
“Érase una vez un castillo abandonado. En una parte recóndita de aquella fortificación prácticamente arruinada, estaba la habitación del príncipe. Y ahí estaba él, solo, mordisqueando sus furias y resentimientos. El soberano esperaba impaciente la llegada de su peor prisionero: el amor. Centenares de colaboradores habían intentado darle caza y no habían podido.
Todos los intentos habían sido vanos, hasta que llegó un nuevo mercenario de una región alejada. Cuando le vieron entrar a la corte del príncipe todos se burlaron de él. Su aspecto no tenía nada de temible. Parecía un campesino común y corriente. Pasaba desapercibido por donde merodeaba. El personaje dijo al príncipe “No tengo prisa. Puedo matar a tu enemigo cuando quiera.” Un día avisaron al príncipe que había capturado a su enemigo.
De pronto, se abrieron las puertas del recinto y los soldados arrojaron al centro una figura de deslumbrante belleza. De todas formas, no era esa belleza lo que enervaba al príncipe, era aquel poder que tenía de rejuvenecer a quien tocara, de llenar de esperanza el corazón que acariciaba. El soberano del castillo detestaba profundamente el brillo que el amor imprimía en aquellos a los que se acercaba.
El príncipe se puso de pie y se acercó al prisionero macilento. Sin tocarlo le habló muy cerca del oído. -Te has burlado de mí. Me has humillado, has hecho lo que has querido en lo que me pertenece. Has resistido todos mis ataques. El mal carácter, con su martillo te debilitó, pero seguiste en pie. La ambición con su belleza sensual te arrebató pero no te mató. Y lo mismo ocurrió con la enfermedad, la pobreza, y con todos mis aliados.
El príncipe sonrió empezó a caminar en círculos, paladeando el momento de su triunfo. Le dijo: “creíste que todo lo podías, amor, amor –repitió el príncipe diciendo aquel nombre casi con asco- ¿Quién te crees tú que eres? ¿De dónde has salido? Pero ha llegado tu fin. ¡Traigan al mercenario! Las órdenes fueron cumplidas de inmediato, y ahí apareció la ordinaria figura del interesado. Caminó hasta donde estaba el amor. Con rostro flemático le observó. El príncipe dijo entonces “¡Hazlo!”.
El guerrero de aspecto normal metió su mano enguantada en una bolsa y extrajo algo. Hizo el ademán necesario para arrojarlo cuando el príncipe interrumpió la ejecución. -¡Espera! Antes de que lo hagas... ¿Cuál es tu nombre? El combatiente ordinario sólo pronunció dos palabras. -La rutina."
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