Con ojos... de mujer: No estamos solos


Hace algún tiempo trabajé en un sitio en el que la sola mención del término Iglesia generaba un verdadero arrebato de ira en muchos de mis compañeros. A renglón seguido, solía tener lugar un curioso fenómeno muy habitual en España. Al hablar de religión, el español medio se transforma en paladín del laicismo mal entendido, revestido de un supuesto progresismo que muchas veces sólo esgrime porque cree que le rejuvenece. El monólogo –que nunca conversación– del atacante del catolicismo solía estar plagado de los mismos tópicos que algunas tertulias radiofónicas repiten una y otra vez: que si las Cruzadas, que si la Inquisición, que si los tesoros del Vaticano, que si la falsa moral... Con semejante panorama, ¡cualquiera tenía el valor de decir abiertamente que, cada día, al salir del trabajo, me metía, casi a escondidas, en una iglesia que estaba de camino a casa! Muchos días tenía la desagradable sensación de estar absolutamente sola.

Una tarde, en misa, giré la vista y me encontré con una compañera de trabajo, unos bancos más atrás. Por supuesto, no se me había ocurrido pensar que ella también era católica. Fue una sensación extraña. Creo que me subieron los colores, porque lo primero que se me pasó por la cabeza fue: Oh, vaya, me han descubierto. Ahora todo el mundo se enterará de que soy católica y tendré el lío montado. Pero enseguida recapacité y caí en la cuenta de que ella estaba en la misma situación que yo. ¡Yo también la había descubierto a ella! Entonces sentí que lo importante de aquella situación era que ninguna de las dos tendríamos que volvernos a sentir solas.

Un par de años después, la noche en que murió Juan Pablo II, las dos nos fuimos a la madrileña plaza de Colón para despedirnos del Papa en el mismo sitio en el que él se despidió de nosotros. Esa noche, ante la sorprendente cantidad de jóvenes que cambiaron sus discotecas y bares por un rato de oración, mi amiga me dijo: «Fíjate, no estamos solas».

Hace un par de días me ocurrió algo en el Metro que me hizo recordar aquella tarde en misa. Iba rezando el Rosario. Cargada como una mula –chaqueta, bolso, bolsa, libro...–, no pude evitar que el rosario se me cayera de las manos. Lo recogí pensando que seguro que todo el vagón tendría la mirada fija en mí como si fuera una marciana verde y con antenas. Cuando me levanté, me encontré con la mirada de una señora de unos 50 años ante la que esbocé la más estúpida de mis sonrisas. Ella me devolvió el gesto, extendió su mano, la abrió, y me mostró su rosario. Ahí acabó la historia, porque el Metro llegó a la siguiente estación y la mujer se bajó. Volví a pensar: «No estamos solos». ¿Cuánta gente llevará cada mañana el rosario medio escondido en la palma de su mano? El resto del día me lo pasé canturreando un tema del grupo Ketama, con una ligera variación: «No estamos solos, que sabemos lo que queremos», dice mi canción.

Fuente: alfayomega.es
María S. Altaba

La vida es muy larga, consejo infernal


Dicen que una vez Satanás reunió en asamblea a todos los demonios – Congreso infernal- con el fin de discutir los medios más aptos para engañar a los hombres. Se levantó un demonio y propuso:
- Lo mejor sería persuadir a los hombres de que Dios no existe.
La propuesta no agradó a la asamblea.
• Aunque les digamos que no existe Dios – explicó Satanás -, es tan evidente que existe, que no nos creerían.
• Podemos decirles –terció otro demonio- que no hay infierno.
Satanás intervino de nuevo:
• Aunque lleguemos a persuadirles de que no hay infierno, seguirán creyendo en el cielo y deseándolo.
Puesto en pie un demonio viejo, dijo con solemnidad:
• Bien, se ha insinuado lo difícil, que es quitar a los hombres ideas tan claras como las de Dios, cielo, infierno, alma....
Dejémoslos con sus ideas. Tratemos de persuadirles de que la vida es muy larga, de que tienen mucho tiempo, de que no hay prisa para preocuparse y ocuparse en salvarse y santificarse.
Un aplauso cerrado acogió esta sugerencia. Muchos demonios vinieron inmediatamente a la tierra con esta propaganda. El éxito fue y sigue siendo extraordinario.

El arte de complicarse la vida


Dándole vueltas a la cabeza, buscando tres pies al gato.
¡Cómo nos inventamos problemas antes de comprobar si existen en realidad! Todos tendemos y hacemos bastante por amargarnos la vida a nosotros mismos. Pero en esa afición hay verdaderos artistas. ¡Cuántas dificultades y desconfianzas inventamos!. Dificultades que solo existen en nuestra imaginación. Y cuanto menos se tiene que hacer, más problemas nos inventamos.

Y ahora ofrecemos una anécdota gráfica titulada el arte de complicarse la vida...

Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta el martillo. Su vecino tiene uno. Así, pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste el martillo. De pronto le asalta una duda: "¿Y si no quiere prestármelo?. Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. A lo mejor tenía prisa. Pero quizás la prisa no era más que un pretexto, y tiene algo contra mí. ¿Qué puede ser?. Yo no le he hecho nada; algo se le habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiera prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también?. ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a un vecino?. Tipos como este le amargan a uno la vida. Y luego se imagina que dependo de él. Solo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo".

Así nuestro hombre sale precipitado a la casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir "buenos días", le grita furioso:" ¡Quédese usted con el martillo, estúpido!". ...

Hoy, ahora (posponer, lucha interior)


Todos los días, a primera hora, Alejandro Magno daba órdenes a sus generales y les decía lo que debían hacer. Por las noches les pedía cuentas, si lo habían hecho o no. Una noche, uno de los generales, llamado Pimérides, había dejado una orden sin cumplir y, al rendir cuentas, dijo:

• Esto será lo primero que haré mañana.

Y Alejandro le preguntó:

• ¿Sabes cómo he podido conquistar un imperio tan grande en tan poco tiempo?.

Pimérides empezaba un discurso en elogio del valor guerrero de su jefe y Alejandro le atajó al momento:

- No, no .Todo eso se supone. Lo he podido hacer no dejando nunca nada para el día siguiente.

La cordialidad: fuente de bienestar


Las relaciones humanas, ese trato entre personas que conviven en la familia, en el trabajo, en la casa de vecinos o en la calle, como simples peatones o a bordo de un automóvil imponente, están en peligro de agriarse por el ritmo cada vez más acelerado con que se vive. En general, cada uno está preocupado por sus cosas y se desentiende de lo que pueden necesitar quienes pasan junto a él.


Por eso, si en todo tiempo se ha estimado la cordialidad como algo verdaderamente valioso para la convivencia, ahora se está haciendo a todas luces imprescindible.

· Un cóctel de cualidades

¿ ¿De qué está hecha la cordialidad? No se puede definir con un solo objetivo , no se puede calificar de una sola manera. Se logra con una mezcla de ingredientes que, agitados en la coctelera, dan como resultado una persona sumamente agradable.

Hay que poner en primer lugar alegría de ánimo y optimismo, de forma que la reacción inmediata ante la presencia de una persona sea siempre la sonrisa abierta. Ser recibido con alegría reconforta, porque de alguna manera al subconsciente ve detrás de la alegría la demostración de que esa persona estima su presencia como algo bueno para ella. La madre de familia que acoge a quienes llega a su casa –familiares, amigos o desconocidos- con una buen semblante, está realizado con esa actitud mayor bien a todos que con miles de palabras, sobre todo si eso lo hace de una manera habitual.

· Palabras más o menos cargadas de calor

En la cordialidad intervienen también las palabras que se dicen y el tono o calor que se pone en ellas. Los investigadores del lenguaje estudian el grado de afecto de las palabras que se emplean, incluso de las que significan lo mismo. Son interesantes los adjetivos que las acompañan: entre decir “niña” o “mi niña” hay un mundo de diferencia, un sencillo “mi” ha llenado de ternura la palabra.

Emplear un lenguaje u otro es también acoger de una manera o de otra. Las palabras van acompañadas de un sonido que aporta además elementos de cordialidad. Muchas veces es el tono empleado el que pone o quita cordialidad a las conversaciones. Sería deseable que nos preocupáramos de adquirir un vocabulario de alto nivel cordial y que nos ejercitáramos en una manera de hablar con tonalidades amables, positivas, estimulantes.

· Y también sinceridad

Pero, además, la cordialidad debe tener sinceridad. Frases amables las hace cualquiera que se lo proponga. Lo que antes se conocía por “buena educación” se centraba en cultivar unas buenas maneras de comportarse y hablar. Eso no es suficiente, porque a través de ellas puede sentirse que se trata de algo puramente superficial. La sinceridad, la franqueza, se forja en el fondo del corazón y fluye de dentro hacia fuera. La cortesía es a modo de máscara exterior; preferible, por supuesto, a los malos modos; pero no puede calificarse de cordialidad.

La sinceridad contribuirá a la cordialidad cuando quien la viva sepa buscar el aspecto positivo de todas las situaciones y de cada una de las personas porque, en caso contrario, si sólo se resalta lo negativo, se pueden encrespar las relaciones humanas.

Es, pues, conveniente habituarse a juzgar viendo lo malo y lo bueno, pero resaltando lo segundo. Esta táctica suele servir de estímulo al individuo así juzgado para tratar de comportarse de acuerdo con aquellas cualidades suyas que se han puesto de relieve

· Un ambiente cordial, el mejor ambiente

Conseguir en las distintas sociedades en las que el individuo participa, un ambiente cordial, es algo que contribuye al bienestar general de esas sociedades.

Fundamentalmente, la familia y el trabajo son los dos grupos sociales en los que todo sujeto se siente inmerso a lo largo de su vida. Por tanto, debe intentarse llevar siempre cordialidad a esos ambientes. Hacerlo no es difícil. Basta un propósito firme y llevarlo a la práctica con perseverancia, una vez y otra, un día y otro, rectificando cuanto sea necesario si en algún momento se ha actuado con menos cordialidad. Una persona sola quizá no logra transformar un ambiente; pero puede ser el estímulo primero para que otros se contagien con la aventura. En la casa, especialmente, si los padres son cordiales, casi de forma obligada también lo serán los hijos. Un buen programa de educación familiar puede ser: vivir cada miembro de la familia, todas las cualidades que integran la cordialidad.

