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EL FARO DE KERDONIS


A principios del siglo XX el faro de Kerdonis, que iluminaba el único acceso practicable al golfo de Morbihan que se interna, debajo de la Bretaña, en el departamento del Noroeste de Francia, no era todavía más que una anticuada linterna movida por unas pesas, a las que accionaba un aparato de relojería.

Al frente de él estaba un torreto que vivía solitario con su esposa y tres hijos: dos niñas de catorce y tres años y un niño de trece.

El Martes Santo de 1911 el torrero llamado Matelot cayó enfermo de un ataque de apendicitis que fue para él mortal. Murió al anochecer, pero no sin haber advertido antes a su esposa que no se olvidara del funcionamiento del faro.

La esposa, a pesar del intenso dolor que sentía, pensó en la responsabilidad que como esposa del torrero tenía. Subió, pues, al faro y encendió la linterna; quiso poner en funcionamiento el aparato de relojería y no supo. En vista de ello decidió quedarse ella al cuidado de la niña menor y dedicarse a disponer lo necesario para el entierro del cadáver de su esposo, pero no se olvidó del encargo del difunto Matelot.

Mandó a la niña mayor y al niño que le seguía que se hicieran cargo del funcionamiento de la linterna a mano, sin parar un instante hasta la salida del sol, y ella misma inte­rrumpía sus cosas para subir de cuando en cuando al faro para que los niños no se dur­mieran o, cansados, dejaran de accionarlo durante la noche... Y el hecho fue que los adolescentes terminaron rendidos de fatiga y con las manos ensangrentadas; pero las ráfagas de la linterna de Kerdonis

se proyectaron aquella noche, en combinación con los otros faros de aquellas peligrosas costas, con sus acostumbradas intermitencias... Y al día siguiente la Administración fran­cesa recibió un comunicado que decía: «Matelot, del faro de Kerdonis, falleció a primera hora de la noche. El servicio no se interrumpió».

Ojalá que al presentarnos ante el Señor podamos decirle algo parecido:

«Con la ayuda de tu gracia; Señor, te serví a Ti y a mis hermanos sin interrupción en el puesto que me colocaste hasta la hora de mi muerte».

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