
A muchos de nosotros –miles, millones, la mayoría- jamás nos caerán en la lotería de la vida esos diez minutos de fama de los que habló el pobre Andy Warhol. ¿Y qué?: nosotros, los ilustres desconocidos, somos las verdaderas señas de identidad de la realidad. A nosotros, a vosotros, pues, describo.
Sueles asomarte a la ventanilla –cerrada- de mi coche en un semáforo del atardecer. Y tu largo y quejumbroso gemido –“poooor favoooor”- cierra mi día con una sombra de mal sueño. O, tal vez, lo que hagas sea despertar mi adormecida conciencia con ese susurro de paloma sin pitanza.
También te veo –no eres la misma, claro, pero todas habéis llegado de más allá, de lo que no conocemos ni deseamos saber- en otras calles, con otras luces… A veces, fatigada y sola, te apoyas en una valla o te sientas en un bordillo con la mirada alerta y al tiempo, qué sé yo, como perdida. Siempre, eso sí, llevas en brazos, como a un niño, la resma de papelote, áspero y mal impreso: La Farola, a veinte duros el ejemplar. Y yo creo que no vendes ni flores… Jamás he visto salir esos veinte duros de un bolso de los de a veinte mil pesetas o rozando una corbata de seda de las de a diecisiete mil. Por tanto, no sé de qué ni cómo vives. Pero vives: morena, curtida del sol urbano, con unos dientes blancos y voraces, el pelo negro y la ropa de Cáritas.
Vives, rumana. Y, de momento, te has instalado en nuestra existencia como aviso de que los extraños trepan por las murallas de “nuestro” paraíso. Te ignoramos, te soportamos, te tememos, tratamos de hacer leyes que te mantengan a raya… Y tú vives. de La Farola o de lo que sea: de restos, de trapicheos, de esas industrias que aguza el hambre. Vives y pares: eres prolífica y, a veces, tus hijos te rodean como una bandada de gorriones sucios, con mocos. Y tan guapos, tan hermosos como tú.
Nosotras, las del bolso de veinte mil pesetas avaramente cancelado para ti, y ellos, los de la corbata de seda que sienten asco de rozar tus ásperas manos de mendicante, estamos equivocados. Creemos que tú, la rumana de La Farola, el moro del invernadero de Almería o el senegalés que vende relojes sudados y falsos en la playa del verano, sois un presente efímero, que podremos sacudirnos de encima con la expulsión de los “sin papeles”. ¡Ah, no!: vosotros sois y seréis un futuro inevitable. Y con toda justicia: habéis llegado hasta aquí, saliendo del horror de hambres y esclavitudes, y aquí os quedaréis. Vosotros o los que os sucedan. Porque vosotros, los débiles y menesterosos, los que malvivís de nuestras sobras –de lo que ya no queremos como trabajo, porque se nos antoja una explotación y una vergüenza que atenta contra la dignidad humana-, sois más fuertes que nosotros. Vosotros padecéis hambre, frío, desnutrición, bronquitis y colitis. Pero todo eso se pasa con medicamentos y un techo digno de tal nombre, que acabaréis consiguiendo. En cambio, nuestras enfermedades se llaman egoísmo, miedo, rapacidad, frivolidad y su cura exige un esfuerzo sobrehumano que nuestros corazones, encallecidos o encanallados, no están dispuestos a emprender.
Sí: señora rumana de La Farola, tú ganarás. Y, probablemente, por goleada. Aunque sólo sea por número… Tú ganarás, precisamente, por esa bandada de hijos-gorriones que has traído y traerás al mundo saltándote a la torera cualquier ley de extranjería y acatando la única ley que conoces –aún sin conocerla-: la de la naturaleza. Vosotras, vosotros, sois madres y padres sin cálculos: aún en la miseria, aún en el hambre, aún en el frío. Hacéis que brote la vida en el vértigo de vuestra vida errabunda y plagada de trampas mortales. Para vosotros, la vida es como debe ser: tan normal como la muerte. Nosotras, las del bolso, y ellos, los de la corbata, hemos hecho de la vida una calculadora. Y no tenemos hijos. Porque nos salen demasiado caros.
Escribe: Pilar Cambra , Redactora Jefe del Diario Expansión (*)
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