La presión del grupo


...resulta siempre muy fuerte, y en la adolescencia parece que se multiplica por diversos factores: la falta de confianza en sí mismo, la inseguridad y el deseo por no diferenciarse del resto

La presión que ejerce el grupo resulta siempre muy fuerte, y en la adolescencia parece que se multiplica por diversos factores: la falta de confianza en sí mismo, la inseguridad y el deseo por no diferenciarse del resto. Sienten miedo a actuar de otro modo, a verse señalados...

La mejor manera de hacer pasar inadvertida una manzana es esconderla dentro de un cesto de manzanas; y para un adolescente con problemas de complejos, o con falta de seguridad, el grupo de amigos -todos como él- se convierte en la madriguera más cómoda y agradable.

No sólo les ocurre a ellos, puesto que un adulto también se ve presionado muchas veces por las normas sociales, los convencionalismos o lo que piensa su grupo de amigos o compañeros. Si en una oficina están de moda los trajes azules marino, quien lleve uno de color tostado será atravesado por las miradas y comentarios de los demás. ¿Quién está dispuesto a pasar por esa situación? Es más fácil comprarse uno “como los demás” para que al llegar al trabajo nos invada esa confortable sensación de ser uno más.

En la adolescencia ocurre lo mismo, pero en un grado bastante más elevado. Cualquiera que conozca a algún adolescente puede confirmar lo mucho que cambia su trato de cuando estamos a solas con él a cuando se encuentra con su pandilla de amigos. Es otro mundo. La influencia del grupo -desde los amigos del barrio hasta los compañeros de clase- les hace conformarse a lo que todos hacen, lo que todos piensan, lo que todos visten... como si de andar en manada se tratara.

Chicos inseguros

Pero, ¿por qué se produce una presión tan grande durante la adolescencia? ¿Por qué tienen nuestros hijos tanto miedo a ser rechazados por el grupo? Todas estas preguntas inciden directamente en la inseguridad.

La adolescencia es la etapa de la inseguridad radical: ni se sabe lo que se quiere, ni lo que va a ocurrir. Ni siquiera pueden confiar en ellos mismos: De pronto, por una tontería se pelean con su mejor amigo; o aquel chico que tanto la miraba resulta que se estaba fijando en otra de las amigas; las notas bajan y el colegio no les realiza ya en ningún sentido, al contrario, es fuente de frustración; súbitamente, su cuerpo se rebela también y aparecen unos granos terribles...

Todos estos sentimientos nuevos pueden hacer mella en una personalidad débil, haciéndola tambalear.

Sentimientos de inferioridad

Además, de la mano de la inseguridad llegan los sentimientos de inferioridad. Cuando se sienten poco valorados y se dan cuenta de que a menudo se portan como tontos, cuando no se gustan, entonces se encuentran más asustados por la amenaza del ridículo o el rechazo de los amigos y se vuelven mucho más sensibles a quedar en evidencia.

Tienen miedo a que el grupo vaya a rechazarles, de no ser invitados a una fiesta, el miedo de fallar... Así, su gran deseo se resume en sentirse aceptados. Si el chico o la chica, además, tiene algún defecto que le haga realmente diferente de los demás amigos (orejas grandes, poca estatura, obesidad, fealdad...), el deseo de ser aceptado puede convertirse en una obsesión; así, están dispuestos a portarse como auténticos perritos falderos del resto sin tomar conciencia de los ridículo de la situación.

La presión del grupo obliga a hacer cosas: a veces, tonterías sin importancia; otras, situaciones que ponen a nuestros hijos al borde del abismo, aún dándose perfectamente cuenta de que se acercan demasiado. Aquí reside el gran peligro de la influencia del grupo en la adolescencia, llevarles a comportarse de un modo equivocado, incluso sabiendo que eso no es lo correcto. Esto puede ocurrir si nuestro hijo no tiene el valor de diferenciarse de sus amigos y de hacerles frente, especialmente ante situaciones peligrosas. Si no es así, la influencia de los amigos pueden hacerles perder cuotas de identidad y de personalidad.

Ante un adolescente aparecen miles de oportunidades nuevas; puertas que antes quedaban cerradas, ahora ya son capaces de probar a abrirlas. Saben que tomar drogas está mal, pero a veces la presión es tan brutal que, como todos lo hacen, “esa pastilla” que le ofrecen a la puerta de la discoteca, ¡qué novedad!, “probala, no tengas miedo”, “no seas infantil”, que caen. Y así, poco a poco, van haciendo cada vez más cesiones... Incluso les da hasta vergüenza que les guste una música distinta a la que oyen todos, una canción de Enrique Iglesias, por ejemplo, pensando en “qué dirían los colegas si se enteraran”.

La peor época

Antes de que se produzca alguna crisis de este tipo -ceder a la presión o comportarse como uno cree que debe hacerlo- haber hablado de este tema en casa puede serles de gran ayuda. Hay que comprender que esta presión ejerce su peor influencia justo durante la adolescencia. Siempre se puede sacar el tema de conversación a raíz de algún hecho real sucedido a otra persona, una noticia, etc.

Ricardo Regidor
Publicado en Hacer Familia

Sé feliz


Cuenta la leyenda que un hombre oyó decir que la felicidad era un tesoro. A partir de aquel instante comenzó a buscarla. Primero se aventuró por el placer y por todo lo sensual, luego por el poder y la riqueza, después por la fama y la gloria, y así fue recorriendo el mundo del orgullo, del saber, de los viajes, del trabajo, del ocio y de todo cuanto estaba al alcance de su mano. En un recodo del camino vio un letrero que decía: "Le quedan dos meses de vida". Aquel hombre, cansado y desgastado por los sinsabores de la vida se dijo: "Estos dos meses los dedicaré a compartir todo lo que tengo de experiencia, de saber y de vida con las personas que me rodean." Y aquel buscador infatigable de la felicidad, al final de sus días encontró que en su interior, en lo que podía compartir, en el tiempo que le dedicaba a los demás, en la renuncia que hacía de sí mismo por servir, estaba el tesoro que tanto había deseado. Comprendió que para ser feliz se necesita amar, aceptar la vida como viene, disfrutar de lo pequeño y de lo grande, conocerse a sí mismo y aceptarse como se es, sentirse querido y valorado, querer y valorar a los demás, tener razones para vivir y esperar y también razones para morir y descansar. Entendió que la felicidad brota en el corazón, que está unida y ligada a la forma de ver a la gente y de relacionarse con ella; que siempre está de salida y que para tenerla hay que gozar de paz interior. Y recordó aquella sentencia que dice: "Cuánto gozamos con lo poco que tenemos, y cuánto sufrimos por lo mucho que anhelamos equivocadamente."

Prevenir la rebeldía


(de 7 a 12 años) Aprender a mandar. Demasiada protección. Autoritarismo malo. Educar no es cómodo. Ejercer la autoridad. Como rezongar.

Algunos niños pueden resultar especialmente difíciles de tratar. A pesar de encontrarse en una edad tranquila -"la segunda infancia" la llaman los especialistas-, desobedecen, son obstinados, no hacen caso. . . Pequeños rebeldes, con peligro de convertirse en futuros chicos problemáticos, que aún tienen solución. En el fondo de todo chico y chica hay una serie de buenos sentimientos que la naturaleza ha impreso en ellos, a los que hay que saber sacar brillo.

En muchas ocasiones, la raíz del problema se encuentra en una autoridad paterna mal ejercida. Cuando aún son pequeños, a partir de los 7 años, los hijos desobedecen por rechazo hacia lo que no les gusta: un plato de comida, irse a la cama, no poder jugar con sus amigos o usar el video, ir de visita a casa de unos familiares.. . Todos ellos pueden ser motivos de contestación, germen de futuras rebeldías.

Según crecen los hijos (entre los diez y doce años y en la adolescencia), desobedecen no tanto por fastidio de lo que se les manda, sino para protestar contra la idea de subordinación contenida implícitamente en la noción de obediencia. El contenido de la orden les importa menos que el tono de voz de quien la da. No importa tanto el qué sino el cómo. Nos encontramos en el momento de ejercer con especial prudencia la autoridad, para no echar más leña a un fuego que podría ser muy destructivo.

Aprender a mandar

No podemos olvidar que se tratan de exigencias naturales previas y necesarias en el camino hacia el logro de la independencia y del obrar responsable y autónomo.

Hemos de darnos cuenta de que es bueno que a nuestro hijo no le guste el coliflor o prefiera jugar a ir de visita. Se trata de su personalidad, y debe manifestarlo; eso sí, como padres tenemos la torea de educarles: que sean responsables paro estudiar antes de jugar, que sean fuertes para pasar par encima de los pequeñas sufrimientos. . . En definitiva, poner su amor propio del lado del bien y conseguir que obedezcan en un clima de libertad.

Cuando a un padre, o a una madre, o a un profesor no le obedecen o se le rebelan -en condiciones normales-, la falto no está de ordinario en los chicos y chicas, sino en quien manda. ¿Quieres un futuro adolescente rebelde? Aprende a ejercer la autoridad ya, pues la rebeldía crece si los hijos tropiezan con actitudes proteccionistas, autoritarios o abandonistas por parte de los padres.

Demasiada protección

Hay proteccionismo cuando los padres se resisten a admitir el desarrollo de los hijos, o reconocer que han crecido tanto física como psíquicamente. Son padres que quieren prolongar lo infancia lo máximo posible y, por tanto, la relación de dependencia de sus hi-jos. Esto les lleva o no confiar en ellos, a decidir en su lugar, a resolver lo mayoría de los problemas. . .

Autoritarismo malo

No ha de confundirse autoridad con autoritarismo. La dictadura familiar requiere poco talento, pero es mala estrategia. Ocurre cuando los padres ejercen su autoridad arbitrariamente, es decir, sin ninguna referencia a criterios válidos, de forma incongruente y como expresión de un privilegio: el de ser padres y adultos. Si además va acompañada de procedimientos humillantes para los hijos (castigos físicos, censuras en público, insultos, etc.) puede despertar en estos últimos una fuerte carga de agresividad o un sentimiento de frustración personal que complica enormemente lo situación.

Educar no es cómodo

También existe el problema del abandonismo. Supone no ejercer lo autoridad en absoluto por razones diversas: miedo a ser tachado de padre anticuado o pasado de moda, confundir autoridad con autoritarismo, no querer complicarse la vida... Este último motivo, la comodidad, suele ser hoy día el más frecuente.

Este abandono defrauda a los hijos: la autoridad de los padres es para ellos una ayuda necesaria. Un ambiente demasiado tolerante y permisivo tiene efectos negativos y se asocia a niños impulsivos, agresivos y faltos de independencia o sentido de la responsabilidad.

Ejercer la autoridad

Mandar es fácil. Conseguir ser obedecido, ya no tanto. Y que los hijos lo hagan sin necesidad de gritos y miles de prohibiciones, es todo un reto.

