
En esto de vivir siempre ha habido cobardes y valientes. Pero nunca ha sido fácil distinguir unos de otros, porque los cobardes nunca admiten que lo son, mientras que los valientes no se precian de serlo. Así que sólo la ida y las circunstancias permiten que cada cual se demuestre a sí mismo y a los demás cuál es su naturaleza.
El problema es que la imagen del valor casi siempre parte de un punto de vista parcial, heroico, de película en blanco y negro. Ser valiente no es enfrentarte a cinco tipos a la vez para rescatar a la chica, tiene más que ver con ser capaz de afrontar con buen ánimo lo que le vida te depara y ser capaz de ganarle la partida algunas veces, a costa de jugarte algo mucho más importante que la honra, la fama o incluso el físico: los sentimientos.
El cobarde se los guarda y se protege bien el pecho, para evitar el dolor que llega o que podría llegar. No arriesga, es conservador y mide el alcance de lo que siente o hace sentir. Le preocupa perder más de lo que le gustaría ganar, y por eso rara vez consigue otra cosa que reprocharse a sí mismo no haberlo intentado más o mejor.
Y el valiente se entrega a pecho descubierto, con pocas precauciones, sabiendo que el premio es enorme y que la derrota es el dolor pasajero convertido después en experiencia útil y provechosa. No especula con su sentimientos ni juega con los ajenos. Busca el camino más corto hacia el sueño de ser la mitad de una historia hermosa, transitoria en el tiempo y eterna en lo sentido. Llora a veces y ríe a menudo, siente mucho y con frecuencia algo increíble. Y tras cada fracaso se rehace pensando en lo bonito que fue antes que en lo maravilloso que pudo haber sido.
Porque lo cierto es que el miedo te ayuda a sobrevivir, pero rara vez te ayuda a vivir. Y mucho menos a amar.
http://dulcedesastre.wordpress.com/2009/07/24/el-valor-de-no-tener-valor/
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