El Cielo..., ¡ni te lo imaginas!


Con motivo de la celebración de Todos los Santos y de Todos los Fieles difuntos, el periodista Alfredo Amestoy escribió en Alfa y Omega sobre los interrogantes de los hombres de todos los tiempos acerca de la otra vida, y la respuesta que ha dado Cristo al misterio de la muerte y la promesa de la vida eterna. Publicamos un fragmento.

Realmente es el único tema, asunto o negocio que merece la pena. Los jesuitas de Deusto -Deusto, la mejor universidad de Economía y Empresa-, a la salvación la llamaban el negocio de la salvación. O sea que, en Bilbao, igual que a la muerte se le llamaba el peor negocio, a la salvación se la consideraba un negocio magnífico.
¿Quién lo puede poner en duda? Se trata de la mejor inversión. A cambio de un brevísimo tiempo de ciertas renuncias, algunas obras buenas y de querer a los demás, como te quieres a ti, así de sencillo, toda una eternidad, o sea, in secula seculorum, de plena felicidad, con todo el bien sin mezcla de mal alguno. Esto sí que es una buena operación, un pelotazo muy superior a comprar el Palacio Real por un euro. Y ésta no es una hipoteca de esas que uno paga para que la disfruten los herederos. Esto es algo -lo único- que nos vamos a llevar al otro mundo.
Entonces... ¿qué pasa? ¿Por qué no hay colas para hacer este negocio, como las hay para sacar el carnet de conducir, para el pasaporte, para obtener el permiso de residencia y poder vivir y trabajar en España? No es fácil la respuesta. Pero, después de mucho meditar, he llegado a la conclusión de que la gente no se preocupa en absoluto del último viaje y de asegurarse un futuro sin problemas, porque no lo ve claro. Porque para ese viaje no se necesitan alforjas..., ni papeles. No hay que rellenar impresos, ni firmar solicitudes, ni pasar la tarjeta de crédito. Es decir, la gente no se fía ahora de lo que es gratis, ni de un trámite en el que no hay documentos, ni escrituras, ni notarios, ni registradores...
Naturalmente, la Iglesia nos podría decir que ¡claro que hay documentos y escrituras! ¡Nada menos que las Sagradas Escrituras! Y firmadas por muy acreditados notarios. Y es verdad. Pero la Biblia tiene mucha letra pequeña. Y ya se sabe que nadie lee la letra pequeña. La razón: quizás porque en la letra pequeña -en contratos y en prospectos- siempre se dice lo que no se debe hacer y se advierte de riesgos, incompatibilidades o contraindicaciones.
En cuanto a la letra grande, tampoco parece que se lee demasiado. Como nos descubre Benedicto XVI en su Jesús de Nazaret, si hay algún mensaje claro, y reiterado con insistencia, ése es la promesa del reino de Dios, concepto repetido 122 veces en los evangelios, para que nadie pueda alegar que él no se enteró.

Ver o no ver: ésa es la cuestión

Lo que Jesús promete, el reino de Dios, es como el negocio turístico, un destino, un lugar donde finaliza el viaje. Porque aquí hay viaje. ¿Y cuál es el paquete de la oferta? Pues resucitar, que es algo que no incluye agencia alguna. Naturalmente, para resucitar hay que morirse antes. Esto se da por hecho, y ni figura en los contratos.
Lo que sí figura en el contrato cristiano es que, para entrar en el reino de Dios, en el Cielo, hay que arrepentirse de todas la fechorías y las barrabasadas que hemos podido hacer, y sólo con el corazón más limpio que una patena podremos ver a Dios. Esto, como es muy duro -muy fuerte, muy fuerte- es como si fuese la letra pequeña del contrato, y nadie la quiere leer. A este epígrafe le pasa lo mismo que al seguro de viaje, que, al ser un poco caro, pocos lo suelen suscribir, pretextando que todo puede ocurrir, pero lo más probable es que nada ocurra. Es decir, hacerse o no hacerse con un seguro, en el fondo, es hacer una apuesta. Así funcionan los seguros de vida, las rentas vitalicias y todo lo que, como el casamiento y la mortaja, del cielo baja.
O sea que reservar plaza en el reino de Dios..., ¿es una apuesta? Teóricamente, sí. Puesto que hay que creer en esa oferta y hay que tener fe. Fe es, por definición, creer en lo que no vimos. Y, posiblemente, tan importante como la duda hamletiana, ver o no ver sea la cuestión. Hoy y siempre. En el minucioso inventario que del Nuevo Testamento hace el Papa, sobre que hay 122 alusiones al reino de Dios, cuánto pan multiplicó, o qué cantidad de agua convirtió en vino -exactamente 520 litros-, debían constar también las múltiples ocasiones en que Jesús hace referencia a los ojos, a la vista y a la visión, consagrando la alta función, la más espiritual, que el Creador otorgó al órgano no en balde considerado espejo del alma.
Si aquí el alto precio, la dura prueba, es creer sin ver, el gran premio será, curiosamente, ver. Porque la unanimidad y la coincidencia entre teólogos, Padres de la Iglesia y Papas en torno a esta cuestión es asombrosa.

