien a medida que se aleje del concepto suyo. Más o menos, lo mismo que sucedía con el etnocentrismo persa, solo que ahora poniéndose en el centro uno mismo, en vez de al pueblo persa.



¿Son peligrosas las convicciones fuertes?

Los relativistas sostienen que la cuestión no es ver quién tiene razón, sino más bien no pensar en absoluto que se tiene razón. Dicen que el verdadero peligro es el hombre con convicciones fuertes.

—De todas formas, ¿no te parecen peligrosos los hombres con convicciones demasiado fuertes?

Como ha señalado Daniel Innerarity, apelar a la tolerancia para desacreditar la posibilidad de convicciones fuertes sería un error de bulto, puesto que la tolerancia se apoya y se alimenta de una convicción.

El respeto a la libertad
se nutre de convicciones firmes.

Además, pocas convicciones son tan fuertes como las del lenguaje relativista, que esconde un sorprendente dogmatismo. El relativismo no manifiesta dudas en sus convicciones sobre cómo debe ser la sociedad, sino que se mantiene muy firme en su propósito de imponer a todos su concepción relativista. Nunca explican por qué, si dicen que todos los valores son relativos, los suyos propios deben obligarnos a todos.

—¿Y no podría haber unos valores que obligaran a todos, pero cambiantes según los condicionamientos culturales de la época?

Ante preguntas de este tipo, Bloom solía contestar a sus alumnos planteando un caso práctico. Les decía, por ejemplo: si usted hubiera sido administrador británico en la India hace unas decenas de años, ¿habría permitido que los nativos sometidos a su jurisdicción quemaran, en el propio funeral, a la viuda de un hombre recién fallecido?

Porque si se sostiene que los valores son sustancialmente relativos y subjetivos, es difícil decir por qué eso debe impedirse. El relativista, si es consecuente, cae pronto atrapado en su propia lógica, pues se ve obligado a admitir lo inadmisible.

Los condicionamientos culturales de la época son importantes, y pueden introducir algunas variantes en la percepción moral de algunas cuestiones, pero eso es muy distinto del relativismo.

Someter al hombre a tortura, condenar al inocente, quitarle la vida o privarlo de los derechos inalienables que le pertenecen como persona son ejemplos de acciones de suyo reprobables. Así de estrecha es la relación del hombre con la verdad y el bien. Ninguna situación histórica, peculiaridad cultural o razón política puede suprimir su irrestricta validez.



El riesgo del fanatismo

—¿De todas formas, y aunque se ha avanzado mucho, no te parece que sigue siendo preciso que la sociedad sea más tolerante y haya menos gente fanática?

Sin duda. El fanático es uno de los más grandes enemigos de la libertad. El fanatismo es como una plaga nauseabunda que anida en el corazón de quien no quiere ver el mal que hace. El fanático se pasa la vida denunciando el mal, pero nunca lo encuentra dentro de sí mismo (habitualmente porque está sumergido en él).

El fanático pretende poner a los buenos a un lado y a los malos al otro, y situarse en el lado de los buenos, y decir que a los malos se les puede maltratar: ese es el errado maniqueísmo de la dialéctica del fanático.

El fanático olvida que el fin no justifica los medios, que no puede buscarse un fin bueno –y además, dudosamente bueno, en la mayoría de los casos– empleando medios inmorales. Hay que perseguir el mal, pero dentro de la ley y dentro de la moral, y teniendo en cuenta siempre los principios fundamentales de la tolerancia.

—¿Y te parece que fomentar la tolerancia es eficaz para erradicar el fanatismo?

Por supuesto. Pero la tolerancia debe aplicarse correctamente, y que tiene unos límites, pues –como señala Innerarity– hay ocasiones en que es imposible describir o presenciar una injusticia sin protestar contra esa injusticia, y juzgaríamos una vileza cualquier empeño por parecer neutral.

Es una falsa alternativa la que plantea una única alternativa entre fanatismo por un lado y relativismo o escepticismo por otro:

Como tantos extremos,
la ceguera furiosa del fanático
y la ceguera cínica del escéptico
se tocan, cruzan y pactan entre sí.

Toda sociedad necesita de valores firmes, de convencimientos no hipotéticos. Esta necesidad resultaba evidente para los fundadores del estado de derecho: la abolición de la tortura y la esclavitud no fue el resultado de una hipótesis, ni los derechos humanos fueron una propuesta, sino una proclamación. La aparente terquedad con que se alzan determinados valores humanos innegociables responde a una profunda sabiduría.



Tolerancia y comprensión

—De todas formas, no siempre es fácil vivir conforme a la moral. Hay que esforzarse para lograrlo, y hay que ser comprensivo, de alguna manera, con quienes no lo logran.

Sí, siempre que eso no desemboque en un tolerarlo todo con la excusa de que no es fácil hacer el bien.

Si alguien comete un robo, una violación o un asesinato, hay que ser comprensivo con él, y quizá haya circunstancias eximentes o atenuantes, pero de modo general esos hechos –en sí mismos– nunca deben tolerarse.

Es cierto que ser buen conocedor de la dificultad que entraña la lucha por el bien aleja al hombre del fanatismo y le hace profundamente comprensivo, y eso es bueno.

Pero la convivencia humana exige una lucha individual interior contra las malas tendencias que todo hombre tiene, puesto que esa lucha tiene consecuencias también para quienes le rodean. Ni las leyes ni los jueces deben inmiscuirse en el fuero interno de las personas, pero las leyes y los jueces no lograrían hacer nada por la convivencia humana si no hubiera en los ciudadanos un esfuerzo individual por vivir de un modo ético.

Hay que ser comprensivo, por tanto, pero sin olvidar que la buena convivencia social –y por tanto, la tolerancia– implican una seria exigencia moral personal.

—¿Y no crees que hay épocas en las que quizá esa lucha es más difícil, y hay que ser aún más comprensivo? Hay quien dice que la única bondad es la indulgencia.

No es lo mismo tolerancia que indulgencia. Pero, en cualquier caso, si no se aplica correctamente, también la indulgencia puede ser injusta, destructiva y cruel. Con indulgencia solo, no se puede promover el bien, ni educar a nadie, ni hacer que impere la justicia.

Hay que ser comprensivo siempre, pero la comprensión no lo arregla todo. No hay que olvidar, además, que la moral no está pensada solo para los buenos tiempos, sino que, de hecho, cuando más falta hace es en los malos tiempos. Los malos tiempos no justifican las malas acciones ni la mala vida. Como dijo Tomás Moro,

Los tiempos no son nunca tan malos
como para impedir que
un hombre bueno viva en ellos.

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