Debemos fomentar un estilo de autoridad que les lleve como por un plano inclinado hacia todo ese conjunto de valores positivos que deberían configurar el carácter y la personalidad de un chico maduro. Y eso depende mucho de nosotros.

Por lo tanto, es importante que los hijos no tengan la sensación de que mandamos por comodidad personal y, mucho menos, con aire de señor feudal sobre sus siervos. Es bueno que vea que nos molestamos nosotros primero: como el ejemplo arrastra, aceptarán así mejor el mandato. Si no, ¿no nos rebelaríamos también nosotros?

Hay que exigir cosas razonables, que nuestros hijos puedan llevar a cabo. Pedirles que no ensucien la ropa cuando juegan con sus amigos. . . Debemos ser realistas, pues las personas necesitan de cierto entrenamiento, necesitan aprender, y eso requiere tiempo. Además, se les debe explicar los motivos de las normas. A estas edades suelen ser muy comprensivos y un esfuerzo, un sacrificio incluso, será aceptado de buen grado si desde el principio se considera como una condición precisa para la buena marcha de algo.

No exhibir

La autoridad ha de exhibirse lo menos posible. Cada vez que se emplea se expone a un riesgo y sufre un desgaste. Tan grave es no usar de la autoridad cuando es preciso hacerlo, como emplearla de modo tan reiterado que acabemos por perderla. Mala cosa sería que el chico se acostumbrara a oír repetir a sus padres una determinada orden varias veces. Así, cada día tardará más en obedecer, y en muchas ocasiones ni siquiera llegará a hacerlo.

Como rezongar

A veces, será necesario rezongar y reprender, pero lo normal es que pueda hacerse de buen modo, y en ello va gran parte de su eficacia. Hay que tener sensibilidad para:

- escoger el momento adecuado;
- buscar unas circunstancias que no humillen;
- procurar hablar a solas y estando de buen humor; esto a veces supone esperar. Es difícil que el chico reconozca su mala actitud o sus errores si lleva aparejada una confesión cuasi pública;
- ponerse en su lugar;
- dejarle una salida airosa;
- saber intercalar unas palabras de afecto que alejen cualquier impresión de que se corrige por disgusto personal;
- y mostrar al hijo la seguridad que se tiene de que va a mejorar y corregir la conducta inadecuada.

La inoportunidad y la falta de diplomacia son errores graves. Nada conseguirá un padre o una madre que reprenda a sus hijos a gritos, dejándose llevar por el mal genio, amedrentando, imponiendo castigos, haciendo enmiendas a la totalidad y descalificaciones personales, o sacando trapos sucios y antiguas listas de agravios. Todo ello puede convertirse en un caldo de cultivo espléndido para un hijo rebelde.

Ricardo Regidor
Asesor: Alfonso Aguiló
Vicepresidente del Instituto Europeo de Estudios de la Educación
(de la revista "Hacer familia", edición española, enero 2001, sección El arte de educar de 7 a 12)

El ciéntifico que quería "arreglar" el mundo


Una historia que nos enseña que está en el hombre la solución a los problemas del mundo

Un cientifico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas. Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar.

El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que
pudiese darle con el objetivo de distraer su atención.

De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras recorto el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entrego a su hijo diciendo:

- "Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie". Entonces calculo que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escucho la voz del niño que lo llamaba calmadamente.

- "Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo".

Al principio el padre no creyó en el niño. Penso que seria imposible que, a su edad haya conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levanto la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz? - "Hijito, tu no sabias como era el mundo, ¿cómo lo lograste?

- Papa yo no sabia como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta los recortes y comencé a recomponer al hombre, que si sabia como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo.

La influencia paterna en la conducta sexual de los adolescentes


La fortaleza de la estructura familiar y la comunicación fluida entre padres e hijos son factores decisivos

Los padres pueden desempeñar un importante papel para retrasar la iniciación sexual de sus hijos adolescentes y reducir así el riesgo de que sufran consecuencias psíquicas o físicas, según un estudio difundido por la Heritage Foundation, basado en investigaciones recientes realizadas en Estados Unidos. Las conclusiones del informe señalan que la influencia positiva de los padres sobre el comportamiento sexual de sus hijos se relaciona sobre todo con la fortaleza de la estructura familiar, la existencia de una comunicación fluida entre padres e hijos y la claridad con que los progenitores desaprueban esas conductas.

El estudio, titulado Teen sex: the parent factor (The Heritage Foundation, “Backgrounder” n. 2194, 7-10-2008), arroja nueva luz sobre uno de los asuntos que más preocupan a las familias americanas. A juzgar por las encuestas, los estudiantes de Secundaria cada vez comienzan a tener relaciones a edades más tempranas –una tercera parte de los adolescentes de entre 14 y 15 años, proporción que crece hasta los dos tercios entre los que se acercan a los 18 años– y, simultáneamente, lamentan “esa primera experiencia y desearían haber esperado más tiempo”, según afirma Christine C. Kim, autora del informe.

Kim afirma que, ante estos datos, la tendencia generalizada entre los legisladores y los profesionales de la salud ha sido la de ampliar los programas de educación sexual y facilitar el acceso a los anticonceptivos, “porque asumen que los adolescentes son incapaces de posponer su comportamiento sexual”. Pero, según dice Kim, “estos presupuestos no solo son erróneos sino que además no tienen en cuenta factores importantes relacionados con la reducción de la actividad sexual de los adolescentes”, entre los que se encuentra la influencia paterna y materna: “Los padres son los que más influyen en las decisiones de sus hijos sobre el sexo, pues dos tercios de todos los adolescentes comparten los valores de sus padres sobre este tema”, señala.

Las conclusiones de esta analista política de la Heritage Foundation, que se apoyan en una abundante investigación empírica, constatan que la influencia paterna ofrece una fuerte protección frente a la actividad sexual precoz. En concreto, la existencia de una estructura familiar bien constituida resulta altamente preventiva y también el sentido de pertenencia y de satisfacción con la propia familia que se genera en el adolescente. Otros aspectos importantes son el seguimiento de sus salidas y amistades, y la desaprobación clara de esas prácticas por parte de los padres.

Según Kim, “para aumentar la eficacia de los programas y medidas políticas dirigidas a retrasar la actividad sexual o a prevenir los embarazos y las enfermedades de transmisión sexual entre adolescentes, se debería reforzar la estructura familiar y la implicación de los padres”, puesto que se ha comprobado que es menos probable que las chicas de ese tipo de familias se queden embarazadas o tengan su primer hijo fuera del matrimonio. Por eso mismo, los programas y políticas que de manera implícita o explícita evitan la implicación de los padres, como por ejemplo, la distribución masiva de anticonceptivos sin la advertencia o el consentimiento paterno, “contradicen la evidencia de las investigaciones sociales y pueden llegar a ser contraproducentes y potencialmente dañinos para los adolescentes”.

Comunicación padres-hijos

Uno de los aspectos más difíciles de medir es el grado de comunicación real entre los adolescentes y sus progenitores, ya que ambos tienden a percibir el nivel de diálogo de manera diferente. “Mientras el 90% de los padres dicen haber mantenido una conversación con sus hijos sobre la necesidad de retrasar la iniciación sexual y de evitar el embarazo, solo el 71% de esos mismos adolescentes recuerdan tal conversación”. Otros datos aportados muestran la falta de conocimiento de los padres sobre el comportamiento de sus hijos, ya que, aun en los casos en los que los adolescentes ya reconocen la existencia de prácticas sexuales, uno de cada tres padres lo ignora.

En este ámbito, la Heritage Foundation propone que los padres manifiesten con claridad a sus hijos los valores que defienden, para asegurar que los adolescentes perciben con exactitud la desaprobación de esas relaciones durante la adolescencia. “Mensajes ambiguos o confusos disminuyen cualquier efecto positivo que los valores puedan tener en el retraso de los comportamientos precoces”. Cuando los padres expresan una negativa dudosa o con reservas, los hijos suelen entender un “sí”. Igualmente, “si las madres recomiendan un tipo de específico de control de natalidad, las adolescentes tienden a observar una menor desaprobación, y, en último término, esos consejos pueden tener un efecto de estímulo de la actividad sexual”. Una de las encuestas realizadas entre 600 estudiantes en South Bronx (Nueva York) reveló que cuando las madres explican a sus hijos las consecuencias morales y sociales de la vida sexual precoz, los adolescentes tienen muchas más probabilidades de posponer el comienzo de las relaciones.

M. Angeles Burguera
http://www.aceprensa.com/articulos/2008/oct/22/la-influencia-paterna-en-la-conducta-sexual-de-los-adolescentes/

Steve Jobs, creador de Apple: una historia que vale millones

Este es un vídeo especial, una historia de tenacidad. Una historia que debemos escuchar: se trata del famoso Discurso de Steve Jobs (fundador de Apple y de MacKintosh) en la Universidad de Stanford (subtitulos en español). 14 minutos que no tienen ni un segundo que perder.

Primera parte



Segunda parte

El amor no espera


El viejo estaba enfermo y cansado. De sus cuatro hijos, no recibía ni la menor atención y para completar finalmente su tragedia, la pobreza en que vivía era extrema. A duras penas lograba sobrevivir; en su pequeñísima granja deambulaban unas cuantas gallinas que existían casi de milagro y no dejaban al menos de poner un par de huevos diariamente. El resto de la dieta eran unas cuantas frutas silvestres que cada día le costaba un penoso esfuerzo más al pobre hombre recolectar y para refrescar su seca garganta, al menos el riachuelo le entregaba su cristalina agua.

Buscando entre sus escasas posesiones encontró dos monedas y se le ocurrió una genial idea. En el pueblo, las intercambió con un mercader de artículos antiguos quien le dio un viejo baúl. Como pudo, lo trasladó a casa y lo dejó a la vista en el centro de su humilde choza.

Por casualidad uno de sus hijos lo visitó e intrigado le preguntó:

¿Qué guardas ahí?

Un secreto -le contestó- que solamente conocerán tú y tus hermanos el día que muera, pues ahí está toda mi herencia.

Al día siguiente lo enterró debajo de su lecho. Cuál fue su sorpresa que a partir de entonces, un hijo al menos lo visitaba durante el día.

Le llevaban leche y miel y entre los cuatro le mantenían su choza bastante limpia.

Un día de invierno el viejo amaneció muerto; de inmediato los hijos se dieron cita, no tanto para velarlo, por supuesto, sino para conocer a cuánto ascendía su herencia. y cuál fue su sorpresa que una vez desenterrado y abierto el cofre, lo único que encontraron fue un trozo de papel que decía de su puño y letra:

Hijos míos, el auténtico amor no espera, se entrega generosamente sin esperar recompensas.

