
Un rey quería cubrir un puesto importante y convocó a la corte. Una multitud de hombres vigorosos y sabios se reunió ante él y les dijo: “Hombres sabios, tengo un problema, y deseo ver quién de vosotros es capaz de resolverlo”. Luego les condujo ante una inmensa puerta con una descomunal cerradura, tan grande que nadie había visto otra igual, y dijo: “Ahí tenéis la cerradura más grande, pesada y complicada que hay en mi reino. ¿Quién de vosotros es capaz de abrirla?”
Algunos cortesanos menearon la cabeza negativamente. Otros que se consideraban más sabios se acercaron a mirar la cerradura desde más cerca, pero dijeron luego que no lo podrían lograr. Sin embargo, un visir se acercó a tocar la cerradura, la exploró con los ojos y con los dedos, intentó moverla de las más diferentes maneras y por último le dio un tirón. Y he aquí que la cerradura se abrió. Estaba simplemente ajustada pero no cerrada, y no se necesitaba nada más que la disposición y el ánimo para comprenderlo y proceder con decisión. El rey dijo: “Tu recibirás el puesto en la corte, porque no te conformas sólo con lo que ves o lo que oyes, sino que aplicas tus capacidades y te atreves a probar.”
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