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Basta ya de quejas


Cuando usted y yo éramos niños, nuestros mayores se quejaban de que no sabíamos divertirnos. Nos acusaban, con una sempiterna salmodia, de que para pasar la tarde necesitábamos una habitación rebosante de juguetes a pilas y repletos de botones y luces, de mecanismos y palancas que nosotros, niños al fin y al cabo, no lográbamos gobernar. Nos acusaban de dejarnos llevar por el hastío, que nos empujaba a destripar las tuercas y arandelas, los muelles y bombillitas. Entonces nos caía su retahíla del perfecto infante, del niño que creyeron ser, aquel que pone en pie los mundos literarios de Salgari y Verne, aquel que le saca magia a una chapa de gaseosa y a las tabas del cordero.
Cuando usted y yo éramos un poco más jóvenes y bostezábamos el duermevela de las tardes de los domingos, nuestros mayores se quejaban de que no sabíamos divertirnos. Nos acusaban de exprimir la noche para disfrutar la vida, como si fuésemos licántropos, vampiros que precisaban el néctar de un cubata para que el corazón se nos pusiera en movimiento. Entonces venían con su saco de recuerdos de aquellos bailes a media tarde, de sus compases agarrados, de sus equipos deportivos, del perfecto adolescente que combina con majestad el estudio y la facilidad para la conquista.

Pasados los años, querido lector, somos nosotros los que buscamos a nuestros niños y a nuestros jóvenes para repetirles la consabida monserga, conscientes de que los pequeños ya no destripan mecanismos a pilas porque tienen las pupilas deshechas por los videojuegos, con los que son capaces de levantar mundos mucho más sorprendentes que aquellos de Emilio Salgari. Y nos preocupa. Como nos preocupa observar cómo gastan las horas frente al ordenador para participar en una comunidad virtual. Somos conscientes de que hemos fabricando para ellos un mundo en el que cada vez parece menos necesario el contacto físico, la conversación, el calor de un abrazo o el dibujo de una sonrisa.

El secreto del tiempo Ese mundo, aparentemente repleto –porque tiene muchos estímulos audiovisuales– nos resulta, sin embargo, castigado por una individualidad enfermiza. Y entonces, querido amigo, se nos empapa la espalda de un sudor frío. Porque nuestros hijos que se asoman a la juventud, también se quieren divertir. Observamos entonces el ambiente preparado para ellos y nos parece imposible que de allí pueda surgir nada positivo. Entonces nos resulta natural venirles con la cantinela de nuestros tiempos, de aquellas pandillas con las que tomábamos cañas y echábamos el cierre a las madrugadas sin necesidad de estimulantes lisérgicos ni amores plastificados. Pero ellos, sumergidos en la burbuja de su individualidad satisfecha, apenas nos miran. Con la ayuda de un i-pod es posible que ni siquiera tengan que sufrir la molestia de escucharnos.

Temor y reproche trenzan el sino que distingue los saltos generacionales, esa sima aparentemente insalvable que se abre a los pies de los padres mientras contemplan a sus hijos caminar, indolentes, hacia lo desconocido.

Nuestros hijos no nos piden un sermón que les deje bien claro que pertenecemos a mundos aparentemente distintos. Aunque no lo digan –incluso, aunque no lo piensen–, desean que les dediquemos más tiempo antes de que sea tarde. Que cuando son niños nos los llevemos al Parque de Atracciones para lanzarnos con ellos por la montaña rusa más enrevesada. Necesitan compartir con nosotros el subidón de adrenalina, vernos alzar los brazos al aire frente a los raíles que parecen caer a las entrañas de la tierra.

Miguel Aranguren
Secciones del Reader's Digest
y unir a los nuestros sus gritos de miedo y alegría.

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