Mi única herencia es que aprendan a amar; hubiera deseado dejarles más, pero mi único legado es darles las gracias por lo que me dieron en vida.

Los cuatro hermanos al fin comprendieron que un buen padre puede dar la vida por sus hijos pero algunos hijos no le pueden entregar nada en vida a sus padres.

En profunda reflexión y con lágrimas en los ojos, le dieron finalmente una digna sepultura y uno de ellos, cuando arrojó el último puñado de tierra, le despidió diciendo: «Te prometo amar sin esperar, Amén».

Miguel Ángel Cornejo

Carácter y valía personal


Quien no arriesga nada,arriesga aún más.

¿Dónde está la felicidad: en ser joven, en tener mucho dinero, en gozar de salud...? Durante más de diez años, un nutrido equipo de investigadores norteamericanos dirigido por David Myers y Ed Diener ha intentado arrojar alguna nueva luz sobre esta cuestión a través de amplios estudios estadísticos.

Desde el principio se propusieron no fijarse sólo en las sensaciones subjetivas de felicidad que tenían los encuestados, sino también en el juicio que merecían ante los demás. Este enfoque les facilitó una de sus primeras conclusiones: casi todos los que se sentían felices también lo eran a los ojos de sus más íntimos amigos, de sus familiares y de los propios psicólogos que les interrogaban.

También observaron que la impresión personal de felicidad está distribuida de modo bastante homogéneo en casi todas las edades, niveles de ingresos económicos o de titulación académica, y tampoco se ve afectada de modo significativo por la raza o el sexo. Por ejemplo, sólo encontraron una cierta relación entre ingresos económicos y sensación de felicidad en algunos países muy pobres, como la India o Bangladesh; en los demás casos, solía ser incluso ligeramente más frecuente lo contrario.

La investigación concluía señalando una serie de rasgos de carácter que parecen comunes a casi todas las personas que se sienten felices: “la persona feliz es cordial y optimista, tiene un elevado control sobre ella misma, posee un profundo sentido ético y goza de una alta autoestima”.

Aunque es difícil saber en qué medida esos rasgos de carácter contribuyen a la felicidad o son más bien parte de sus efectos, sí podemos concluir con Myers y Diener en destacar la gran importancia que para toda persona tiene la mejora de su carácter.

Es frecuente observar, por ejemplo, cómo muchas personas jóvenes hacen grandes inversiones de tiempo, energía y dinero para ampliar cada vez más sus conocimientos y mejorar su propia preparación personal; y, sin embargo, a pesar de ese gran esfuerzo, se encuentran luego con serias carencias en lo que se refiere a la formación básica de su propio carácter: pesimismo, indecisión, desorden, inseguridad, dependencia de los estados de ánimo, dificultad para trabajar en equipo y relacionarse con los demás, u otros defectos en su modo de ser que suponen un lastre importante, y no sólo para su valía profesional sino también para su felicidad y su realización como personas.

El carácter de una persona es, muy frecuentemente, lo que marca el techo de sus posibilidades en lo profesional, o en sus relaciones familiares o de amistad. Las más de las veces, lo que nos falta no son más conocimientos, títulos o idiomas, sino una mejor relación con los demás, dominar más los estados de ánimo, saber organizarnos mejor, ser más cordiales y optimistas, comprender mejor los problemas propios y ajenos, cultivar más los valores que dan luz y sentido a nuestra vida.

Casi todo el mundo intuye que tendría que mejorar en muchos de esos aspectos, pero pocos saben cómo lograrlo. Se puede acceder a ese cambio: un cambio que pasa por cambiar nosotros mismos, y en muchos casos por cambiar antes nuestra percepción de los problemas.

Erica Jong

Los dos halcones


Un rey recibió como obsequio dos pichones de halcón y los entregó al maestro de cetrería para que los entrenara. Pasando unos meses, el instructor comunicó al rey que uno de los halcones estaba perfectamente educado, pero que al otro no sabía que le sucedía, no se había movido de la rama desde el día de su llegada al palacio, a tal punto que había que llevarle el alimento hasta allí. El rey mandó llamar a curanderos y sanadores de todo tipo, pero nadie pudo hacer volar el ave. Encargó entonces la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió.

Por la ventana de sus habitaciones, el monarca podía ver que el pájaro continuaba inmóvil. Publicó por fin un bando entre sus súbditos y, a la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente en los jardines. "Traedme al autor de ese milagro", dijo. Enseguida le presentaron a un campesino. "¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso?" Aquel hombre contestó: "Alteza, lo único que tuve que hacer es cortar la rama. El pájaro se dio cuenta que tenía alas y tuvo que empezar a volar."

Carta de una familia a Javier Fesser


Publicada en LA RAZÓN y en ABC. Sección: Cartas al director


"No conozco a Alexia, ni a su familia, ni al Opus. Y puedo decir que tampoco conozco mucho a Dios. Soy madre de una niña de siete años muy malita de cáncer. Ni un solo día le he oído una queja, ni ha preguntado un porqué a su enfermedad. Cuando no aguanta más el dolor, sus mejillas se llenan de lágrimas. Y nosotros nos desconsolamos. Sin duda ella es más valiente que nosotros. Todas las mañanas me acerco a su cama y doy gracias por el tesoro de hija que hemos recibido. A su lado hemos comprendido cómo se puede ser feliz y sufrir a la vez. Somos felices porque su presencia entre nosotros llena nuestros días. Y a la vez sufrimos porque no podemos hacer nada para retenerla con nosotros y nos cuesta ver cómo se va apagando lentamente. El día que se vaya de nuestros brazos se nos romperá el corazón y sin embargo a veces quisiera que fuera ya para dejar de verla sufrir. ¿Quién puede resistir ver cómo se nos escapa sin poder hacer nada?
Javier, no sé si puedes comprender lo que te digo, o lo que sentirían los padres de Alexia. No se parece a tu película, ¿verdad? Quién sabe si algún día Dios ponga un hijo moribundo entre tus brazos... ¿serás capaz de repetirle lo que dices en tus entrevistas? Quizás el mundo te cambiaría de color... Quizás es cuestión de ponerse en el lugar del otro. Creo que tu película no sólo nos ha herido a nosotros, sino a todos los españoles, porque es un ataque frontal contra la democracia, que sólo se puede construir sobre la tolerancia y respeto a las creencias de los demás. Podemos no estar de acuerdo, y podemos dialogar por ello, pero es una tiranía levantar la bandera de la libertad para violar los derechos de los demás. Y burlarse de su profundo sufrimiento gratuitamente.
No dudo que seas un hombre con talento, pero me entristece ver que sea utilizado para hacer daño en lugar de para construir esperanza. Te hubiera costado lo mismo y todos te hubiéramos aplaudido. Tampoco entiendo por qué el Gobierno dedica dinero público a financiar películas que hieren la sensibilidad de muchas personas en lugar de dedicarlo a la lucha contra el cáncer, o contra el Alzheimer.
Mi marido y yo hemos dudado mucho si escribirte esta carta, porque hay mucho que construir en esta sociedad como para perder el tiempo en estas cosas. Pero al final lo hemos hecho por si estas palabras pueden ayudar a otros padres, o a otras personas. Nosotros hemos decidido que queremos buscar la verdad sobre ese Dios que sobrevive a la muerte, y que no permite que nuestra vida acabe en el vacío. Queremos dirigirnos a alguien del Opus Dei que pueda explicarnos tantos porqués que no entendemos. Quizás allí encontremos la respuesta que tú no has sabido darnos. Aunque para el mundo de hoy parezca imposible, creemos que quizá Dios sí pueda confortarnos.


Teresa y Pablo,padres de María Fernández"

¿Tiene sentido ser racista?


Si tu Dios es judío, tus letras latinas, tus números árabes, tu coche alemán, tu pizza italiana, tus vacaciones turcas, tu café colombiano, tu reloj suizo, tu gas argelino, tu ropa francesa…

¿Por que llamas a tu vecino extranjero?

Bella: una película sobre el amor más puro



Bella es una película sobre el amor que va más allá del romance, llena de corazón, alma y buenos mensajes. Increíblemente encantadora, con grandes actuaciones.

El primer largometraje de Metanoia Films, hecho con poco presupuesto y pocos famosos, basado en un hecho real, ha resultado ganador —por gracia de Dios, dice Eduardo Verástegui— del Premio del Público en el festival de Toronto. Las críticas a su favor en Estados Unidos son abrumadoras.

Muchos ya hemos escuchado sobre la conversión de Eduardo Verástegui, actor mexicano que iniciaba una exitosa carrera en México y en Hollywood. Después de haber estado inmerso en el ambiente viciado del mundo de la farándula, un encuentro con Dios lo llevó a proponerse un cambio de valores, y a hacer de su vida algo que sirviera a Dios y al prójimo. Según nos hemos enterado por una entrevista en el canal católico de EU, EWTN, su primera intención fue retirarse del mundo a una existencia de soledad y silencio.

Pero un sacerdote que ha tenido contacto con los medios lo desafió a que llevara su mensaje precisamente al mundo del espectáculo y a través del espectáculo. La pregunta era: ¿Se puede? Porque ya estamos acostumbrados (y los mexicanos más) a pensar que sólo triunfa lo vulgar, lo inmoral, lo grotesco, lo deprimente, lo erótico, lo irreverente... la cultura de la muerte, pues.

Ahora, por medio de la misma entrevista, nos enteramos de que este actor, junto con otros cineastas y empresarios que comparten su modo de pensar, ha fundado la productora Metanoia (Conversión) Films, con el objetivo de crear películas que lleven mensajes edificantes y, sobre todo, que muestren las bondades de la cultura latina, en contra de la imagen primitiva y caricaturesca del latino que la cultura Hollywoodense ha creado.



Su primera película, Bella, hecha con poco presupuesto y pocos famosos, basada en un hecho real, ha resultado ganadora —por gracia de Dios, dice Verástegui— del Premio del Público (Peoples Choice Award) en el festival de Toronto que, según los críticos, es como la antesala del Óscar. En situación similar han estado películas como Carros de Fuego, Belleza Americana o La Vida es Bella.

Las críticas a favor en EU han sido abrumadoras. Se trata de una historia de amor que va más allá del romance, llena de corazón, alma y buenos mensajes. Increíblemente encantadora, con grandes actuaciones. Una película poderosa, apasionada e impredecible; una rara joya cinematográfica. Captura las mejores cosas de la vida: amor incondicional, el valor de la vida del no nacido, la familia, la redención... Nos muestra que a veces hay que perder algo para descubrir lo que realmente importa.