San Pablo redactó el mejor anuncio sobre el Cielo

Por ejemplo, han pasado casi siete siglos desde Benedicto XII a Benedicto XVI, y este Papa mantiene lo que escribió su predecesor en la Constitución Benedictis Deus, del 29 de enero de 1336, cuando aún ni Copérnico, ni mucho menos Galileo, habían demostrado que la Tierra era redonda y se movía: «Los bienaventurados ven a Dios. Pero, ¿qué es lo que ven? Ven la divina esencia con visión intuitiva y aun facial y, viéndole de este modo, gozan de la misma divina esencia, y con tal visión y gozo son verdaderamente bienaventurados».
Esta visión facial la había anticipado san Pablo en la Primera Carta a los Corintios, cuando precisa que le veremos cara a cara. Y es en la misma Epístola donde mejor se concreta y más se materializa el espectáculo, poniendo sonido a la luz y convirtiéndolo en audiovisual.
Un publicitario no redactaría mejor el anuncio de una producción de Broadway: Ni ojo vio, no oído oyó, ni pasó al hombre por el pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman. Cuidado: no sólo hay luz y sonido, sino que hay cosas preparadas. Es decir, para que lo entendamos todos, además debe haber un buen catering. No es irreverente pensar que la Gloria, en resumidas cuentas, es como un lugar donde todos los días hay una gran fiesta, una boda fabulosa... No olvidemos que no ha habido boda como la de Caná y que, a pesar de Judas, la cena que quiso celebrar el Señor es la cena más importante de la Historia. Luego hay que suponer que las celebraciones celestiales serán memorables.
La pena es que en la Gloria nada puede ser memorable, porque allí no existe la memoria histórica. En la eternidad no existe ya ni el futuro ni el pasado. Sólo Dios es sempiterno, pero hasta lo eviterno -que es lo que ha tenido un principio, como los propios ángeles- se convierte en eterno.
Al margen de figuraciones y transfiguraciones, no olvidemos la gran Transfiguración, que fue el único anticipo celestial, una pequeña muestra que Jesús ofreció a los enchufados de siempre, Pedro, Santiago y Juan, y que les pareció tan fantástico que querían quedarse para siempre en el monte Tabor, no sabemos si renunciando a probar bocado.
La verdad es que, como también les ocurre a los flamencos, los bienaventurados no comen. Ni comen ni beben. Por una sencilla razón que se explica en el Apocalipsis: «Ya no tendrán hambre, ni sed, ni descargará sobre ellos el sol ni el bochorno».

En el Cielo no se come


Ilustración de Krahn, en el Magazine de La Vanguardia San Juan -que, por cierto, tal y como les pidió Jesús, guardó el secreto de lo que pasó en el Tabor, y en su evangelio silencia todo lo que vio allí- no da pistas que nos permitan comprender la inmaterialidad y la resurrección al mismo tiempo, que no se limita a las almas, sino que incluye los cuerpos.
La ausencia de hambre y, por tanto, la supresión de la comida, que nunca desdeñó el Señor, y lo destaca Benedicto XVI en su Jesús de Nazaret, no se compadecen con la importancia que Él quiso conceder al pan, gran protagonista evangélico, como metáfora y como realidad (en las tentaciones, en los milagros y, naturalmente, en la Eucaristía). El pan nuestro de cada día no nos lo tendrá que dar Dios hoy..., porque en el Cielo no existirán ni el hoy ni el mañana. Pero ya se sabe que en el mundo judeocristiano nos cuesta renunciar a los placeres de la mesa.
El Cielo -el menos oscuro y más confesable objeto de deseo- es una página en blanco donde todo el mundo puede fabular sus historias. Y uno mismo tiene publicadas algunas de ellas. Hipótesis como, por ejemplo: ¿Van los animales al cielo?; El encuentro en el Cielo de Tip y Coll; o la cuestión más importante: En el cielo no hay televisión.
Esta última afirmación está en la línea de la que hizo Álvaro de la Iglesia en su celebrada novela En el cielo no hay almejas, otra preocupación por la cocina en la Gloria, argumento tan recurrente en la gastronomía terrenal, donde a lo más delicioso se le llama gloria bendita, y tantas especialidades de la cocina conventual reciben el nombre de glorias, siendo el producto más paradisíaco el tocino de cielo.
El humor ha encontrado también en el Cielo uno de los mejores decorados para situaciones divertidas e infinidad de chistes, pocas veces con malicia y siempre con simpatía, prueba evidente de que para todo el mundo, incluídos los intelectuales más descreídos, el Cielo es, si no un destino real, tabla de salvación, sí la Ínsula barataria, la Arcadia feliz, o el ShangriLa.
La necesidad de materializar el anhelo y convertir la utopía en algo al menos virtual nos lleva, a veces, a las versiones más histriónicas. La autora católica Rebeca Reynaud cuenta que un amigo se preguntaba, en broma, cómo sería el Cielo. E imaginó lo mejor: que allá los cocineros serán franceses; los mecánicos, alemanes, la policía, inglesa; los trovadores, italianos; y los organizadores, suizos. A diferencia del infierno, donde los cocineros son ingleses; los trovadores, suizos; la policía, alemana; los mecánicos, franceses; y la agencia organizadora es italiana.
A propósito de la agencia de viajes, lo que está claro es que, al igual que no hay billetes de ida y vuelta al Cielo, ni viajes en grupo, ni vuelos charter, ni excursiones de jubilados, como el billete es individual y el viaje puede ser a la carta, a la medida, muy personalizado (como se dice ahora), el Cielo sea también algo muy particular. A lo mejor hay libertad para imaginar cada uno su Cielo, porque, lo mismo que no hay dos sueños iguales, también el Paraíso de cada uno puede ser diferente. Qué fea me parece la tierra cuando miro al cielo; y Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero... San Ignacio de Loyola y santa Teresa de Jesús miraban al mismo Cielo, pero a lo mejor el Cielo que veían era distinto.

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