Algunos comentaristas han visto en esta película un triunfo de los iberoamericanos, que han desafiado y vencido a los sajones en su propio terreno y con sus propias armas. Nosotros lo queremos ver como un triunfo de la bondad sobre la barbarie. «Dice la Biblia que ni la hoja del árbol se mueve sin la voluntad de Dios», decía el obispo. «Pero algo ha de tener que ver el aigre», decía la viejita. Aquí sucede al revés: no dudamos que Verástegui y sus compañeros sean muy talentosos, pero algo ha de haber tenido que ver Dios.

La película fue estrenada en Estados Unidos el año pasado y en México se estrenará en el mes de mayo. Esperamos que mucha gente se beneficie al irla a ver y que estos inspirados productores encuentren el aliciente para seguir adelante.

En León se estrenará el 21 noviembre en los cines Van Gogh

http://www.es.Catholic.net

Eduardo Verástegui: "Mi cine desbarata los tópicos negativos sobre los latinos"


-Por fin nos trae a este lado del Atlántico su primera película como productor, "Bella", que ha sido un fenómeno social en Estados Unidos y que desmonta los tópicos sobre los latinos...

-¡Somos cincuenta millones de latinos en los Estados Unidos, más que españoles en España! Y allí desde hace décadas se nos estereotipa muy negativamente en el cine y en la televisión como delincuentes, narcotraficantes, prostitutas, borrachos, mujeriegos... Yo me estaba forjando una carrera convencional en Hollywood hasta que me di cuenta de que contribuía a esa manipulación con los papeles que aceptaba. Así que me hice la promesa de no volver a trabajar en ningún proyecto que ofendiera a mi fe, a mi familia o a mi comunidad latina, y de contribuir, como productor, a sanar la sociedad con películas diferentes que emocionen y muevan a la reflexión.

-En la "peli" destroza, supongo que voluntariamente, su imagen de "guaperas".

-Claro. Esto fue idea del director, Alejandro, que me dijo: "Tú has sacrificado tu carrera y te quedaste solo conmigo y con este proyecto. De modo que tengo que ponerte fachoso, con barbas para realzar la belleza interna del personaje".

-Además asume un papel atípico en el que la relación con la chica es platónica...

-Queríamos hacer una historia de amor profunda, más allá del romance. Y romper con las reglas, porque, ¿qué hubiera hecho Hollywood en la escena de la playa?

-¡Un revolcón, seguro!

-¡Claro! Un revolcón, Y después, la protagonista habría abortado, a él le pegan un tiro y ella se suicida. Con esos ingredientes en Hollywood dirían "¡Qué peliculón!". Ganaría el Oscar. Pero nosotros pretendíamos otra cosa. Mostrar el verdadero rostro del latino, a través de una familia unida y trabajadora en la que padres e hijos comen juntos.

-¿Eso es lo que el público ha agradecido?

-La gente de la comunidad latina cuando veía esta película nunca me comentaba "qué buena" o "qué mala". Simplemente me decían "gracias".

-La Iglesia católica en Estados Unidos casi ha hecho suya "Bella", por considerarla un alegato contra el aborto.

-Ha gustado tanto a evangélicos y protestantes como a judíos y católicos. E incluso a personas que no son creyentes. Ha servido como puente de unión.



-En todo caso, los obispos están encantados.

-Completamente. Hicimos presentaciones privadas en Estados Unidos para más de doscientos obispos. No sólo la vieron y aplaudieron, sino que además enviaron comunicados a las parroquias para que se recomendase la película. Así se nos llenaron las salas.

-¡Vaya! Les hicieron casi de agentes...

-Bueno, digamos que de embajadores, pero esto también lo hicieron pastores protestantes.

-Sus planteamientos como cineasta recuerdan algo a Frank Capra, en la onda de "¡Qué bello es vivir!"

-¡Ayer me dijeron lo mismo! Aunque no nos hemos inspirado en eso.

-¿Tiene nuevos proyectos entre manos?

-Sí, cinco diferentes, pero todos con el mismo espíritu que ha animado "Bella". Para mí lo más satisfactorio no es que la película haya ido bien en taquilla, sino que ha salvado veinticinco vidas. Me consta ese número de casos de mujeres que han renunciado a abortar después de verla.

-¿Es católico practicante?

-Voy a misa todos los días. Al llegar a España lo primero que he hecho es informarme de cuáles son las parroquias más cercanas al hotel. Necesito ese alimento espiritual.

http://www.fluvium.org

CARTA DESDE EL INFIERNO


Dios se comunica con los hombres de muchas maneras. Las Sagradas Escrituras se refieren a muchas comunicaciones divinas hechas a través de visiones y aún de sueños. Los sueños, no siempre son sólo sueños.

La "carta del más allá" que se transcribe seguidamente se refiere a la condenación eterna de una joven. A primera vista parece una historia novelada. Pero considerando las circunstancias se llega a la conclusión de que no deja de tener su fondo histórico, a partir de su sentido moral y su alcance trascendental.

El original de esta carta fue encontrado entre los papeles de una religiosa fallecida, amiga de la joven condenada. Allí cuenta la monja los acontecimientos de la vida de su compañera como si fueran hechos conocidos y verificados, así como su condenación eterna comunicada en un sueño. La Curia diocesana de Treves (Alemania) autorizó su publicación como lectura sumamente instructiva.

La "carta del más allá" apareció por primera vez en un libro de revelaciones y profecías, junto con otras narraciones. Fue el Rvdo. Padre Bernhardin Krempel C.P., doctor en teología, quien la publicó por separado y le confirió mayor autoridad al encargarse de probar, en las notas, la absoluta concordancia de la misma con la doctrina católica.

Imprimatur del original en lengua alemana: Brief aus dem Jenseits: Treves, 9/11/1953. N. 4/53.

Entre los manuscritos dejados en su convento por una religiosa, que en el mundo se llamó Clara, se encontró el siguiente testimonio:


El relato de Clara:

Tuve una amiga, Anita. Es decir, éramos muy próximas por ser vecinas y compañeras de trabajo en la misma oficina M.

Más tarde, Ani se casó y no volví a verla. Desde que nos conocimos, había entre nosotras, en el fondo, más amabilidad que propiamente amistad.

Por eso, sentí muy poco su ausencia cuando, después de su casamiento, ella fue a vivir al barrio elegante de las villas, lejos del mío.

Durante mis vacaciones en el Lago de Garda (Italia), en septiembre de 1937, recibí una carta de mi madre en la que me decía: "Anita N murió en un accidente automovilístico. La sepultaron ayer en Wald Friendhof"

Me impresioné mucho con la noticia. Sabía que mi amiga no había sido propiamente religiosa. ¿Estaría preparada para presentarse ante Dios? ¿En qué estado la habría encontrado su muerte súbita?

Al día siguiente escuché misa, comulgué por la intención de Anita, en la casa del pensionado de las hermanas, donde estaba viviendo. Rezaba fervorosamente por su eterno descanso, y por esta misma intención ofrecí la Santa Comunión.

Durante todo el día percibí un cierto malestar, que fue aumentando por la tarde.

Dormí inquieta. Me desperté de improviso, escuchando algo así como una sacudida en la puerta del cuarto. Encendí la luz. El reloj indicaba las doce y diez minutos. Nada. Tampoco ruidos. Tan solo las olas del Lago de Garda golpeando monótonas contra el muro del jardín del pensionado. No había viento.

Yo conservaba la impresión de que al despertar encontraría, además de los golpes de la puerta, un ruido de brisa o viento, parecido al que producía mi jefe de la oficina, cuando de mal humor tiraba sobre mi escritorio una carta que lo molestaba.

Reflexioné un instante si debía levantarme.

¡No! Todo no es más que sugestión, me dije. Mi fantasía está sobresaltada por la noticia de la muerte.

Me di vuelta en la cama, recé algunos Padrenuestros por las ánimas y me dormí de nuevo.

Soñé entonces que me levantaba de mañana, a las 6, yendo a la capilla. Al abrir la puerta del cuarto, me encontré con una cantidad de hojas de carta. Levantarlas, reconocer la letra de Anita y dar un grito, fue cosa de un segundo.

Temblando, las sostuve en mis manos. Confieso que quedé tan aterrorizada que no pude rezar. Apenas respiraba. Nada mejor que huir de allí, salir al aire libre. Me arreglé rápidamente, puse la carta dentro de mi cartera y salí en seguida.

Subí por el tortuoso camino, entre olivos, laureles y quintas de la villa, más allá del conocido camino gardesano.

La mañana aparecía radiante. En los días anteriores, yo me detenía cada cien pasos, maravillada por la vista que ofrecían el lago y la Isla de Garda. El suavísimo azul del agua me refrescaba; como una niña que mira admirada a su abuelo, así contemplaba, extasiada, al ceniciento monte Baldo, que se levanta en la orilla opuesta del lago, hasta los 2.200 metros de altura.

Ese día no tenía ojos para todo eso. Después de caminar un cuarto de hora, me dejé caer maquinalmente sobre un banco ubicado entre dos cipreses, donde la víspera había leído con placer "La doncella Teresa". Por primera vez veía en los cipreses el símbolo de la muerte, algo en lo que antes no había pensado.

Tomé la carta. No tenía firma. Sin la menor duda, estaba escrita por Ani. No faltaba la gran "s", ni la "t" francesa, a la que se había acostumbrado en la oficina, para irritar al Sr. G.

No era su estilo. Por lo menos, no era así como hablaba de costumbre. Lo habitual en ella era la conversación amable, la risa, subrayada por los ojos azules y su graciosa nariz...

Sólo cuando discutíamos asuntos religiosos se volvía mordaz y caía en el tono rudo de la carta. Yo misma me siento envuelta por su excitada cadencia.

Hela aquí, la Carta del Más Allá de Anita N., palabra por palabra, tal como la leí en el sueño.

La Carta:

CLARA, NO RECES POR MÍ, ESTOY CONDENADA. Si te doy este aviso - es más, voy a hablarte largamente sobre esto - no creas que lo hago por amistad. Quienes estamos aquí ya no amamos a nadie. Lo hago como obligada. Es parte de la obra "de esa potencia que siempre quiere el mal y realiza el bien". (Palabras de Mefistófeles en el «Fausto» de Goethe.)

En realidad, me gustaría verte aquí, adonde llegué para siempre. No te extrañes de mis intenciones. Aquí, todos pensamos así. Nuestra voluntad está petrificada en el mal, es decir, en aquello que ustedes consideran "mal". Aún cuando pueda hacer algo "bien" (como yo lo hago ahora, abriéndote los ojos ante el infierno), no lo hago con recta intención.

¿Recuerdas? Hace cuatro años que nos conocimos, en M. Tenías 23 años y ya trabajabas en el escritorio desde seis meses antes, cuando yo ingresé.

Varias veces me sacaste de apuros. Con frecuencia me dabas buenos avisos que a mí, principiante, me venían muy bien. Pero, ¿qué es "bueno"?

Yo ponderaba, en aquel entonces, tu "caridad". Ridículo... Tus ayudas eran pura ostentación, algo que desde entonces sospechaba.

Aquí, no reconocemos bien alguno en absolutamente nadie.

Pero ya que conociste mi juventud, es el momento de llenar algunas lagunas.

De acuerdo con los planes de mis padres, yo nunca tendría que haber existido. Por un descuido se produjo la desgracia de mi concepción. Mis hermanas tenían 14 y 16 años cuando vine al mundo.

¡Ojalá no hubiera nacido! ¡Ojalá pudiera ahora aniquilarme, huir de estos tormentos! No hay placer comparable al de acabar mi existencia, así como se reduce a cenizas un vestido, sin dejar vestigios. Pero es necesario que exista. Es preciso que yo sea tal como me he hecho: con el fracaso total de la finalidad de mi existencia.

Cuando mis padres, entonces solteros, se mudaron del campo a la ciudad, perdieron el contacto con la Iglesia.

Era mejor así.

Mantenían relaciones con personas desvinculadas de la religión. Se conocieron en un baile, y se vieron "obligados" a casarse seis meses después.

En la ceremonia nupcial, recibieron solo unas gotas de agua bendita, las suficientes para atraer a mamá a la misa dominical unas pocas veces al año.

Ella nunca me enseñó verdaderamente a rezar. Todo su esfuerzo se agotaba en los trabajos cotidianos de la casa, aunque nuestra situación no era mala.

Palabras como rezar, misa, agua bendita, iglesia, sólo puedo escribirlas con íntima repugnancia, con incomparable repulsión. Detesto profundamente a quienes van a la Iglesia y, en general, a todos los hombres y a todas las cosas.

Todo es tormento. Cada conocimiento recibido, cada recuerdo de la vida y de lo que sabemos, se convierte en una llama incandescente.

Y todos estos recuerdos nos muestran las oportunidades en que despreciamos una gracia. ¡Cómo me atormenta esto! No comemos, no dormimos, no andamos sobre nuestros pies. Espiritualmente encadenados, los réprobos contemplamos desesperados nuestra vida fracasada, aullando y rechinando los dientes, atormentados y llenos de odio.

¿Entiendes? Aquí bebemos el odio como si fuera agua. Nos odiamos unos a otros.

Más que a nada, odiamos a Dios. Quiero que lo comprendas.

Los bienaventurados en el cielo deben amar a Dios, porque lo ven sin velos, en su deslumbrante belleza. Esto los hace indescriptiblemente felices. Nosotros lo sabemos, y este conocimiento nos enfurece

Los hombres, en la tierra, que conocen a Dios por la Creación y por la Revelación, pueden amarlo. Pero no están obligados a hacerlo.

El creyente - te lo digo furiosa - que contempla, meditando, a Cristo con los brazos abiertos sobre la cruz, terminará por amarlo.

Pero el alma a la que Dios se acerca fulminante, como vengador y justiciero porque un día fue repudiado, como ocurrió con nosotros, ésta no podrá sino odiarlo, como nosotros lo odiamos. Lo odia con todo el ímpetu de su mala voluntad. Lo odia eternamente, a causa de la deliberada resolución de apartarse de Dios con la que terminó su vida terrenal. Nosotros no podemos revocar esta perversa voluntad, ni jamás querríamos hacerlo.

¿Comprendes ahora por qué el infierno dura eternamente? Porque nuestra obstinación nunca se derrite, nunca termina.

Y contra mi voluntad agrego que Dios es misericordioso, aún con nosotros. Digo "contra mi voluntad" porque, aunque diga estas cosas voluntariamente, no se me permite mentir, que es lo que querría. Dejo muchas informaciones en el papel contra mis deseos. Debo también estrangular la avalancha de palabrotas que querría vomitar.

Dios fue misericordioso con nosotros porque no permitió que derramáramos sobre la tierra el mal que hubiéramos querido hacer. Si nos lo hubiera permitido, habríamos aumentado mucho nuestra culpa y castigo. Nos hizo morir antes de tiempo, como hizo conmigo, o hizo que intervinieran causas atenuantes.

Dios es misericordioso, porque no nos obliga a aproximarnos a Él más de lo que estamos, en este remoto lugar infernal. Eso disminuye el tormento. Cada paso más cerca de Dios me causaría una aflicción mayor que la que te produciría un paso más rumbo a una hoguera.

Te desagradé un día al contarte, durante un paseo, lo que dijo mi padre pocos días antes de mi comunión: "Alégrate, Anita, por el vestido nuevo; el resto no es más que una burla".

Casi me avergüenzo de tu desagrado. Ahora me río. Lo único razonable de toda aquella comedia era que se permitiera comulgar a los niños a los doce años. Yo ya estaba, en aquel entonces, bastante poseída por el placer del mundo. Sin escrúpulos, dejaba a un lado las cosas religiosas. No tomé en serio la comunión.

La nueva costumbre de permitir a los niños que reciban su primera comunión a los 7 años nos produce furor. Empleamos todos los medios para burlarnos de esto, haciendo creer que para comulgar debe haber comprensión. Es necesario que los niños hayan cometido algunos pecados mortales. La blanca Hostia será menos perjudicial entonces, que si la recibe cuando la fe, la esperanza y el amor, frutos del bautismo - escupo sobre todo esto - todavía están vivos en el corazón del niño.

¿Te acuerdas que yo pensaba así cuando estaba en la tierra?

Vuelvo a mi padre. Peleaba mucho con mamá. Pocas veces te lo dije, porque me avergonzaba. ¡Qué cosa ridícula la vergüenza! Aquí, todo es lo mismo.

Mis padres ya no dormían en el mismo cuarto. Yo dormía con mamá, papá lo hacía en el cuarto contiguo, donde podía volver a cualquier hora de la noche. Bebía mucho y se gastó nuestra fortuna. Mis hermanas estaban empleadas, decían que necesitaban su propio dinero. Mamá comenzó a trabajar. Durante el último año de su vida, papá la golpeó muchas veces, cuando ella no quería darle dinero. Conmigo, él siempre fue amable. Un día te conté un capricho del que quedaste escandalizada. ¿Y de qué no te escandalizaste de mí? Cuando devolví dos veces un par de zapatos nuevos, porque la forma de los tacos no era bastante moderna.

En la noche en que papá murió, víctima de una apoplejía, ocurrió algo que nunca te conté, por temor a una interpretación desagradable. Hoy, sin embargo, debes saberlo. Es un hecho memorable: por primera vez, el espíritu que me atormenta se acercó a mí.

Yo dormía en el cuarto de mamá. Su respiración regular revelaba un sueño profundo. Entonces, escuché pronunciar mi nombre. Una voz desconocida murmuró: "¿Qué ocurrirá si muere tu padre?"

Ya no lo quería a papá, desde que había empezado a maltratar a mi madre. En realidad, no amaba absolutamente a nadie: sólo tenía gratitud hacia algunas personas que eran bondadosas conmigo. El amor sin esperanza de retribución en esta tierra solamente se encuentra en las almas que viven en estado de gracia. No era ése mi caso.

"Ciertamente, él no morirá", le respondí al misterioso interlocutor.

Tras una breve pausa, escuché la misma pregunta.

"¡Él no va a morir!", repliqué con brusquedad.

Por tercera vez, me preguntaron: "Qué ocurrirá si muere tu padre?". Me representé en ese momento en la imaginación el modo como mi padre volvía muchas veces: medio ebrio, gritando, maltratando a mamá, avergonzándonos frente a los vecinos. Entonces, respondí con rabia: "Bien, es lo que se merece. ¡Que muera!".

Después, todo quedó en silencio.

A la mañana siguiente, cuando mamá fue a ordenar el cuarto de papá, encontró la puerta cerrada. Al mediodía, la abrieron por la fuerza. Papá, semidesnudo, estaba muerto sobre la cama. Al ir a buscar cerveza al sótano, debió sufrir una crisis mortal. Desde hacía tiempo estaba enfermo. (¿Habrá hecho depender Dios de la voluntad de su hija, con la que el hombre fue bondadoso, la obtención de más tiempo y ocasión de convertirse?).

Marta K. y tú me hicieron ingresar en la asociación de jóvenes. Nunca te oculté que consideraba demasiado "parroquiales" las instrucciones de las dos directoras, las señoritas X. Los juegos eran bastante divertidos. Como sabes, llegué en poco tiempo a tener allí un papel preponderante. Eso era lo que me gustaba. También me gustaban las excursiones. Llegué a dejarme llegar algunas veces a confesar y comulgar.

Para decir la verdad, no tenía nada para confesar. Los pensamientos y las palabras no significaban nada para mí. Y para acciones más groseras todavía no estaba madura.

Un día me llamaste la atención: "Ana, si no rezas más, te perderás".

Realmente, yo rezaba muy poco, y ese poco siempre a disgusto, de mala voluntad.

Sin duda tenías razón. Los que arden en el infierno o no rezaron, o rezaron poco. La oración es el primer paso para llegar a Dios. Es el paso decisivo. Especialmente la oración a Aquella que es la madre de Cristo, cuyo nombre no nos es lícito pronunciar. La devoción a Ella arranca innumerables almas al demonio, almas a las que sus pecados las habrían lanzado infaliblemente en sus manos.

Furiosa continúo, porque estoy obligada a hacerlo, aunque no aguanto más de tanta rabia. Rezar es lo más fácil que se puede hacer en la tierra. Y justamente de esto, que es facilísimo, Dios hace depender nuestra salvación.

Al que reza con perseverancia, paulatinamente Dios le da tanta luz, y lo fortalece de tal modo, que hasta el más empedernido pecador puede recuperarse, aunque se encuentre hundido en un pantano hasta el cuello.

Durante los últimos años de mi vida ya no rezaba más, privándome así de las gracias, sin las que nadie se puede salvar.

Aquí, no recibimos ningún tipo de gracia. Aunque la recibiéramos, la rechazaríamos con escarnio. Todas las vacilaciones de la existencia terrenal terminaron en esta otra vida.

En la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de gracia. De la gracia, se puede caer al pecado. Muchas veces caí por debilidad; pocas, por maldad. Con la muerte, cada uno entra en un estado final, fijo e inalterable.

A medida que se avanza en edad, los cambios se hacen más difíciles. Es cierto que uno tiene tiempo hasta la muerte para unirse a Dios o para darle las espaldas. Sin embargo, como si estuviera arrastrado por una correntada, antes del tránsito final, con los últimos restos de su voluntad debilitada, el hombre se comporta según las costumbres de toda su vida.

El hábito, bueno o malo, se convierte en una segunda naturaleza. Es ésta la que lo arrastra en el momento supremo.

Así ocurrió conmigo. Viví años enteros apartada de Dios. En consecuencia, en el último llamado de la gracia, me decidí contra Dios. La fatalidad no fue haber pecado con frecuencia, sino que no quise levantarme más.

Muchas veces me invitaste para que asistiera a las predicaciones o que leyera libros de piedad. Mis excusas habituales eran la falta de tiempo. ¿Acaso podría querer aumentar mis dudas interiores?

Finalmente, tengo que dejar constancia de lo siguiente: al llegar a este punto crítico, poco antes de salir de la "Asociación de Jóvenes", me habría sido muy difícil cambiar de rumbo. Me sentía insegura y desdichada. Pero frente a la conversión se levantaba una muralla.

No sospechaste que fuera tan grave. Creías que la solución era tan simple, que un día me dijiste: "Tienes que hacer una buena confesión, Ani, todo volverá a ser normal".

Me daba cuenta que sería así. Pero el mundo, el demonio y la carne, me retenían demasiado firme entre sus garras.

Nunca creí en la influencia del demonio. Ahora, doy testimonio de que el demonio actúa poderosamente sobre las personas que están en las condiciones en que yo me encontraba entonces

Sólo muchas oraciones, propias y ajenas, junto con sacrificios y sufrimientos, podrían haberme rescatado. Y aún esto, poco a poco.

Si bien hay pocos posesos corporales, son innumerables los que están poseídos internamente por el demonio. El demonio no puede arrebatar el libre albedrío de los que se abandonan a su influencia. Pero, como castigo por su casi total apostasía, Dios permite que el "maligno" se anide en ellos.

Yo también odio al demonio. Sin embargo, me gusta, porque trata de arruinarlos a todos ustedes: él y sus secuaces, los ángeles que cayeron con él desde el principio de los tiempos.

Son millones, vagando por la tierra. Innumerables como enjambres de moscas; ustedes no los perciben.

A los réprobos no nos incumbe tentar: eso les corresponde a los espíritus caídos.

Cada vez que arrastran una nueva alma al fondo del infierno, aumentan aún más sus tormentos. Pero, ¡de qué no es capaz el odio!

Aunque andaba por caminos tortuosos, Dios me buscaba. Yo preparaba el camino para la gracia, con actos de caridad natural, que hacía muchas veces por una inclinación de mi temperamento.

A veces, Dios me atraía a una Iglesia. Allí, sentía una cierta nostalgia. Cuando cuidaba a mi madre enferma, a pesar de mi trabajo en la oficina durante el día, haciendo un sacrificio de verdad, los atractivos de Dios actuaban poderosamente.

Una vez fue en la capilla del hospital, adonde me llevaste durante el descanso del mediodía. Quedé tan impresionada, que estuve sólo a un paso de mi conversión. Lloraba.

Pero, en seguida, llegaba el placer del mundo, derramándose como un torrente sobre la gracia. Las espinas ahogaron el trigo. Con la explicación de que la religión es sentimentalismo, como siempre se decía en la oficina, rechacé también esta gracia, como todas las otras.

En otra ocasión, me llamaste la atención porque, en lugar de una genuflexión hasta el piso, hice solamente una ligera inclinación con la cabeza. Pensaste que eso lo hacía por pereza, sin sospechar que, ya entonces, había dejado de creer en la presencia de Cristo en el Sacramento. Ahora creo, aunque sólo materialmente, tal como se cree en la tempestad, cuyas señales y efectos se perciben.

En este interín, me había fabricado mi propia religión. Me gustó la opinión generalizada en la oficina, de que después de la muerte el alma volvería a este mundo en otro ser, reencarnándose sucesivamente, sin llegar nunca al fin.

Con esto, estaba resuelto el angustiante problema del más allá. Imaginé haberlo hecho inofensivo.

¿Por qué no me recordaste la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, en la que el narrador, Cristo, envió después de la muerte a uno al infierno y al otro al Cielo? Pero, ¿qué habrías conseguido? No mucho más de lo que conseguiste con todos tus otros discursos beatos.

Poco a poco me fui fabricando un dios: con atributos suficientes para ser llamado así. Bastante lejos de mí, como para que no me obligara a tener relaciones con él. Suficientemente confuso, como para poder transformarlo a mi antojo. De este modo, sin cambiar de religión, yo podía imaginarlo como el dios panteísta del mundo o pensarlo, poéticamente, como un dios solitario.

Este "dios" no tenía Cielo para premiarme, ni infierno para asustarme. Yo lo dejaba en paz. En esto consistía mi culto de adoración.

Es fácil creer en lo que agrada. Con el transcurso de los años, estaba bastante persuadida de mi religión. Se vivía bien así, sin molestias.

Sólo una cosa podría haber roto mi suficiencia: un dolor profundo y prolongado. Pero este sufrimiento no llegó. ¿Comprendes ahora el significado de "Dios castiga a aquellos que ama"?

Durante un domingo de julio, la Asociación de Jóvenes organizaba un paseo de A. Me gustaban las excursiones, pero no los discursos insípidos y demás beaterías.

Otra imagen, muy diferente de la de Nuestra Señora de las Gracias de A., estaba desde hacía poco en el altar de mi corazón. Era el distinguido Max, del almacén de al lado. Ya habíamos conversado entretenidos, varias veces. Justamente ese domingo me invitó a pasear. La otra, con la que acostumbraba a salir, estaba enferma en el hospital.

Él había comprendido que lo miraba mucho. Pero yo no pensaba en casarme todavía. Su posición económica era muy buena, pero también demasiado amable con todas las otras jovencitas. En aquel entonces yo quería un hombre que me perteneciera exclusivamente, como única mujer. Siempre conservé una cierta educación natural. (Eso es verdad. A pesar de su indiferencia religiosa, Ani tenía algo noble en su persona. Me desconcierta que también las personas "honestas" puedan caer en el infierno, si son deshonestas al huir del encuentro con Dios).

En ese paseo, Max me colmó de amabilidades. Nuestras conversaciones, es claro, no eran sobre la vida de los santos, como las de ustedes.

Al día siguiente, en la oficina, me reprendiste por no haber ido al paseo de la Asociación. Cuando te conté mi diversión del domingo, tu primera pregunta fue: "¿Escuchaste Misa?". ¡Tonta! ¿Cómo podríamos ir a Misa si salimos a las 6 de la mañana? Me acuerdo que, muy exaltada, te dije: "El buen Dios no es tan mezquino como lo son los curas". Ahora debo confesar que Dios, a pesar de su infinita bondad, considera todo con más seriedad que todos los sacerdotes juntos.

Después de este primer paseo con Max, fui solamente una vez más a la Asociación, en las fiestas de Navidad. Algunas cosas me atraían. Pero en mi interior, ya me había separado de todas ustedes.

Los bailes, el cine, los paseos, continuaban. A veces peleábamos con Max, pero yo sabía cómo retenerlo.

Odié mucho a mi rival que, al salir del hospital, se puso furiosa. En realidad, eso me favoreció. La calma distinguida que yo mostraba produjo una gran impresión en Max, que se inclinó definitivamente por mí.

Conseguí encontrar la forma de denigrarla. Me expresaba con calma: por fuera, realidades objetivas, por dentro, vomitando hiel. Estos sentimientos y actitudes conducen rápidamente al infierno. Son diabólicos, en el sentido estricto del término.

¿Por qué te cuento todo esto? Para explicarte que así me aparté definitivamente de Dios.

En realidad, Max y yo no llegamos muchas veces al extremo de la familiaridad. Me daba cuenta que me rebajaría a sus ojos si le concedía toda la libertad antes de tiempo. Por eso, supe controlarme.

Realmente, yo estaba siempre dispuesta para todo lo que consideraba útil. Tenía que conquistar a Max. Para eso, ningún precio era demasiado alto.

Nos fuimos amando poco a poco, porque ambos teníamos valiosas cualidades que podíamos apreciar mutuamente. Yo era habilidosa, eficiente, de trato agradable. Retuve a Max con firmeza y conseguí, al menos durante los últimos meses antes del casamiento, ser la única que lo poseía.

En eso consistió mi apostasía, en hacer mi dios con una criatura. En ninguna otra cosa puede realizarse más plenamente la apostasía como en el amor a una persona del otro sexo, cuando ese amor se ahoga en la materia. Esto es su encanto, su aguijón y su veneno. La "adoración" que tenía por Max se convirtió en mi religión.

En ese tiempo, en la oficina, yo arremetía virulentamente contra los curas, los fieles, las indulgencias, los rosarios y demás estupideces.

Trataste de defender con una cierta inteligencia todo lo que yo atacaba, aunque quizás sin sospechar que en realidad el problema no estaba en esas cosas. Lo que yo buscaba era un punto de apoyo. Todavía lo necesitaba para justificar racionalmente mi apostasía.

Estaba sublevada contra Dios. No te dabas cuenta. Creías que todavía era católica. Por otra parte, yo quería ser llamada así; inclusive pagaba la contribución para el culto. Porque un cierto "reaseguro" nunca viene mal.

Es posible que tus respuestas a veces dieran en el blanco. Pero no me alcanzaban, porque no te concedía razón. A raíz de estas relaciones sobre bases falsas, fue pequeño el dolor de nuestra separación, con motivo de mi casamiento.

Antes de casarme, me confesé y comulgué una vez más. Era una formalidad. Mi marido pensaba igual. Si era una formalidad, ¿por qué no cumplirla?

Ustedes dicen que una comunión así es "indigna". Bien, después de esa comunión "indigna", logré un cierto sosiego en mi conciencia. Esa comunión fue la última.

Nuestra vida conyugal transcurría, en general, en armonía. En casi todos los puntos teníamos la misma opinión. También en esto: no queríamos cargar con hijos. En realidad, mi marido quería tener uno, uno solo, naturalmente. Finalmente conseguí que él renunciara a ese deseo. Lo que más me gustaba eran los vestidos, los muebles lujosos, las reuniones mundanas, los paseos en automóvil y otras distracciones. Fue un año de placer el que medió entre mi casamiento y mi muerte repentina.

Todos los domingos íbamos a pasear en auto o visitábamos a los parientes de mi marido. Me avergonzaba de mi madre. Esos parientes se destacaban en la vida social, igual que nosotros.

Pero en mi interior, sin embargo, nunca fui feliz. Había algo indeterminado que me corroía. Mi deseo era que, al llegar la muerte - la que sin duda demoraría mucho todavía - todo acabara.

Ocurría tal como yo lo había escuchado de niña, durante una plática: Dios recompensa en este mundo toda obra buena que se haga. Si no puede premiarla en la otra vida, lo hace en la tierra.

Inesperadamente, recibí una herencia de la tía Lote. Mi marido tuvo la suerte de ver sus ingresos notablemente aumentados. Así pude instalar, confortablemente, una casa nueva.

Mi religión estaba muriendo, como un resplandor crepuscular en un firmamento lejano. Los bares de la ciudad, los hoteles y los restaurantes por los que pasábamos en nuestros viajes, no nos acercaban a Dios. Todos los que los frecuentaban vivían como nosotros: de fuera hacia adentro, no de dentro hacia afuera.

Si durante los viajes de vacaciones visitábamos una célebre catedral, tratábamos de divertirnos con el valor artístico de sus obras primas. Los sentimientos religiosos que irradiaban - especialmente las iglesias medievales - yo los neutralizaba criticando circunstancias accesorias de un hermano lego que nos guiaba, criticaba su negligencia en el aseo, criticaba el comercio de los piadosos monjes que fabricaban y vendían licor, criticaba el eterno repique de campanas llamando a los sagrados oficios, diciendo que el único fin era ganar dinero...

Así era como conseguía apartar a la gracia, cada vez que me llamaba. Especialmente descargaba mi mal humor frente a algunas pinturas de la Edad Media representando al Infierno en libros, cementerios y otros lugares. Allí el demonio asaba a las almas sobre fuego rojo o amarillo, mientras sus compañeros, con largas colas, le traen más víctimas.

¡Clara, el infierno puede ser mal dibujado, pero nunca exagerado!

Siempre me burlaba del fuego del infierno. Acuérdate de una conversación durante la cual te puse un fósforo encendido bajo la nariz, preguntándote: "¿Así huele?"

Apagaste en seguida la llama. Aquí nadie consigue hacerlo. Te digo más: el fuego del que habla la Biblia no es el tormento de la conciencia. ¡Fuego es fuego! Debe ser interpretado al pie de la letra cuando Aquel dijo: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno". ¡Al pie de la letra!

¿Y cómo puede ser tocado un espíritu por el fuego material? Preguntarás.

¿Y cómo puede sufrir tu alma, en la tierra, si pones el dedo sobre una llama? Tampoco tu alma se quema, mientras tanto el dolor lo sufre todo el individuo.

Del mismo modo, nosotros estamos aquí espiritualmente presos al fuego de nuestro ser y de nuestras facultades. Nuestra alma carece de la agilidad que le sería natural; no podemos pensar ni querer lo que querríamos.

No te sorprendas de mis palabras. Es un misterio contrario a las leyes de la naturaleza material: el fuego del infierno quema sin consumir.

Nuestro mayor tormento consiste en saber que nunca veremos a Dios.

¿Cómo puede atormentarnos tanto esto, si en la tierra nos era indiferente? Mientras el cuchillo está sobre la mesa, no te impresiona. Le ves el filo, pero no lo sientes. Pero si el cuchillo entra en tus carnes, gritarás de dolor.

Ahora, sentimos la pérdida de Dios. Antes, sólo pensábamos en ella.

No todas las almas sufren igual. Cuanto mayor fue la maldad, cuanto más frívolo y decidido, tanto más le pesa al condenado la pérdida de Dios, tanto más lo sofoca la criatura de que abusó.

Los católicos que se condenan sufren más que los de otras religiones, porque recibieron y desaprovecharon, por lo general, más luces y mayores gracias.

Los que tuvieron mayores conocimientos sufren más duramente que los que tuvieron menos. El que pecó por maldad sufre más que el que cayó por debilidad. Pero ninguno sufre más de lo que mereció. ¡Oh, si esto no fuera verdad, tendría un motivo para odiar!

Un día me dijiste: nadie va al infierno sin saberlo. Eso le habría sido revelado a una santa. Yo me reía, mientras me atrincheraba en esta reflexión: "siendo así, siempre tendré tiempo suficiente para volver atrás".

Esta revelación es exacta. Antes de mi muerte repentina, es verdad, no conocía el infierno tal como es. Ningún ser humano lo conoce. Pero estaba perfectamente enterada de algo: "Si mueres, me decía, entrarás en la eternidad como una flecha, directamente contra Dios; habrá que aguantar las consecuencias".

Como te dije, no volví atrás. Perseveré en la misma dirección, arrastrada por la costumbre, con la que los hombres actúan cuanto más envejecen.

Mi muerte ocurrió así: Hace una semana - digo según las cuentas que llevan ustedes, porque si calculara por mis dolores, podría estar ardiendo en el infierno desde hace diez años - mi marido y yo salimos en otra excursión dominguera, que fue la última para mí.

El día estaba radiante de sol. Me sentía muy bien, como pocas veces. Sin embargo, me traspasaba un presentimiento siniestro.

Inesperadamente, en el viaje de regreso, mi marido y yo fuimos enceguecidos por los faros de un automóvil que venía en sentido contrario, a gran velocidad. Max perdió el control del vehículo.

¡Jesús! Se escapó de mis labios, no como oración sino como grito. Sentí un dolor aplastante: comparado con el tormento actual, una bagatela. Después perdí el sentido.

¡Qué extraño! Aquella misma mañana, sin explicación, había surgido en mi mente este pensamiento. "Por una vez, podrías ir a Misa". Era como una súplica. Un "¡no!" claro y decidido cortó el curso de la idea. "Con esas cosas tengo que terminar definitivamente". Es decir, asumí todas las consecuencias. Ahora las soporto.

Lo que ocurrió después de mi muerte lo sabes. La suerte de mi marido, de mi madre, lo que ocurrió con mi cadáver, mi entierro, lo sé por una intuición natural que tenemos todos los que estamos aquí.

Del resto de lo que ocurre en el mundo poseemos un conocimiento confuso. Sabemos lo que se refiere a nosotros. De este modo veo el lugar donde vives.

Desperté de improviso en el momento de mi muerte. Me encontré inundada por una luz ofuscante. Era el mismo sitio donde había caído mi cadáver. Sucedió como en el teatro, cuando se apagan las luces de la sala, sube el telón y aparece una escena trágicamente iluminada. La escena de mi vida.

Como en un espejo, mi alma se mostró a sí misma. Vi las gracias despreciadas y pisoteadas, desde mi juventud hasta el último "no" frente a Dios.

Me sentí como un asesino, al que llevan ante el tribunal para ver a la víctima exánime.

¿Arrepentirme? ¡Nunca!

¿Avergonzarme? ¡Jamás!

Mientras tanto, no conseguía permanecer bajo la mirada de Dios, a quien rechazaba. Sólo tenía una salida: la fuga.

Así como Caín huyó del cadáver de Abel, así mi alma se proyectó lejos de esta visión de horror.

Este era el Juicio particular.

Habló el invisible juez: "APÁRTATE DE MI". De inmediato mi alma, como una sombra amarilla de azufre, se despeñó al lugar del eterno tormento.

Epílogo de Clara:

Así terminó la carta de Anita sobre el Infierno. Las últimas palabras eran casi ilegibles, tan torcidas estaban las letras. Cuando terminé de leer la última línea, la carta se convirtió en cenizas.

¿Qué es lo que escucho? En medio de los duros términos de las palabras que imaginaba haber leído, resonó el dulce tañido de una campana. Me desperté de inmediato. Estaba acostada en mi cuarto. La luz matinal entraba por la ventana. Las campanadas de las Avemarías llegaban de la iglesia parroquial.

¿Todo había sido un sueño?

Nunca había sentido antes en el Angelus tanto consuelo como después de ese sueño. Lentamente, fui rezando las oraciones. Entonces comprendí: la bendita Madre del Señor quiere defenderte. Venera a María filialmente, si no quieres tener el destino que te contó - aunque fuera en sueños - un alma que jamás verá a Dios.

Temblando todavía por la visión nocturna, me levanté, me vestí con prisa y huí a la capilla de la casa.

Mi corazón palpitaba con violencia. Los huéspedes que estaban más cerca me miraban con preocupación. Quizás pensaban que estaba agitada por correr escaleras abajo.

Una bondadosa señora de Budapest, un alma sacrificada, pequeña como una niña, miope, aún fervorosa en el servicio de Dios, de gran penetración espiritual, me dijo por la tarde en el jardín: "Señorita, Nuestro Señor no quiere ser servido con excitación".

Pero ella advertía que otra cosa me había excitado y aún me preocupaba. Agregó, bondadosamente: "Nada te turbe - conoces el aviso de Santa Teresa - nada te espante. Todo pasa. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta".

Mientras susurraba esto, sin adoptar un aire magisterial, parecía estar leyendo mi alma.

"Sólo Dios basta". Sí, Él ha de bastarme, en éste o en el otro mundo. Quiero poseerlo allí un día, por más sacrificios que tenga que hacer aquí para vencer. No quiero caer en el infierno.

Algunas consideraciones finales:

Quizás no como objeción, pero no puede eludirse una pregunta: ¿Cómo puede haber recordado Clara con tal precisión todas las palabras de la carta de la condenada?

Respondemos: quien hace lo más, puede hacer lo menos. Quien comienza una obra, puede también concluirla. Si la manifestación de ultratumba es un hecho preternatural, Clara debe haber tenido también una asistencia preternatural para escribir con exactitud todas las palabras leídas durante la visión.

La eternidad de las penas del infierno es un dogma. Seguramente, el más terrible de todos. Tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras. Ver San Mateo XXV, 41 y 46; II a los Tesalonicenses, 1, 9; Judith XIII; Apocalipsis XIV, 11 y XX, 10; todos estos textos son irrefutables, en los que la expresión "eterno" no puede interpretarse como "largo o prolongado".

De la conveniencia de ilustrar este dogma con un caso particular, nos da ejemplo Nuestro Señor Jesucristo en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Allí se encuentra una descripción del infierno y del peligro de caer en él. No es otra la intención de este trabajo. Expresa también nuestra finalidad el siguiente consejo: "Vayamos al infierno mientras estemos vivos, para no caer allí después de la muerte".